Por Andrés GómezAlejandro Aravena: “El mayor desafío hoy es anterior a la arquitectura: está en juego si seguimos por el camino de la civilización o retrocedemos a la barbarie”
A 10 años de recibir el Pritzker, el fundador de Elemental fue distinguido junto con Smiljan Radic con el Premio Nacional de Arquitectura. En esta entrevista reflexiona sobre el sello de la producción chilena, la confianza como fundamento de su trabajo y la capacidad del diseño para enfrentar problemas sociales. También cuestiona el eventual abandono de un plan del MOP de reparar las deudas urbanas provocadas por las autopistas.

La pregunta suele plantearse cada vez que un arquitecto local recibe un reconocimiento. Alejandro Aravena, ganador del Premio Pritzker 2016, dice que la respuesta no es evidente. ¿De qué hablamos cuando hablamos de arquitectura chilena? ¿Hay una tradición común? El fundador de la oficina Elemental sopesa argumentos; cita ejemplos internacionales y, usando imágenes del fútbol, aventura una respuesta:
-Quizás si un rasgo distintivo y común de la mejor producción local es lo que no es: es poco cuática, con poco fleco, poca challa, y eso es un atributo enorme en un mundo donde la calidad se tiende a asociar con un montón de gambetas y fintas innecesarias.
Diez años después de recibir el Pritzker, el galardón más prestigioso de la disciplina, Aravena acaba de ser distinguido con el Premio Nacional de Arquitectura que otorga el Colegio de Arquitectos. Lo recibe junto con Smiljan Radic, ganador del Pritzker 2026, en reconocimiento al “valor excepcional de su obra”.
El arquitecto formado en la UC destaca el significado de ser reconocido por sus colegas, así como la valía de las obras realizadas en Chile.
—Siempre hemos creído que lo que aquí se hace tiene validez en muchos otros lados. Hay quienes para producir calidad necesitan recursos ilimitados y quienes, frente a la ausencia de recursos, ven justificada la mediocridad. Chile tiene la particularidad de tener que producir proyectos con estándar de país desarrollado, pero ejecutarlos con recursos de país en desarrollo, y esa es la realidad de la mayoría del planeta. Eso transforma a Chile en una especie de exportador universal de conocimiento.

Con su oficina Elemental, Aravena ha trazado un vínculo entre arquitectura y espacio público. Su trabajo abarca desde museos y edificios institucionales hasta proyectos de vivienda social, ámbito en el que ha realizado un aporte sustancial mediante el modelo de vivienda incremental.
Diez días antes, Aravena participó junto con Smiljan Radic en el ciclo La Ciudad y las Palabras, de la UC. La conversación fue guiada por Fernando Pérez, maestro de ambos en la universidad.
¿Qué le parece ser reconocido junto con Smiljan Radic?
Traté de buscar una palabra en español que expresara lo que en inglés se dice “humbling”, que viene de la palabra humildad, pero parece que no la tenemos. “Ubicador” quizás sería algo que lo expresa. Lo que quiero decir es que un premio siempre conlleva el riesgo de que uno se crea el cuento. Pero cuando te premian junto a alguien cuya producción consideramos de absolutamente otro nivel, eso lo ubica a uno. Lo dije en la ceremonia de premiación del Pritzker de Smiljan en Ciudad de México: esta debe haber sido una de las deliberaciones más rápidas del jurado; ese es el nivel de unanimidad respecto de la calidad de su trabajo.
Lo tomamos como un reconocimiento a nuestra manera de trabajar, uno de cuyos rasgos distintivos es el diseño participativo, que no se debe confundir con diseñar por aclamación popular.
En La Ciudad y las Palabras, Fernando Pérez destacó algunos paralelos y experiencias compartidas entre ambos. ¿Cómo ha sido su diálogo con Radic y su obra?
Cuando empezamos a ver sus primeros trabajos, la primera sensación fue: bueno, se nos acabaron las excusas para no hacer cosas de calidad en Chile. Con los mismos medios de uno, veíamos aparecer frente a nuestros ojos proyectos muy notables.

