Columna de Daniel Matamala: La leche derramada

Foto: AgenciaUno



Fue un error. Eso es evidente. Y no un error comunicacional, como suele argüirse cuando una estrategia fracasa. Al revés: la comunicación reflejó exactamente las políticas públicas. Entre el 16 de abril y el 2 de mayo, Presidente y ministros invitaron a una “nueva normalidad” y un “retorno seguro”, la subsecretaria habló de salir a tomar café, se ordenó la vuelta gradual al trabajo presencial de los empleados públicos, se dictó el protocolo para reabrir los malls, se planificó el regreso “lo más luego posible” de los escolares a clases y se proclamó que Chile había alcanzado una “meseta” de casos.

Ya sabemos lo que pasó después. O, en rigor, durante. Si el día del café (20 de abril) se contaban 419 casos diarios, cuando se acuñó el “retorno seguro” (24 de abril) ya íbamos en 494, el día de la “meseta” (29 de abril) estábamos en 770 y cuando reabrió el Apumanque (30 de abril), en 888. Ahora ya vamos en torno a los dos mil casos diarios, mientras aumentan las muertes y nos preparamos para lo peor en servicios de urgencia, UTIs y cementerios.

Por supuesto, es fácil verlo hoy; como se dice en el fútbol, con el diario del lunes bajo el brazo todos somos entrenadores. En una crisis sin precedentes como esta, es imposible que los gobiernos no se equivoquen. Lo imperdonable sería que no aprendan de los errores que han quedado al descubierto: exceso de confianza y falta de transparencia.

Hay quienes lo advirtieron antes. Ya hace seis semanas, el director de Espacio Público, Eduardo Engel, alertó, tras un detallado análisis de los datos, que se “arriesga un crecimiento de contagios que no se pueda contener”. El problema, explicaba Engel, era que el gobierno estaba tomando decisiones de fino detalle (cuarentenas parciales, en sectores acotados de ciertas comunas), sin contar con la información necesaria para ello. “Es un caso extremo de sesgo de confianza que podría terminar costando un gran número de vidas”, advertía el 4 de abril.

Desde entonces, Espacio Público redactó informes cada vez más preocupantes. Una y otra vez rectificó errores e interpretaciones triunfalistas de los informes oficiales. No había caída de los contagios, la pandemia no estaba estabilizada, el aumento no se debía solo a la mayor cantidad de exámenes. Los informes y sus fechas están en la web para quien quiera formarse su propia opinión.

Los portazos públicos, muchas veces despectivos, que recibió cada una de estas advertencias se repitieron con los especialistas del consejo asesor, que no fueron consultados en decisiones clave del cambio de estrategia. Ni hablar del Colegio Médico, los alcaldes y los científicos de la Mesa de Datos, que se quebró entre quejas por falta de, precisamente, datos. “La transparencia de los datos es clave para la confianza. Si se niegan, se pierde la confianza mutua entre el gobierno y la sociedad”, lamenta el científico Ricardo Baeza-Yates.

No es fácil hacerlo: la información es poder, y compartirla significa compartir poder con la sociedad civil para que esta detecte errores y aconseje cambios. El gobierno pudo hacerlo cuando los resultados aún eran auspiciosos. Eso, en palabras bonitas, se llama incluir, y en el lenguaje más crudo del poder, cooptar: cuando brilla el sol hay que subir a todos al barco y comprometerlos públicamente de modo que, cuando llegue la tormenta, les sea muy difícil desembarcarse.

El gobierno optó, en vez, por el discurso exitista, el secretismo y los desplantes.

“Chile es de los países que más test PCR hacen en la Ocde”, aseguró Mañalich. Lo desmintió El Mercurio: somos 32º entre 37 naciones.

“Es evidente que en muchas de las vocerías que están ocurriendo se están jugando elecciones, votos”, acusa el ministro de Salud. Claro que ha habido mezquindad de algunos. Y por supuesto que, desde el Presidente para abajo, todos tienen sus intereses e ideologías. Izkia Siches es cercana a la oposición, tal como su contradictor Enrique Paris fue parte del equipo de campaña de Piñera. Ello no los inhabilita como interlocutores.

También lamenta el gobierno la profusión de fake news. Pero fue el propio Mañalich quien, ante una información verdadera que no le gustó (las declaraciones del embajador chino), dijo que “el trabajo de la prensa es vender cosas inventando mentiras”. ¿Cómo pide que la ciudadanía diferencie entre verdades y mentiras si él mismo intentó dinamitar la confianza en la información verdadera difundida por medios profesionales?

En resumen: el gobierno creyó que la foto era triunfal y sacó los codos para que nadie más apareciera en ella. La imagen del Presidente y sus ministros sobre el buque Sargento Aldea de la Armada simbolizó esa fantasía del jovencito de la película que elimina a los malos, salva el día y se lleva todos los aplausos.

Pero esto no es Hollywood. La impronta del winner es desastrosa ante un desafío como este; así lo sufren hoy los pueblos de Brasil y Estados Unidos. Contrastan con la aplaudida gestión de algunos gobiernos liderados por mujeres, como Nueva Zelandia, Noruega, Alemania e Islandia. El liderazgo inclusivo, empático y dialogante está siendo más efectivo en una crisis que no se enfrenta con un superhéroe destruyendo a sus enemigos, sino con líderes convocando un esfuerzo concertado de la sociedad completa.

Ahora, la tormenta llegó. “Decirle a la gente que confíe en lo que el Estado le dice es muy difícil. Esa falta de confianza recíproca nos jugó una mala pasada”, reconoció esta semana el ministro de Salud. Esta vez, el diagnóstico del doctor Mañalich es acertado. También el Presidente ha dado señales correctas en los últimos días, como su diálogo con los exmandatarios Frei, Lagos y Bachelet. La pregunta es si, identificado el mal, llegará también el tratamiento correcto: transparencia e inclusión para una cruzada que sólo puede ganarse entre todos.

Porque si el gobierno quiere que los aciertos sean sólo suyos, los errores también lo serán. Y entonces ya será tarde para llorar sobre la leche derramada.

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