El presente de un lobo solitario

Campeón de la vuelta de Chile, triunfador de torneos por el mundo, venció un cáncer y hoy, lejos de su bicicleta, trabaja en el CEO, siempre con una sonrisa en el rostro.

El nombre de Fernando Vera quizás no sea familiar para los más jóvenes. Sin embargo, según dijo el mismo Julio Martínez, fue el mejor de todos los tiempos en el ciclismo chileno. Ya han pasado varios años desde los días de gloria de Vera sobre su bicicleta, con un casco y una sonrisa en el rostro. Hoy, sentado tras su escritorio en el gimnasio del Centro de Entrenamiento Olímpico en Ñuñoa, el ex ciclista pasa sus días encargado de este lugar, en el que las conversaciones con los jóvenes asistentes son una constante en el día. De su tradicional bicicleta de pista, pasó a una silla y un computador con música que ponen los asistentes. Siempre solitario mientras entrenaba, el apodo de Lobo comenzó a rondar cerca de Fernando Vera. Su preferencia por pedalear sin compañía, cimentaron la leyenda de este hombre, que durante los momentos definitorios de las carreras, arremetía con un gran zarpazo y vencía a quien se pusiera frente a él. 

Hoy, los tiempos han cambiado y Vera sufre para lograr llegar a fin de mes. En la actualidad los jóvenes deportistas gozan de más beneficios y tecnología, además de poder asegurar su futuro tras dejar la competencia profesional. En la década de los 70 y 80, los atletas debían luchar aún más. Sin duda alguna, la vida de Fernando Vera no ha sido fácil. Nació en el seno de una familia humilde, donde ambos hermanos se iniciaron en el ciclismo. Alimentar a dos deportistas no fue sencillo para la familia Vera Vargas. Comenzó a correr con jeans, zapatillas planas y una bicicleta de paseo por el Parque Cousiño y llegó en la última posición en su primera carrera. Esto no lo amargó y siguió con la que hasta hoy es su gran pasión, que a punta de perseverancia, lo llevó a lo más alto. En el corto plazo, llegó a ser el mejor de Chile en su categoría. Ya en la selección adulta, aún no tenía una bicicleta propia, se fiaba de la amistad y el compañerismo para conseguir una prestada para cada una de las carreras. “Corría hubieran o no premios, me gustaba correr, era mi vocación”. 

El momento de más felicidad para el Lobo llegó en 1988. Luego de 15 apariciones en la Vuelta a Chile, logró vencer. Visiblemente emocionado comentó que “fue impresionante. Era una espinita que tenía clavada”, explica el Lobito, como le dicen quienes lo conocen.

En la actualidad, enfrenta otra competencia dura, pero fuera de la pista o la ruta. Luego de superar un cáncer colorrectal en 2004, su vida cambió. “Me operaron como indigente en la Posta Central”, relata Vera. Con poco dinero y apelando a una deuda histórica del gobierno, llegó en reiteradas oportunidades hasta La Moneda para que le otorgaran una pensión como ex atleta. Sólo recibió una pensión de gracia de 82 mil pesos, con la que debió intentar sobrevivir. En vez de enfocar su caso como el de un ex deportista, fue evaluado como indigente. “El pago de Chile” es el gran responsable de esta situación dice Vera. Para un deportista, solo con estudios hasta segundo medio, la escuela de la vida fue la que lo formó como persona y profesional. 

Cuando más difícil se hizo la vida, una mano salvadora llegó para ayudar al ex ciclista. Un llamado desde la calle Ramón Cruz lo sorprendió. Desde las oficinas del Comité Olímpico fue citado a una reunión para conversar sobre su futuro. Neven Ilic, su presidente, lo invitaba a unirse como trabajador de planta y volvería a pasar sus días rodeado de jóvenes. Siempre con lo justo para vivir, este trabajo cayó del cielo y lo tienen en el gimnasio con su clásica simpatía. Esto fue hace ya cinco años y la sonrisa en el rostro del Lobito contagia a quienes lo ven, pero confiesa que eso es de la puerta para adentro, cuando vuelve a su hogar recuerda el pasar de vida y vuelve la tristeza. “He ganado muchas medallas, pero tiene que cambiar la mentalidad para que apoyen a ex deportistas”. Reconocido por su trabajo en el CEO y no por sus años de gloria deportiva, se ganó el cariño y aprecio de todos quienes llegan a ese lugar. 

Todos lo llaman por su apodo. La palabra Lobito se repite constantemente durante el día. Sin embargo, el sobrevivir se transformó en una constante en la vida de Fernando Vera, quien gracias a sus amigos, está saliendo adelante para ganar esta carrera. “El presente es complicado para mí”, explica acongojado desde su puesto en la puerta, mientras cambia su rostro y se despide de uno de los tantos atletas que desfilan frente a el todos los días, mientras  intenta solucionar el problema económico que lo acecha.

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