En este momento de su trayectoria, 10 años después del Pritzker, ¿qué le está reconociendo el premio?
Lo tomamos como un reconocimiento a nuestra manera de trabajar, uno de cuyos rasgos distintivos es el diseño participativo, que no se debe confundir con diseñar por aclamación popular. Lo que buscamos, antes que enfocarnos en la respuesta, es identificar cuál es la pregunta. Para eso hay que partir por un proceso de escucha radical.
Lo segundo es comunicar las restricciones. Hay que contener tempranamente la generación de falsas expectativas, pero también, al informar cómo funciona el sistema, se produce una especie de proceso educativo que empodera a las contrapartes.
Lo tercero es instalar el tono adecuado: ni paternalista, de arriba hacia abajo, ni culposo, de abajo hacia arriba. Un diálogo horizontal permite que, frente a preguntas difíciles, concurran distintos tipos de conocimiento.
En este conjunto de acciones, lo más importante es decir la verdad, sin manipular ni los datos ni los relatos, porque venimos viendo desde hace un tiempo que los datos, lejos de matar los relatos, se usan mañosamente como verdades a medias para justificar agendas ideológicas.
Agrega: “En el fondo, el diseño participativo busca construir confianza: los proyectos toman tanto tiempo y enfrentan tantas dificultades que solo la confianza mutua permite salvar los momentos críticos. Esto no solo nos ha permitido empujar proyectos difíciles, sino que podría dar claves respecto de lo que debiera guiar la convivencia de nuestra sociedad”.
El beneficio de la duda
Usted y Smiljan Radic han contribuido a proyectar internacionalmente la arquitectura chilena. ¿Esa proyección y el contacto con el mundo han influido en la arquitectura que se hace en Chile?
Lo primero es decir que desde los años 90 en adelante se sentía la formación de una cierta masa crítica local. De hecho, en 1995, la revista Casabella me encargó curar un número monográfico dedicado a Chile, que se publicó en 1997, lo que refleja que ya se sabía que aquí había algo especial en formación. La lejanía de Chile puede explicar en parte eso, porque la distancia protege del ruido ambiente y filtra lo irrelevante, pero al mismo tiempo genera una avidez por saber qué es lo último que está pasando en el mundo. Hay algo especial en esa mezcla de estar atento y estar retirado a la vez. La lejanía, eso sí, conlleva un riesgo: uno podría quedar encandilado por lo que se hace afuera y mirar en menos lo que se hace acá.
No sé cómo le habrá funcionado al resto, pero a nosotros el contacto de primera mano con la producción internacional —y no solo a través de publicaciones— nos ha permitido mirarla descarnadamente, tanto por la vía de las lecciones de los arquitectos que admiramos, como por la vía del desengaño. Y con esa misma actitud miramos lo que se hace en Chile: sin falsos patriotismos, pero tampoco con el resentimiento del que, para triunfar, se tuvo que ir. Pero, para volver a tu pregunta, sentimos que hay interés en nuestra manera de trabajar, especialmente entre los estudiantes y las generaciones más jóvenes. Si hemos influido o no, quizás es pronto para decirlo.

Se suele hablar de la “arquitectura chilena” reconocida internacionalmente. ¿Existe realmente una tradición común?
Es difícil identificar este tipo de cosas desde dentro y tengo ejemplos para contestar que sí y que no. Si nos comparamos con Portugal, que tiene dos premios Pritzker y donde la “escuela portuguesa” —o la “escuela de Porto”, para ser más preciso— es muy reconocible, entonces uno tendría que decir que no se puede hablar de una “escuela chilena”. Pero si miramos Japón, que tiene nueve premios Pritzker, uno podría decir que, a pesar de ser formalmente muy distintos unos de otros, hay un hilo invisible, pero reconocible, que equilibra riesgo y precisión, innovación y rigor, lo cuidadoso y lo radical. Si uno mirara a Chile con ese lente que ve debajo de la superficie, quizás sí hay un rasgo distintivo y común en la mejor producción local, y es lo que no es: es poco cuática, con poco fleco, poca challa, y eso es un atributo enorme en un mundo donde la calidad se tiende a asociar con un montón de gambetas y fintas innecesarias.

