Por Daniel MatamalaEl presidente, el niño y la autoridad

Ha sido tema la reacción del presidente José Antonio Kast, encarando a un niño y su madre a la llegada a un acto público en Villarrica.
Discutir con un niño no es algo que ningún experto en imagen recomendaría. Pero que un presidente pierda los papeles tampoco es tan excepcional. Basta recordar la desmedida reacción del presidente Boric contra su jefa de prensa a propósito del caso Monsalve. O los recordados retos que el presidente Lagos dedicaba a quienes osaran contradecir sus razonamientos.
No, no es excepcional que un presidente se descomponga en público. Son, mal que mal, seres humanos sometidos a la más alta presión, 24/7.
Pero esos exabruptos sí son momentos extraordinarios porque ayudan a entender la filosofía desde la cual se ejerce el poder. Estos momentos de involuntaria sinceridad derriban la coraza de las estrategias comunicacionales, y desnudan a las personas detrás del poder, y sus talones de Aquiles más profundos.
Son, en ese sentido, momentos preciosos para el análisis.
Pensemos en Boric. Cuando estalló el caso Monsalve, decidió hablar por casi una hora sobre los hechos, poniéndose en la primera línea del fuego y exponiendo a la presidencia. Cuando su asesora de prensa intentó hacerlo razonar, Boric, visiblemente fuera de sí, la reprendió despectivamente frente a las cámaras.
Había perdido el control en público. ¿Por qué? Porque para él era insoportable la idea de verse cuestionado éticamente, como si fuera un político más.
En público, Boric se alejó de la «tesis Jackson» sobre la superioridad moral de su generación. Pero, como ese episodio reveló, lo seguía creyendo. Y que se le cuestionara en ese ámbito podía sacarlo de quicio.
La impaciencia de Lagos con sus contradictores también revelaba un aspecto profundo de su carácter. Lagos es, sin duda, el presidente intelectualmente más capaz de nuestra historia contemporánea. Su problema es que lo sabe. Es brillante, se sabe brillante, y eso lo volvía impaciente frente a cualquier cuestionamiento que no considerara a su altura intelectual.
De ahí venían el tono sarcástico y la pose soberbia que sus asesores se esforzaban en maquillar, pero que reaparecían una y otra vez.
Entonces, ¿qué nos revela este incidente sobre Kast?
Relatemos primero los hechos. El presidente extiende la mano a un niño y, al no recibir respuesta, lo alecciona: «Lo cortés no quita lo valiente, que le vaya muy bien en todos sus estudios, para que tenga mucha educación». Visiblemente molesto, le pregunta una y otra vez al niño si la mujer que lo acompaña es su madre. Ella lo trata de «nazi» y le dice que «usted tiene a todos los chilenos mal y él [mi hijo] tiene consciencia».
Kast vuelve a dirigirse al niño: ««Estamos recuperando el orden y la libertad, para que usted tenga una mejor calidad de la educación y sea un hombre correcto. Así como me está mirando, con esos ojos de niño, yo le digo que crezca en libertad». La madre le grita «demagogo, demagogo», y Kast vuelve a interpelar al niño, mientras lo apunta con el dedo: «Usted debería estar en su casa, estudiando, trabajando. Lo siento por usted, joven. Ánimo, fuerza y fe; nunca se deje intimidar, y que su mamá no lo use a usted, nunca».
Lo más paradojal de la escena es que Kast ha tenido como una de sus causas políticas el «con mis hijos no te metas», denunciando como perniciosa cualquier intervención del Estado en la formación valórica de los niños, que debe quedar librada exclusivamente al arbitrio de las familias.
Pero he aquí que la más alta autoridad de ese Estado encara en público a un niño, le instruye cuál es su lugar («en su casa, estudiando y ¡trabajando!») y le hace un llamado ideológico («que crezca en libertad») a que se sacuda del yugo pernicioso de su madre («que su mamá no lo use»).
Hay aquí una primera revelación. El que sabe qué es mejor para los niños no es la familia, entonces, sino el propio Kast, de acuerdo a ciertos valores superiores (orden, disciplina) que él posee, y que son indiscutibles, incluso para la familia de ese niño.
El día que asumió la presidencia, Kast pasó a un colegio, donde también aleccionó a los estudiantes sobre el valor del orden, el trabajo y la disciplina; homenajeó a Diego Portales, el hombre que creía que el orden precedía a la libertad; e hizo un discurso de tono pastoral desde el balcón de La Moneda.
Prometió allí “una autoridad que tiene que ser fuerte”, “orden sobre el caos” y una “era de orden, libertad y justicia”. Luego, habló del “rumbo del orden, el crecimiento y la estabilidad”. Las demás palabras parecen intercambiables, pero el “orden” siempre está primero.
Hay, desde entonces, una continuidad en el discurso oficial que, bajo frases como «ordenar la casa» o «recuperar el orden» contiene un tufillo autoritario. El gobierno condena la expresión del descontento hacia la autoridad, como en las pifias al ministro de Cultura, oficialmente catalogadas como «violencia», «funa» y «encerrona».
Se mete en el mismo saco repudiables hechos de violencia (como el que el mismo Kast sufrió alguna vez en una universidad), con el legítimo derecho de expresar molestia hacia la autoridad.
En democracia, la autoridad no es un padre severo que debe corregir a sus hijos, como postulaba Portales. Es apenas un mandatario del pueblo, el que tiene derecho a expresar pacíficamente su descontento con él.
Esos emplazamientos, cuando se hacen sin violencia, son parte de la vida en democracia. Y las autoridades deben aceptarlos como parte de su trabajo.
Por eso, es preocupante que esa discusión haya terminado en un control de identidad a la mujer. Según la versión oficial, ese control derivó en su detención por órdenes pendientes. ¿Por qué se sometió a un control específicamente a la persona que fue reprendida por el presidente? ¿Es una forma de disciplinar a quienes expresen, pacíficamente, su descontento? ¿Pensar distinto al presidente vuelve a un ciudadano una persona sospechosa?
Lo que todo el episodio revela, entonces, es un autoritarismo apenas disimulado. La idea de que los ciudadanos —¡y también los niños! —deben reverencia a sus autoridades, y que incumplir esa etiqueta es un desorden que los hace acreedores de sermones públicos, advertencias amenazantes o consecuencias legales.
Ese concepto autoritario de lo que significa tener el más alto cargo público, y de la actitud reverencial que le deben los ciudadanos, es el sustrato oculto sobre el carácter del presidente que esta discusión revela.
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