Ian Buruma, escritor y exeditor de The New York Review of Books: “Los jóvenes activistas se consideran guardianes ideológicos de la justicia racial, de género y social”

Para el historiador holandés, la ideología de la justicia social se ha vuelto un dogma que no permite la disidencia. Por eso, hace algunas semanas firmó la carta que denunciaba la denominada “cultura de la cancelación”.




En septiembre de 2018, el escritor e historiador holandés Ian Buruma renunció a su cargo de editor de la revista estadounidense The New York Review of Books. Y lo hizo en medio de una polémica desatada por su decisión de publicar un ensayo del músico y exlocutor canadiense Jian Ghomeshi, titulado “Reflexiones desde un hashtag”, sobre su travesía desde ser acusado por una veintena de mujeres de acoso sexual y maltrato físico, hasta su absolución. El artículo y la edición de la revista que se titulaba The fall of men (la caída de los hombres) se dio en medio del auge del movimiento #MeToo y despertó de inmediato polémica.

Al dejar la revista, Buruma se lamentó del “clima general de denuncia” reinante y se defendió de la publicación. “Como toda cosa buena y bien intencionada puede tener consecuencias indeseables”, dijo en una entrevista al sitio Slate. Pero sus palabras solo intensificaron la discusión. Desde entonces, se concentró en su carrera académica como profesor de Periodismo y Derechos Humanos en el Bard College de Nueva York, hasta que la semana antepasada apareció entre los firmantes de la carta contra la llamada “cultura de la cancelación”, firmada por una larga lista de intelectuales de amplio espectro ideológico, y que incluyó a figuras como Noam Chomsky, Mario Vargas Llosa y JK Rowling.

En la carta se asegura que el libre intercambio de información e ideas se ha restringido cada vez más, tanto en la derecha como en la izquierda. ¿Por qué cree que esto está sucediendo hoy?

Creo que hay varias razones diferentes. Donald Trump ha enardecido el debate público en EE.UU., al apelar de manera grosera y peligrosa a los temores de los blancos que se sienten amenazados por una sociedad cada vez más diversa, que puede elegir Presidente a un hombre negro. Esto ha provocado una fuerte reacción, totalmente justificada en su objetivo de luchar contra el racismo. Pero la lucha contra la injusticia racial y social también es generacional. Hay un conflicto entre los jóvenes y las generaciones mayores. Los jóvenes activistas se consideran guardianes ideológicos estrictos de los conceptos de justicia racial, de género y social, y del lenguaje con el que se discuten estos temas. La aplicación de la pureza ideológica puede volverse intolerante. No es un asunto de estar en desacuerdo con ciertas opiniones, sino que las personas sospechosas de ser escépticas o de disentir ideológicamente deben ser borradas del discurso público. Esto a veces se ha utilizado como un arma para desalojar a las personas mayores de las posiciones de poder. Cualquiera que exprese una opinión que no se ajusta a la nueva ortodoxia sobre la justicia social se vuelve vulnerable.

¿Cree que la cultura de lo políticamente correcto se ha convertido en un tipo de religión que finalmente ha terminado promoviendo la intolerancia?

La ideología de la justicia social es como un dogma moral en una era secular. Nuevamente, esto no significa que sus objetivos sean malos o inmorales (después de todo, los objetivos de muchas religiones, incluido el cristianismo, también son loables). Pero tiene cierta semejanza con la forma en que se hizo cumplir el dogma religioso. Aquellos que no cumplen, son tratados como herejes.

La carta rechaza la falsa elección que se hace hoy entre justicia y libertad. Hoy la presunción de inocencia ya no parece existir. ¿Por qué piensa que esto está sucediendo?

Muchas razones. Una de ellas es la naturaleza de internet y los efectos de las redes sociales. Las personas pueden movilizarse muy rápidamente para denunciar a otros y dañar su reputación e incluso sus carreras. En las redes sociales, a diferencia de un tribunal de justicia, no se aplica la presunción de inocencia.

Usted también fue víctima de ese clima con lo que sucedió en The New York Review of Books y el movimiento #MeToo. ¿Cuál es tu reflexión hoy sobre lo que pasó?

No fue diferente de lo que le ha sucedido a otros editores desde entonces. Varios miembros del personal, respaldados por el poder de las redes sociales, presionaron al propietario de la publicación para que reemplazara a un editor por otro, que estuviera más en sintonía con sus convicciones ideológicas. La suposición principal es que el periodismo debe ser una herramienta para promover ciertas ideas sobre la justicia social, principalmente relacionadas con el género y la raza. Esto choca con la noción de que el periodismo (o, de hecho, el arte) debe tener libertad y dejar espacio para la diversidad de puntos de vista y expresiones, algunas de las cuales pueden ser provocadoras.