Su trabajo se asocia con la convicción de que la arquitectura puede intervenir en los problemas sociales. En el actual escenario político y económico, ¿cómo lo ve? ¿Mantiene esa confianza?
Lo que nos guía es más bien el beneficio de la duda que la confianza; le damos el beneficio de la duda a la posibilidad de que proyectos difíciles puedan llegar a puerto. Dicho eso, hay ciertas señales que son preocupantes, pero mantendría, al menos por un momento todavía, el beneficio de la duda.
Aravena cita un ejemplo concreto: “Desde hace varios meses, el MOP viene comunicando por distintos canales que va a descontinuar el Plan del Buen Vecino de la Dirección General de Concesiones. Ese plan, en el que trabajó intensamente un grupo de expertos de distintas orientaciones políticas y profesiones, presentó un conjunto de lineamientos para que las autopistas corrigieran deudas urbanas pendientes desde que se hicieron las primeras concesiones”.
Presidida por Aravena, la comisión la integraron Pablo Allard, Alejandra Celedón y Magdalena Vicuña, decanos de Arquitectura UDD, UDP y UC, así como Joan McDonald, premio nacional de Urbanismo 2022. En puntos críticos como “el paso bajo nivel El Salto, entre Recoleta y Huechuraba, foco de inseguridad e incivilidades; la estrechez en las conexiones en las afueras de la intermodal de La Cisterna; o la emblemática herida abierta de la Norte-Sur, se propusieron obras que recompusieran la continuidad urbana y aportaran, además, servicios en lugares deficitarios de la ciudad. Todo esto en el marco de una ley —la 21.806, artículo 94— que, desde febrero de 2026, permite a las autopistas hacerse cargo del mejoramiento de los espacios aledaños donde se insertan, mejorando, entre otras cosas, áreas verdes y espacios públicos”.
“¿Lo más notable de ese plan? Que no le costaba un peso al Estado, sino que se pagaba con una extensión marginal del plazo de concesión, lo que representaba la versión más virtuosa de las alianzas público-privadas”, agrega.
Sin embargo, “distintas declaraciones de las autoridades pertinentes han planteado cosas del estilo ‘las autopistas son para mover autos, así que no nos enredemos con parques ni plazas’”.
Para el arquitecto, “eso significa volver a un Estado sectorialista que tuvo sentido en los años 60, cuando teníamos enormes déficits de cobertura, pero que es anacrónico en un país con desafíos 2.0, en el que sistemas complejos, como la ciudad, no se pueden enfrentar de manera reduccionista. O sea, se puede, pero el costo social y humano es enorme. Esto es volver a cargar la olla a presión con sistemas que funcionan para algunos, pero dejan a otros mirando con resentimiento y pagando, con su calidad de vida, los efectos negativos de no enfrentar las obras públicas de manera integral”.
El fundador de Elemental precisa que “una prueba reciente de la efectividad del plan es el Parque de la Alegría, en Renca, que corre paralelo a la autopista y cuyo costo fue cubierto mediante la extensión en dos semanas del plazo de la concesión. Mantengo el beneficio de la duda y espero que permita una corrección de curso en temas que son fundamentales para la ciudadanía y en los que todos —Estado, privados y personas— terminan beneficiados”.
La moneda de canto
A su juicio, ¿cuál es el mayor desafío de la arquitectura hoy?
El mayor desafío es anterior a la arquitectura, porque lo que está en juego es si seguimos por el camino de la civilización o retrocedemos a la barbarie. Me refiero a la ley de la selva reemplazando al Estado de Derecho. La expresión más obvia es el crimen organizado y los narcos, pero la misma pulsión en que el beneficio personal está por sobre el bien común gobierna a algunas élites políticas, a los gurús tecnológicos y a los barones de las finanzas.
Alejandro Aravena se refirió a esta disyuntiva en el discurso de graduación de arquitectos del MIT, en mayo pasado. También lo advirtió a propósito de la reconstrucción en Viña del Mar, donde Elemental aportó diseños para las viviendas y cuyo proceso de construcción está enfrascado en una disputa entre el Minvu y la empresa constructora.

¿En qué obra o proyecto están trabajando actualmente en Elemental?
Nombraría el más reciente: el Hospital de la Paz, en Colombia, para las víctimas de violencia sexual del conflicto armado. Se trata de una obra temprana del Acuerdo de Paz de 2016 que, en vez de enfocarse en castigar a los victimarios, planteó la idea de una justicia reparatoria enfocada en atender a las víctimas. Estamos hablando, incluso hoy, de 20.000 al año, en su mayoría mujeres y menores de edad.
Según cuenta, “en 2025 fuimos contactados por la Red de Víctimas para diseñar un hospital que siguiera el modelo Panzi, desarrollado en el Congo por el doctor Mukwege, premio Nobel de la Paz 2018. Partimos por reunirnos con las víctimas para entender la dimensión del problema, y debo decir que es probablemente la experiencia más cruda que nos ha tocado vivir: por un lado, la crueldad de los crímenes lo hace a uno perder toda esperanza en la especie humana; pero luego las propias víctimas de ese horror están ahí, frente a uno, queriendo no solo sanarse, sino también evitar que se repita. Entonces no solo le vuelve a uno el alma al cuerpo, sino que, además, pone en perspectiva los propios problemas”.
Agrega: “Para hacer corta una historia larga e intensa, en julio de este año se adjudicó la licitación de las obras, pero no sabemos si con el cambio de gobierno el hospital mantendrá su rol reparador para la sociedad colombiana. Tal como decía antes, esta vez más que nunca queremos darle el beneficio de la duda para que pase del papel a la realidad”.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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