Opinión

Entre las urgencias y un propósito para Chile

Foto: Andrés Pérez Andres Perez

Nuestra sociedad está cambiando de manera acelerada. El envejecimiento de la población y la irrupción de nuevas tecnologías, entre otros aspectos epocales, transformarán radicalmente la vida de las generaciones presentes y futuras. Esta realidad genera una profunda sensación de inseguridad social y económica. ¿Seremos necesarios a futuro? ¿Nos iremos quedando solos? ¿Tendremos trabajo o seremos reemplazados por la inteligencia artificial?

Dado que estamos comenzando el 2026, estas preguntas debiesen promover reflexiones, planteamientos y objetivos claros de corto, mediano y largo plazo, que tiendan a aumentar la tasa de natalidad, potenciar la reconversión laboral y abordar la seguridad de manera integral; sin embargo, la agenda pública sigue estando capturada por las urgencias del día a día. Tanto es así que el próximo gobierno se ha propuesto como uno de “emergencia” destacando una mayor seguridad y reactivación económica. ¿Es contradictorio este planteamiento con las necesidades de corto, mediano y largo plazo del país?

La identificación de propósitos que no solo convoquen al país, sino que logren alinear la política pública y los esfuerzos del mundo privado con una visión más amplia, son impostergables para proyectar una sociedad cohesionada que entregue oportunidades a todas las personas, incluyendo mejoras sustanciales en seguridad y condiciones económicas. Se pueden abordar urgencias, pero aquello no puede desplazar otros objetivos relevantes que le darán sentido de cuerpo a una sociedad con horizontes intergeneracionales: un propósito común que identifique a personas de todas las edades y orígenes.

Sin duda, la seguridad es un factor fundamental en este esfuerzo, pero esta no nace de la eliminación total del riesgo, sino de la certeza de no estar ni sentirnos solos frente a la adversidad. El médico canadiense Gabor Maté, quien integra diversas especialidades tales como neurociencia y psicología del desarrollo, afirma que la seguridad no es la ausencia de amenaza, sino la presencia de conexión. Esto constituye un desafío mayor en una sociedad escasamente conectada como la nuestra, en la que cada uno se preocupa de su propio bienestar y seguridad, en vez de la construcción de bases de apoyo sistémicas y colaborativas. Para aumentar la seguridad, es clave el rol de las fuerzas policiales, las leyes y la justicia, aunque para que la seguridad sea un propósito país, se requiere de una cultura empática, responsable y solidaria.

Algo similar ocurre en materia económica. No basta con crecer e invertir más -lo cual es positivo y urgente- si es que tales indicadores no favorecen una mayor empleabilidad, integración, descentralización y potencial de crecimiento futuro. En una sociedad que envejece y se transforma aceleradamente por los cambios tecnológicos, la educación a lo largo de la vida cumple el rol de acompañar y sembrar nuevas esperanzas. La reconversión laboral, la actualización de competencias y la adaptación al trabajo del futuro requieren sistemas educativos que no expulsen, sino que orienten y contengan, especialmente cuando la incertidumbre aumenta. De esta forma, el crecimiento económico se transforma en un propósito para Chile.

Ante lo expuesto, la educación emerge como un propósito permanente de los países: es un proyecto de largo plazo por definición. En educación, como en la vida, las personas aprenden, crecen y se transforman cuando existen vínculos que las sostienen. Una cultura más conectada no surge de manera automática, sino que se construye. Desde la primera infancia, educar es ofrecer presencia: adultos disponibles, entornos estables, relaciones que permiten explorar sin miedo. Allí se forma la base del aprendizaje, de la confianza y de la convivencia. Ninguna política educativa es eficaz si no reconoce que el desarrollo comienza en la conexión humana.

Si nuestro país lograra generar condiciones para que niños, jóvenes, adultos y personas mayores enfrenten un mundo complejo con herramientas, pero también con respaldo y conexión humana, todos tendríamos algo en qué creer y trabajar. Un país educa bien cuando convierte el aprendizaje en una experiencia de pertenencia y cuidado, y cuando comprende que el verdadero progreso ocurre allí donde el conocimiento no está al margen de la conexión humana. La pregunta, entonces, es: ¿qué haremos el 2026 para avanzar hacia un propósito común?

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