Columna de Carlos Correa: La hora de los traidores

Andrés Pérez



Ni el más pesimista de los partidarios del Apruebo fue capaz de prever este escenario. Los nuevos votantes fueron por el Rechazo, tradicionales bastiones de la izquierda se dieron vuelta, los mismos que aplaudían el nuevo ciclo que se venía hoy dan la espalda al gobierno. Aunque había señales, pues ninguna encuesta mostró una situación donde el Apruebo tenía ventajas, había un sueño en los sectores cercanos al gobierno, reflejado en la soberbia del exconvencional Fernando Atria en una entrevista a este medio. Una mezcla de enojos a los extremos de la Convención y las deficiencias del gobierno en las soluciones de temas cotidianos llevó a los votantes a propinar un castigo de proporciones.

No hay dos opiniones posibles. La nueva Constitución no es la casa de todos por ningún lado, y es la peor derrota de la izquierda en los últimos 30 años. El esfuerzo del gobierno por mover la aguja fue infructuoso. No es solo una derrota personal del Presidente, sino de su diseño. Entre las cosas que se caen está la tesis de los dos anillos, agrupados por el fervor. Si el gobierno no desarma esa tesis atribuida al todavía ministro Jackson, será un gobierno de minoría, que enfrenta más de tres años por delante. El riesgo de que no logre sacar ningún proyecto de ley y que las fuerzas políticas prefieran conversar en el Senado es muy alto.

Lo único pragmático es dejar de tratar como invitados de piedra a sus socios de la ex Concertación, y tratar de construir mayorías, no solo entregando más cargos, sino cambiando el discurso, por uno moderado de verdad, y no solo en las formas. Esto pasa por un cambio de criterio en seguridad ciudadana, en las reformas que se deben hacer, en especial en pensiones y salud, y tender puentes hacia la DC. Por cierto, también incluir en las conversaciones a los sectores del Rechazo que quieran el diálogo.

Para muchos de sus compañeros y compañeras de ruta, este camino lógico es impensable, pues es convertirse en el mismísimo Ricardo Lagos Escobar, que en su momento escuchó la voz del pueblo. Los gritos de traidores que profirieron los maximalistas al colectivo socialista en la Convención se la gritarán también al Presidente. En el mundo más radical las interpretaciones tergiversadas sobre la paliza al Apruebo serán la tónica, y su negativa para girar al centro hará más patética la caída del octubrismo.

En el cambio del gabinete, el gobierno no tiene solo que desarmar su comité político, sino hacer una reingeniería completa, buscando un equipo que represente de manera amplia a la sociedad y que tenga el menor olor posible al desastre del 4 de septiembre. Eso pasa por un equipo que pueda sacar leyes en el Congreso, conversar sin tapujos con todos los moderados, favorecer la inversión privada para generar crecimiento y más impuestos; calmar las aguas en una sociedad enojada y ser capaces de entregar bienes valiosos, como seguridad ciudadana, prosperidad, crecimiento económico y certezas. Por otro lado, el gobierno tendrá que poner en un congelador el proceso constituyente y recuperar confianzas antes de lanzarse en otra aventura, de la mano de su nuevo equipo. Dicho en lenguaje de convencionales, tendrá que armar un gabinete de perfectos traidores.

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