Por Yanira ZúñigaGisèle Pelicot: La conversión del dolor en liberación

Como ya es costumbre, las calles del mundo, cada ocho de marzo congregan una marea de mujeres cuyas trayectorias dispares se acompasan al ritmo de una marcha, cuyas voces corean consignas comunes. Entre ellas, un rostro, tristemente célebre, destacaba en las calles de París: el de Gisèle Pelicot. Tras que el azar develara, en 2022, que durante una década, sufrió violaciones por parte de diversos hombres, orquestadas por su marido, el rostro de esta septuagenaria devino un ícono de la lucha feminista contra la violencia.
En sus memorias, recientemente publicadas en más de 20 idiomas (Himno a la vida, en español), Gisèle Pelicot confiesa, con ese tono parsimonioso y asertivo que le conocimos durante el juicio a sus agresores, que su transformación en ícono feminista se produjo casi a su pesar. Evocando las protestas del 68, en Francia, ella dice: “las mujeres luchaban colectivamente por liberarse de una vida programada […] yo las escuchaba, las admiraba, pero estaba lejos de ellas, no entendía esa oposición entre hombres y mujeres”. Hoy día, declara, en cambio, “no querer volver a darle la espalda al feminismo”, aun cuando lo abrace a su manera. “Seguramente decepcionaré a algunas activistas, no soy muy radical y sigo defendiendo una vida convencional y tranquila, pero he oído como convertían el dolor de un juicio en cantos liberadores […], he oído la alegría y la rabia venciendo al silencio, así que estoy encantada de ofrecer mi historia como ejemplo y mi nombre como estandarte”. Efectivamente, las trayectorias del feminismo y de Gisèle Pelicot se entrecruzaron. Su nombre y su historia se transformaron en símbolos cuando ella exigió, contra toda expectativa de su familia y abogados (incluso, de ella misma), un proceso público para sus agresores. ¿Por qué lo hizo? Gisèle Pelicot sufrió en carne propia el enjuiciamiento social que el feminismo denuncia que sufren las víctimas, sin importar su conducta, su edad o su condición social. Según ha confidenciado, durante la preparación del juicio, una frase feminista –“La vergüenza debe cambiar de bando”– le martillaba constantemente en la cabeza.
Quien lea las memorias de Gisèle Pelicot no encontrará en ellas vergüenza, tampoco ira, mucho menos sensacionalismo; sí introspección, resiliencia, calma, empatía y alegría. Sí, alegría de vivir (tal cual reza el título de su libro en francés). Aun cuando siga portando el apellido de su agresor, Gisèle Pelicot no es más Madame Pelicot. Es una mujer que se reapropió de su historia, de sus elecciones, tanto pasadas como futuras, que rearmó su lugar en el mundo, redefinió sus relaciones afectivas, incluyendo las de pareja, y expuso sus heridas para que otros no las causaran a otras. Sus memorias no sacralizan la familia ni demonizan a los hombres, no son ni un relato completamente intimista ni tampoco un manifiesto político. Son simplemente ella. La voz de quien ha convertido su dolor en liberación. ¡Chapeau!
Por Yanira Zúñiga, profesora Instituto de Derecho Público Universidad Austral de Chile
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