Opinión

Chile marítimo: el despertar de un gigante silencioso

Los descubrimientos han constituido, desde antaño, un justo título para invocar derechos sobre lo descubierto; las pretensiones territoriales sobre islas e incluso sobre la Antártica son muestra de ello.

Pues bien, el reciente descenso a la Fosa de Atacama de un equipo liderado por el Dr. Osvaldo Ulloa no es solo un hito científico, sino también un acto de afirmación soberana. Allí, en un territorio invisible para el ciudadano, pero decisivo para nuestro porvenir, Chile extiende su mirada estratégica. Investigar el mar profundo no es un lujo académico: es ejercer soberanía informada. No hay autonomía estratégica sin conocimiento, ni influencia internacional sin presencia efectiva en el subsuelo marino.

Chile es, por geografía y destino, una nación oceánica. Nuestro mar patrimonial, que multiplica varias veces la superficie continental, nos sitúa entre los principales Estados marítimos. Durante décadas lo concebimos como una ruta para nuestras exportaciones; hoy debemos entenderlo como un escenario de competencia global. En un mundo que transita hacia una multipolaridad incierta, el océano es un espacio de recursos, datos, energía y poder.

Nuestra proyección estratégica descansa sobre realidades inmutables. El mar chileno es un almacén proteico para un planeta que envejece y demanda alimentos apropiados. La pesca y la acuicultura no son meros sectores productivos, sino pilares de resiliencia nacional. De ahí que la lucha contra la pesca ilegal deba asumirse como una defensa del patrimonio estratégico.

A ello se suma la dimensión logística. La vulnerabilidad climática y política que afecta a nodos como el Canal de Panamá o el Canal de Suez otorga mayor relevancia al Estrecho de Magallanes. Chile posee las llaves naturales de la interconexión austral entre el Atlántico y el Pacífico. Reforzar nuestra infraestructura portuaria y las capacidades navales permite ofrecer al mundo una alternativa estable bajo jurisdicción nacional.

La dimensión digital confirma esta nueva centralidad. El 95% del tráfico global de datos viaja por cables submarinos. Iniciativas como el cable Humboldt proyectan a Chile como un nodo del Pacífico Sur. En paralelo, la competencia por los nódulos polimetálicos —insumos críticos para la transición energética— abre un debate ineludible sobre el régimen internacional de los fondos marinos. Chile debe participar activamente en su gobernanza, resguardando su autonomía decisional y su interés nacional.

Ser un Estado marítimo implica reconocer que el océano estructura nuestra inserción en el siglo XXI. El fin de esta era nos sitúa en una convergencia estratégica única entre la Antártica, el Asia-Pacífico y las rutas australes. Por ello, nuestra política exterior debe situar al mar y sus atributos en el centro de su diseño, entendiéndolo como un activo estratégico. Chile no está en la periferia, sino en el eje de una nueva cartografía del poder, y es desde esa convicción que debemos orientar nuestra acción exterior.

Por Teodoro Ribera, Rector de la Universidad Autónoma y ex Ministro de Relaciones Exteriores.

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