Por Francisca FigueroaCapitalismo límbico

La semana pasada, un jurado de Los Ángeles condenó a Meta y Google por negligencia en el diseño de Instagram y YouTube, respectivamente. El caso giró, principalmente, en torno al modo en que ambas plataformas fueron diseñadas para retener, enganchar y volver compulsivo su uso. La sentencia estimó que ese diseño fue un factor sustancial en el daño sufrido por una joven que comenzó a usar YouTube a los 6 años e Instagram a los 9, y ordenó pagar US$6 millones en indemnizaciones: 70% a cargo de Meta y 30% a cargo de Google.
La sentencia es importante porque más allá del consenso que existe sobre los daños que causan las redes sociales y el acceso constante a internet -especialmente en los menores de edad- deja de manifiesto que las empresas no son neutras respecto de los usuarios. En otras palabras, no es cierto que las empresas se limiten a entregar herramientas, y que todo el resto dependa de la voluntad de los usuarios, pues el corazón del modelo de algunas de ellas consiste, precisamente, en explotar la vulnerabilidad del ser humano.
Esto es lo que David Courtwright ha llamado “limbic capitalism”, en alusión al sistema límbico, es decir, la parte del cerebro vinculada al placer, la motivación y la reacción rápida. Estos grandes conglomerados tecnológicos han aprendido cómo explotar con creciente sofisticación nuestros impulsos, nuestra búsqueda de gratificación, nuestra vulnerabilidad al premio inmediato, quebrantando la libertad con que supuestamente accedemos a las interacciones.
En este sentido, las redes sociales son sólo una parte del problema. Courtwright argumenta que hoy las adicciones no se limitan a las drogas, sino que abarcan conductas como el juego, las apuestas, la pornografía, el consumo compulsivo de comida ultraprocesada y ciertas dinámicas digitales que activan mecanismos cerebrales parecidos de recompensa, craving-o deseo intenso- y pérdida de control. Por otra parte, estos estímulos adictivos son cada vez más accesibles, baratos, intensos y omnipresentes, debido a la urbanización, la globalización, la publicidad y sobre todo la innovación tecnológica a través de internet.
Vivimos apelando a la libertad, a la autonomía, a la capacidad de cada individuo de decidir por sí mismo. Y en esto, muchos se entusiasman con la idea de permitir el uso recreacional de drogas o creen que el uso de pornografía es una decisión autónoma de cada individuo. Así, se ha sostenido también, que las apuestas online están en la categoría de mero entretenimiento como una de las opciones de enriquecimiento de la diversión.
Pero, ¿somos libres realmente cuando nuestros malos hábitos se convierten en vicios que nos impiden tomar una elección alternativa? ¿Estamos conscientes del rol que deben cumplir las familias en la formación de buenos hábitos para que dicha libertad realmente exista? ¿Estamos dispuestos a que los colegios puedan colaborar de esa misma formación? ¿Somos exigentes con las empresas para que su rentabilidad se enmarque dentro del bien común? Muchas veces hemos demonizado el lucro que reciben los prestadores de derechos sociales, pero no se ve el mismo énfasis para prohibir o limitar aquel que surge de explotar la vulnerabilidad humana.
Tal vez la lección más importante de esta condena sea que la libertad humana no requiere sólo de ausencia de prohibiciones y posibilidades de autodeterminación, sino también de poder gobernar la propia conducta. Y una sociedad que se dice amante de la libertad no puede seguir siendo indiferente cuando algunos hacen negocio, precisamente, destruyéndola.
Por Francisca Figueroa, IdeaPaís
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