Opinión

El día de la victoria

En vísperas del 9 de mayo, la fecha más simbólica para la narrativa política rusa, el Kremlin vuelve a demostrar que sigue apostando por la intimidación y la escalada como herramientas centrales de su estrategia en guerra contra Ucrania.

Esta semana, la portavoz del Ministerio de Exteriores ruso, María Zajárova, amenazó con ataques contra “centros de toma de decisiones” en Kiev si Ucrania intenta afectar las celebraciones del Día de la Victoria en Moscú. El mensaje refleja algo más profundo: Rusia intenta proteger el principal ritual político de Vladimir Putin en un momento en que la guerra ya no parece tan lejana para la sociedad rusa.

El desfile del 9 de mayo siempre fue mucho más que una ceremonia militar. Bajo Putin se convirtió en una representación ideológica del Estado ruso, una mezcla de nostalgia soviética, militarismo y legitimación histórica del poder. Durante años el Kremlin utilizó esta fecha para conectar la memoria de la Segunda Guerra Mundial con su política exterior contemporánea, incluida la invasión de Ucrania.

Este año, por primera vez en casi dos décadas, la Plaza Roja no mostrará tanques, lanzamisiles ni columnas de blindados pesados. Al menos 15 regiones rusas cancelaron los desfiles. Para el Kremlin, esto representa un problema político delicado. La guerra fue presentada durante años a la sociedad rusa como algo distante y completamente controlado. Pero ahora los ciudadanos rusos comienzan a percibir que el conflicto también puede alcanzar su propio territorio.

En los últimos meses, Ucrania ha incrementado su capacidad de atacar infraestructura militar y logística dentro del territorio ruso. Refinerías, depósitos de combustible y objetivos estratégicos han sido alcanzados a cientos de kilómetros del frente. Moscú y otras ciudades rusas han vivido restricciones de internet, cierres temporales de aeropuertos y cancelaciones de actos públicos por temor a ataques con drones.

Las amenazas contra Kiev cumplen entonces varias funciones al mismo tiempo: buscan disuadir posibles ataques ucranianos, reforzar la narrativa patriótica interna y demostrar autoridad frente a una sociedad que empieza a sentir el costo real de la guerra.

Por Alina Rohach, analista ucraniana del programa de cooperación con España y América Latina | Centro de Diálogo Transatlántico.

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