¿Cree que las democracias liberales, como dijo el Presidente ruso Vladimir Putin hace algún tiempo, están en crisis?

Sí, pero no por los motivos citados por Putin. Las democracias se vuelven vulnerables cuando la gente ya no quiere defenderlas. El número de personas, tanto de derecha como de izquierda, que cree que vale la pena defender la democracia liberal, se está reduciendo, ya sea por complacencia o porque muchas personas se ven tentadas por el autoritarismo o la revolución. La palabra “liberal” en una democracia liberal es crucial. Aquellos que defienden el gobierno directo de “la gente”, a través de referéndum o líderes carismáticos fuertes, son iliberales y hostiles a la democracia representativa. Para que las democracias liberales sobrevivan, la gente tiene que defender el liberalismo, tanto como la democracia, y no me refiero al liberalismo en el sentido clásico de la economía del laissez faire.

Entre los valores que guiaron a las democracias liberales, la libertad de expresión fue una de las más importantes. ¿Cree que la defensa de la libertad de expresión ha perdido importancia en las nuevas generaciones?

Creo que algunos miembros de la generación más joven tienen una idea diferente sobre la naturaleza de la expresión pública. La libertad de expresión individual se considera menos importante que el tema de representatividad: es menos sobre lo que la gente dice que sobre quién lo dice. La atención se centra en el poder, en quién se supone que lo tiene y quién se cree que no lo posee. Desde esta perspectiva, todas las opiniones son expresiones de poder relativo. Esto hace que todas las opiniones expresadas por individuos asociados a algún tipo de privilegio, ya sea de clase, género o color de piel, son sospechosas. Y se promueven, en cambio, los puntos de vista de aquellos que se supone representan a los impotentes, ya sea por su clase, su género o su color de piel.

¿Podemos comparar lo que está sucediendo en el mundo hoy con otro momento de la historia? ¿Son válidos los paralelos con la década de 1930 en Europa?

Tenemos que tener cuidado con esas comparaciones. Hay demasiadas diferencias, pero lo que es similar a la década de 1930 es la creciente polarización en las sociedades democráticas. Los liberales están siendo presionados por los extremos, tanto de derecha como de izquierda. La República de Weimar no fue destruida solo por nazis o comunistas, sino por el hecho de que muy pocas personas estaban preparadas para defenderla. Pero aún no estamos en esa etapa. Parece que suficientes personas en Estados Unidos votarán por Joe Biden, un liberal típico, para derrotar a Donald Trump. Esto, asumiendo que la elección será justa.

Las protestas raciales en Estados Unidos provocaron reacciones mundiales y llevaron al derribamiento de varias estatuas de personajes históricos. ¿Cuál cree que es el límite de este revisionismo histórico? ¿Hay diferencias entre las críticas al general Lee y las que se hacen a Cristóbal Colón?

Si las estatuas siguen siendo políticamente tóxicas, si aún influyen en la opinión de una manera perjudicial, entonces hay una buena razón para eliminarlas. Yo diría que las estatuas de Colón, sea o no una persona odiosa, son políticamente inofensivas, pero las estatuas de los generales confederados no lo son. En el sur de Estados Unidos, esas figuras aún representan visiones políticas opuestas a los ideales democráticos, que garantizan la igualdad de derechos para todos los ciudadanos.

En su libro Año Cero, una historia de 1945, escribe sobre Europa inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, un mundo que tuvo que reconstruir las confianzas. ¿Qué lecciones se puede extraer de lo que sucedió entonces?

La principal lección extraída de una catastrófica guerra mundial fue la necesidad de construir instituciones nacionales e internacionales que hicieran imposible otra guerra mundial. Esas instituciones ahora están bajo presión, en parte porque las personas, incluidos muchos de nuestros líderes más poderosos, han olvidado lo mala que fue la última guerra mundial, y no les importa que un desastre similar o incluso peor vuelva a ocurrir.

¿Cree que el orden mundial que surgió tras la Segunda Guerra Mundial llegó a su fin?

El orden internacional liderado por Estados Unidos que surgió de la Segunda Guerra Mundial se acabó. Este proceso fue inevitable. Nada dura para siempre. Y muchas personas en América del Sur, especialmente, tienen pocas razones para llorarlo. La pregunta es qué reemplazará a la Pax Americana. Todavía tengo la esperanza de un mundo democrático en el que la Unión Europea y otras democracias de todo el mundo puedan establecer un orden internacional que no dependa tanto de Estados Unidos.

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