Indefiniciones del gobierno y sus partidos

Una serie de erráticas señales llevan a preguntarse hasta dónde el gobierno y sus partidos han asumido la derrota electoral y la necesidad de que los cambios se deben hacer en un marco de estabilidad.



Crucial resulta en la nueva etapa política que se inició tras el plebiscito constitucional que todos los actores comprendan bien sus alcances e implicancias, en particular cuando ha existido por parte del electorado un contundente llamado a que los cambios deben hacerse dentro de un indispensable marco de estabilidad y orden. Al gobierno y sus dos coaliciones -Apruebo Dignidad y Socialismo Democrático- les cabe aquí una responsabilidad mayor, no solo porque tienen a su cargo la conducción política del país, sino porque también fueron uno de los grandes derrotados en dicha jornada. Frente a la contundencia del resultado, lo razonable sería que dicha derrota se asimilara en toda su dimensión y el rumbo fuera corregido en sintonía con la voluntad que ha expresado la mayoría de los ciudadanos.

Aun cuando en un principio pareció que el mensaje se había recogido en La Moneda, al motivar un temprano rediseño del gabinete que incluyó la llegada de emblemáticas figuras de la ex Concertación/Nueva Mayoría en puestos clave -algo que se leyó como un giro a la moderación-, cuando ya han transcurrido tres semanas desde aquella jornada electoral se empieza a advertir que este diseño se está desdibujando producto de visiones contrapuestas que entran en pugna, lo que lleva a interrogarse hasta dónde el gobierno y sus partidos realmente han asimilado esta derrota y su voluntad de decantar hacia posturas alejadas de aquellas visiones más radicalizadas. Las divergencias entre las “dos almas” que conviven en la coalición están empezando a tener repercusiones evidentes en la gestión del gobierno, y en el afán de intentar satisfacer a estas distintas sensibilidades el riesgo de caer en el entrampamiento aparece ahora como una probabilidad cierta.

En su reciente discurso ante la asamblea general de Naciones Unidas, el Presidente Gabriel Boric entregó una serie de definiciones que al efecto resultan ilustrativas. Aun cuando causó cierto desconcierto su afirmación de que “nunca un gobierno puede sentirse derrotado cuando el pueblo se pronuncia”, en cambio su lectura de los resultados sorprendió por su franqueza y asertividad: “Son la expresión de una ciudadanía que demanda cambios sin poner en riesgo sus logros presentes. Que quiere un mejor futuro construido con seriedad y sin caer en nuevas inseguridades. Un futuro de cambio con estabilidad”.

Esta claridad del diagnóstico presidencial contrasta con lo que se ha visto por estos días, donde la promesa de cambios con estabilidad es lo que precisamente aparece en entredicho. Ejemplo elocuente de esto es el intríngulis en que se ha transformado para el gobierno el TPP11, donde mientras parte del Socialismo Democrático ahora se ha allanado a su aprobación, sectores del Partido Comunista y del Frente Amplio se han encargado de hacer presente esta semana que dicho acuerdo comercial no forma parte del programa de gobierno, por lo que no comprometen sus votos, siendo incierto cuál será la suerte que correrá este acuerdo comercial. Con ello Chile no solo está dando ante la comunidad internacional un espectáculo lamentable, en un área donde antes fue un ejemplo para el mundo, sino que la falta de definiciones está haciendo perder importantes oportunidades para el país en materia de inversión y ampliación de comercio.

Tampoco hay claridad de cómo continuará la tramitación de las nutridas reformas estructurales que ha comprometido el gobierno, en particular aquellas referidas a pensiones y tributaria. En esto, si bien el ministro de Hacienda ha mostrado más disposición al diálogo y a flexibilizar ciertos plazos, aún resuenan las palabras de un senador comunista, quien dijo que si esta coalición se llegara a sentir cómoda con el actual modelo, o que si lo que se quiere es seguir igual que en los últimos 30 años, “nosotros ahí tomamos nuestras cositas y nos vamos a la otra vereda”. Mas allá de que el parlamentario luego intentara matizar sus dichos, el mensaje quedó claro.

Profundiza este clima de desconcierto el que sectores de Apruebo Dignidad sigan sosteniendo visiones que en vez de buscar apaciguar los ánimos y ponerse en sintonía con el momento actual, insistan en cambio en la exacerbación. Esto quedó de manifiesto en una imprudente exposición que hizo el embajador de Chile en España, quien hablando ante un foro español culpó del estallido a los “30 años de políticas que profundizaron la desigualdad”, lo que motivó el duro reclamo de sectores del Socialismo Democrático. Estas declaraciones se formularon en los mismos días en que el Mandatario -durante su gira a Nueva York- tuvo palabras para destacar los aportes que hicieron los gobiernos de los “30 años”.

El Presidente y los partidos deberán tomar pronto una definición. Asumir la derrota y buscar los indispensables cambios de diagnósticos parece ser la condición necesaria para que la promesa de cambios con estabilidad sea creíble ante el país. Pese a las dificultades que ya se advierten, todavía se está a tiempo para rectificar.

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