Por Joaquín TrujilloCascanueces

Se llama “retórica” al arte o técnica de presentar las ideas a través de las palabras adecuadas y la claridad bien organizada del discurso, asistiéndose, por ejemplo, de esas metáforas que ahorran mil explicaciones, como también del manejo del tiempo (para que no se abrevie demasiado, pero tampoco se alargue y latee). La retórica busca la elocuencia.
La retórica se desprestigió cuando se hizo de ella un uso un tanto o directamente fraudulento. Hubo quienes se sirvieron de ella con el fin de embadurnar falacias o mentiras. De ahí nace la clásica diatriba de los filósofos —que se creen muy veraces— en contra de los abogados o, peor, de los políticos, a quienes se ve como manipuladores y enemigos de toda verdad.
De vez en cuando resurgen reivindicaciones de la retórica: llamamientos a escribir grandes relatos inspiradores, como si el talento para eso pudiera simplemente contratarse. Pero de vez en cuando también resurgen las invectivas. Ocurre cada vez que un “dato” masacra a un “relato”, por ejemplo, bajo el supuesto de que la proliferación de discursos falsos sea culpa de los relatos mismos. Es como si hubiera que responsabilizar a ese hermoso género literario llamado “cuento” de que estemos rodeados de cuenteros, por no decir: mitómanos.
Cuando descuidamos por completo la retórica empezamos a descubrir algo preocupante. Parece que la energía de la verdad requiere fluir y que, sin ayuda, se aglutina. La verdad necesita ser comunicada, pero con una fuerza que le haga justicia. Pensemos en esa solemnidad sublime que transmite un profesor de cálculo cuando efectúa una demostración matemática. En el silencio sepulcral de la sala, sabe que sus cien estudiantes lo van siguiendo. Porque, en este caso como en otros, hasta el silencio expectante es elocuente.
El filósofo napolitano de la era barroca, Giambattista Vico, hizo hallazgos convincentes en ese sentido. Para él, lo primero que debía estudiarse era la argumentación, con toda su invocación de figuras reales o mitológicas, y luego la crítica. Sin ese terreno fértil de medias verdades, la verdad no germinaría; sería una semilla encapsulada por una cáscara hecha para resistir, no para vivir entrando en contacto con su entorno.
Nuestro genial historiador Mario Góngora llamó “planificaciones globales” a las grandes narrativas políticas del siglo XX chileno. Hoy cabría hablar, si acaso, de meras “germinaciones locales”: brotes que intentan incorporarse a una globalidad hecha de espumas, como explica el filósofo Peter Sloterdijk. Y es que el zepelín de la retórica se ha desinflado.
Actualmente, muchos intentan arrancarle discursos a la IA, que es un modelo de lenguaje pródigo, pero de poética escasa. No es su culpa. La hemos alimentado de inmensos volúmenes de palabras que no consiguen romper nueces. Y si lo hacen, es sin ese crujido característico; ese que anuncia que la comida está servida puesto que el hambre todo lo vence.
Por Joaquín Trujillo, Investigador CEP
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