Paula

Hablemos de amor: no fracasé, simplemente estoy soltera

Tras una serie de comentarios sobre su soltería, Denise reflexiona sobre el lugar incómodo que ocupa la soltería femenina en una sociedad que aún la mira como un fracaso, y sobre el costo silencioso de tener que justificarse por no encajar en el modelo esperado.

Hace un tiempo viajé a Europa con un amigo. Subimos fotos juntos, como cualquiera que comparte un viaje: paisajes, cenas, momentos. Entre las respuestas, alguien me escribió: “¿Pololo nuevo?”. Le respondí que no, y su siguiente mensaje fue: “Ah, entonces le estás haciendo a la comunidad LGBT+, ¿saliste del clóset?”. Lo leí más de una vez. No era una broma, era una conclusión.

En ese momento no supe bien qué decir. pero sí supe lo que había detrás: la imposibilidad de concebir que una mujer adulta, viajando con un hombre, no esté en una relación, no esté buscando una, o no necesite explicarse. Como si la soltería no fuera una opción suficiente por sí sola y siempre hubiera que justificarla.

Días después, en Suiza, conocí a una prima de mi amigo. Tenía 42 años, era inteligente, atractiva y segura. Se había separado a los 36 y no tenía hijos. Conversando, me contó algo que me dejó en silencio: durante su etapa de soltería muchas de sus amistades dejaron de invitarla a reuniones. No de forma explícita, pero sí evidente.

La razón, según le insinuaron en más de una ocasión, es que podía ser “una amenaza”. Podía ser la que desordenara las dinámicas, la que incomodara, la que —en el peor de los supuestos— se involucrara con parejas ajenas.

Le dije que a mí me había pasado lo mismo. Y en ese momento entendí algo incómodo: existe un grupo del que poco se habla, un espacio silencioso donde muchas mujeres quedan ubicadas cuando no cumplen con el estándar esperado, un lugar donde no hay relato colectivo, pero sí experiencias compartidas. Un nicho sin voz.

Porque hay mandatos sociales que no solo orientan la vida, sino que la clasifican. Definen quién va “bien” y quién va “atrasada”, quién está dentro del modelo esperado y quién empieza a incomodar, y entre ellos, el mandato afectivo y conyugal sigue siendo uno de los más persistentes bajo la idea de que el éxito femenino está ligado a una relación estable, idealmente matrimonio, con hijos, feliz.

En ese marco, la soltería no es leída como una elección posible o legítima, sino muchas veces como una ausencia que necesita explicación, y cuando se prolonga en el tiempo, deja de ser solo una condición personal para transformarse en una categoría social.

“Es la soltera”. Esa frase, aparentemente inocente, puede volverse un lugar donde otros proyectan preguntas, supuestos y juicios. Donde se instala la sospecha de que algo falta, que algo no funcionó o no se logró. Que debe ser muy exigente, que debe tener un problema, que está esperando demasiado, que no quiere comprometerse o, incluso, que hay algo que no está diciendo.

Y en ese punto aparece algo más complejo: el modo en que ciertos grupos —especialmente dentro de dinámicas de “pareja estable”— tienden a reforzar su propia normalidad excluyendo lo que no encaja. No siempre de forma explícita, a veces es sutil a través de menos invitaciones, menos espacios compartidos o menos conversación profunda. Como si la persona soltera representara, sin decirlo, una posibilidad incómoda o una pregunta silenciosa sobre si ese modelo de “felicidad” es tan sólido como parece.

En el mundo femenino esto puede intensificarse, porque la pertenencia muchas veces se organiza en torno a etapas vitales compartidas: matrimonio, hijos, familia. Quedar fuera de esa secuencia no solo te posiciona distinto, sino que puede aislarte simbólicamente del grupo.

El riesgo es que ese juicio externo se internalice y comencemos a mirarnos desde esa lente: “si no estoy ahí, entonces estoy mal”, “si no he construido eso, entonces me falta algo”, “algún problema debo tener y no lo percibo”. Y cuando eso ocurre, la soltería deja de ser un estado y se convierte en un problema identitario.

Es ahí donde el mandato se vuelve más peligroso, cuando deja de ser social y se transforma en autocrítica constante, y el propio valor se mide en función de un estándar que ni siquiera fue elegido.

Cuestionar esto no implica negar el deseo de vínculo o pareja. No se trata de romantizar la soltería ni de invalidar el anhelo de compartir la vida con alguien. Se trata, más bien, de cuestionar la idea de que su ausencia temporal equivale a un fracaso.

Tal vez el modelo sí es propio, sí es deseado, pero aún no se ha encontrado la persona o el contexto donde pueda existir con sentido. Tal vez el punto más difícil no es resistir el juicio externo, sino desactivar el interno.

Porque no todo lo que aún no llega constituye una negación de lo que se quiere, a veces, simplemente, es parte del tiempo de la vida, y quizás el trabajo más profundo no es renunciar al deseo, sino evitar que el juicio social lo transforme en una medida de valor personal.

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