Opinión

Estirar la cuerda

Matt Damon como Odiseo, en La Odisea.

Un héroe culposo. Es difícil saber qué concepción del mundo y de sí mismos tenían los griegos de los tiempos homéricos. Al adaptar la Odisea, Christopher Nolan tomó la drástica decisión de amputar gran parte de la intromisión de los dioses en la historia, entre otras cosas porque esa intervención no nos cabe hoy en la cabeza. Quien mejor subsiste del Olimpo es la figura de la diosa Atenea, que protege a Odiseo, y lo que la cinta llama la Ley de la Hospitalidad, que el personaje alguna vez violó y ahora podría tener de su parte para regresar a Ítaca. Nolan moderniza a Odiseo con un larvado sentido de culpa, efecto de las atrocidades que cometió en el asalto a Troya, de sus argucias para derrotar al adversario y de los muertos que fueron quedando en el camino, incluso entre quienes confiaron en él. Desde luego, esa noción de culpa no está en el poema original. Quizás ni siquiera está la idea de responsabilidad individual, aunque alguna podría haber, puesto que Poseidón, el rey de los mares, acosa a Odiseo por haber cegado a uno de sus hijos, el cíclope Polifemo, y no está dispuesto a perdonarlo. En general, los griegos de la antigüedad interpretaban el mundo y la vida más bien como una cadena de fatalidades. Siendo así, tiene mérito la adaptación al estirar un poco la cuerda y transformar a Odiseo en un héroe moderno. Un héroe atormentado, fracturado, como todos los de Nolan, golpeado por un cuadro de estrés postraumático, que además de no tener claro quién es, tampoco sabe si la feroz guerra de la cual sobrevivió valió en realidad la pena, atendidas las ruinas, calamidades y muertes que significó. Desde esta perspectiva, la película se sostiene y no se cae. Al revés: convence y se hace respetar. Donde la realización se vuelve un tanto intercambiable, prosaica incluso, es en las escenas bélicas y en el largo combate final de Odiseo y su hijo, Telémaco, contra los pretendientes de Penélope, que han vivido por años en su casa. comiendo a destajo y bebiendo sin recato. Se diría que los enfrentamientos tributan a la moral Marvel y corresponden a imágenes que podrían estar en cualquier película. Tienen poco que ver con Nolan. Y nada con Homero, por suerte.

Bordes ¿Es una novela? En rigor, no mucho, pero algo tiene de eso. ¿Es un diario? Tampoco, pero el tono confesional se le parece. ¿Es una introducción a la obra del cineasta que está en el centro del relato? No, menos, aunque tal vez muchas de las observaciones frontales o de refilón que deja caer este libro iluminan más sobre el cine de ese realizador que cierta abundante palabrería de la crítica. Hong (Eterna Cadencia Ed., 2026) es un libro corto y raro. Corto, porque apenas supera las 80 páginas. Raro, porque juega con distintos bordes y rechaza cualquier etiqueta previa. Digamos que es un escrito muy testimonial y que camina por los bordes. Digamos que es el rescate de la voz de un escritor que se está armando a partir de sus ganas, de la memoria y de su día a día. Digamos que es la experiencia de alguien con ganas de dedicarse a la literatura y que en algún momento conecta con el cine del coreano Hong Sang-soo, porque cree encontrar en él un modelo de trabajo, de aproximación a la realidad, de celebración del arte y la vida, al final, una manera de vivir que el protagonista comparte y siente como suya. ¿Con qué ropa? Bueno, con la que tiene. ¿Desde dónde? Desde la escritura. ¿Con qué propósito? En definitiva, para vivir una vida más riesgosa, plena y auténtica. Efectivamente, Hong Sang-soo, el secreto mejor guardado del cine coreano de los últimos años, el autor de La virgen y sus pretendientes, de El día después, de Noche y día, de La cámara de Claire, de La mujer que escapó, entre muchos otros títulos, es un cineasta excepcional. Trabaja con cuatro pesos, filma muchísimo, a veces hasta tres películas al año, tiene, protege y goza de una libertad que nadie o muy pocos colegas suyos tienen en el mundo, cuenta casi siempre la misma historia, se deja cautivar por personajes bien a ras del suelo, sucumbe por lo general en sus historias a los cosquilleos y destellos del enamoramiento y todavía no termina una cinta cuando ya está trabajando en la siguiente… A lo mejor todo eso no hace de Hong una novela, al menos no en la idea canónica que tenemos del género. Pero sí hace un libro que se lee con agrado y que trasunta inteligencia y emoción. Experimento de parte de su autor, Hong también es un experimento bien singular para nosotros, los lectores.

Contra la cátedra. Montaigne tenía una franca aversión a los pedantes y lateros. Como vivió en tiempos de guerras religiosas y en un siglo atravesado por el temor a la disidencia, cosa que en algún momento podía costar cara, la filosofía se convirtió, a su juicio, a partir de Santo Tomás de Aquino, en un enjambre de comentarios, comentaristas y glosas que competían por la ortodoxia. Una glosa sacaba otra. Y esa otra, otra más, y así sucesivamente, hasta transformar el pensamiento en palabrería hueca y retórica presumida. En sus Ensayos, Montaigne mira con desprecio al gremio de los filósofos y reivindica la sencillez del artesano y la ingenuidad del campesino. Se podría postular incluso que hay un cierto populismo en su actitud. Critica a las universidades porque los profesores no hacen más que pavonearse entre ellos. Se burla de los intelectuales que inflan discursos raquíticos a punta de palabras rimbombantes. Y considera un error enjaular por largas horas del día a los niños en un colegio. En materia de educación, apuesta a los resultados que al saber libresco; lo importante -dice- es que al final haya bondad y justicia en la conducta de los jóvenes, orden en sus cosas, criterio en sus decisiones, distinción en sus palabras, contención en sus juegos, moderación en sus placeres. Es cierto: Montaigne ponía la valla bastante alta.

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