Por Max ColodroLa puerta de salida

Parafraseando a Unamuno, hasta ahora el gobierno vence, pero no convence. Sacó en tiempo récord su megarreforma económica y ahora va por una agenda en temas de seguridad y orden público. Sin embargo, como en una realidad paralela, La Moneda vuelve a mostrar esta semana sus déficits de conducción y de musculatura política: otra vez la obligada renuncia por falta de experiencia de una ministra y un subsecretario, en medio de una sangría de seremis que no se detiene; el Ejecutivo se enreda al comentar los resultados de la Casen en materia de pobreza, y termina dando un espectáculo con los ministros Alvarado y Quiroz respondiéndose por la prensa respecto a un recurso presentado ante el TC, que increíblemente no fue informado al biministro y jefe de gabinete.
Por su parte, la oposición sigue dando testimonio de su total desconexión con el presente, ilustrando su incapacidad para encontrar su lugar en el escenario generado por la profunda derrota política y cultural vivida en el último tiempo. En la presentación de un libro, el expresidente Boric insiste en que el paso de su generación por el poder no debe ser mirado como un fracaso, sino como un proceso de aprendizaje, que tuvo como principal logro haber normalizado al país luego del estallido y de la pandemia. En rigor, si la izquierda y la centroizquierda todavía no son capaces de entender que la normalización del país se debió precisamente a que no pudieron concretar ninguno de sus cambios refundacionales, partiendo por la nueva Constitución, habrá entonces que felicitarlos por sus “éxitos”.
Por razones todavía difíciles de explicar, desde 2010 en adelante la izquierda y la centroizquierda convergieron en un diagnóstico muy crítico respecto al Chile de la transición. Instalaron el imperativo de un proceso constituyente y de “otro modelo” de desarrollo, que entre otras cosas suponía el fin de las AFP y las Isapres. En los hechos, esos objetivos no fueron desvaríos surgidos del estallido, sino que habían tenido una instalación larga, en el marco de la batalla cultural iniciada cuando la centroderecha volvió al gobierno. Una década después, el estallido pareció viabilizarlos al imponer por la fuerza el proceso constituyente, pero nada de lo que la izquierda y la centroizquierda apoyaron en la Convención fue un desbande del momento. Michelle Bachelet lo expresó con mucha claridad poco antes del plebiscito del 4 de septiembre del 2022, cuando dijo que el texto de la Convención era lo que más se acercaba a lo que ellos siempre soñaron. Pues bien, nada de eso se cumplió y ahora pretenden convencer al país de que ello no fue una derrota sino un proceso de aprendizaje.
En fin, hoy la derecha avanza con sus reformas, pero todavía no entusiasma. Y los que en su momento entusiasmaron no lograron concretar ninguna de sus reformas. Los chilenos ahora están más pesimistas que nunca, quizá porque intuyen que la puerta de salida a este largo ciclo de deterioro político todavía está por abrirse.
Por Max Colodro, filósofo y analista político
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