Guatones con hambre

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El miedo a los otros es el principal combustible de la crueldad humana. De ahí el infierno anónimo de las redes sociales, donde desconocidos se tratan como basura. Tal fue el origen de “guatones con hambre”: un insulto dirigido a personas pobres con sobrepeso cuya protesta en relación a la ayuda gubernamental durante la pandemia se asumía un montaje, dado que nadie gordo podría estar pasando hambre.

El nivel de sinsentido y maldad de la descalificación, como en tantos casos, excedía totalmente la culpa sospechada. Era un ataque a la situación de millones de personas que, habitando en países desarrollados o en desarrollo, viven una malnutrición sostenida en carbohidratos, azúcares y grasas baratas y procesadas. Un golpe gratuito al cuerpo maltratado de otros.

Sin embargo, este concepto quizás guarda una clave para entender el malestar de nuestra época. Estar hastiados pero no poder dejar de desear es nuestra condición existencial en las sociedades de consumo e información. Bienes y datos circulan cada vez más rápido y en mayor volumen a través de nosotros, pero la sensación que van dejando es de vacío. A mayor circulación, mayor vacío, y más convicción de que la respuesta es ir a por más, como si la salida de la carrera de ratas fuera correr más rápido.

Todos somos, en este sentido, guatones con hambre. Seres hinchados de cosas que no alimentan, sino que nos enganchan y esclavizan. Individuos inflamados, cansados de ser, pero identificados por completo con el deseo que nos destruye. Sujetos radicales que ven en los demás un estorbo al despliegue de la voluntad absoluta de ese deseo. Ese es el orden descrito por Michéa en “El imperio del mal menor”.

Un punto ciego de la antropología liberal -que comparten socialistas y capitalistas- es la adicción. No es compatible con el mito del sujeto soberano. Pero siempre ha estado ahí: desde los comelotos de “La Odisea” hasta los shots dopamínicos del retuit y el like. Los humanos somos seres miméticos y adictivos: la civilización se supone que contiene y dirige la fuerza del deseo. Pero nuestra época identificó ser y deseo, dejándonos al garete. Como mónadas contrapuestas “destruidas por la locura, histéricas, desnudas, arrastrándose por los callejones buscando un pinchazo furioso”. Somos el aullido del aullido de Ginsberg.

Si la enorme crisis existencial que vivimos tiene una salida por fuera de la violencia sacrificial, ella tiene que ver con volver a transitar desde el sujeto radical a la persona y su universo de instituciones y lealtades. Con reconstruir amorosamente el hogar, la familia, el barrio, la escuela, la iglesia y la patria. Con ponerle límites al deseo, curarnos del sujeto radical y reconocernos dependientes. Y eso no se logrará agudizando las contradicciones del sujeto reventado, como piensan algunas mentes malditas que, desde la izquierda, dicen buscar la solidaridad extremando el egoísmo. El daño que corrompe no sana, sólo destruye. Otra cosa es que estas mentes cobardes consideren que la destrucción humana no es problema, con tal de heredar ellos las ruinas para darles forma a voluntad. Que da lo mismo que se maten entre sí unos cuantos adictos, con tal de ser ellos los traficantes.

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