Por Juan Pablo SimsKast y el riesgo del alineamiento

Hay un error frecuente en política exterior, y en Chile lo cometemos seguido: creer que corregir una mala relación obliga a sobreactuar la siguiente. Como si pasar de una política exterior ideológica y torpe exigiera, por compensación, una política exterior entusiasta y sumisa. No es así. Y ese es precisamente el riesgo que empieza a asomar en la relación del gobierno de José Antonio Kast con Estados Unidos.
Conviene decirlo sin rodeos. Recomponer la relación con Washington era necesario. La administración Boric deterioró deliberadamente un vínculo central para Chile, muchas veces por reflejo ideológico, por gestos innecesarios y por confundir superioridad moral con estrategia. Estados Unidos sigue siendo un socio fundamental para la economía chilena, para su inserción internacional y para parte importante de sus márgenes de maniobra diplomática. Corregir esa negligencia no sólo era razonable: era indispensable.
Pero una cosa es recomponer una relación importante y otra muy distinta es alinearse con una administración que ha demostrado, una y otra vez, que no trata a sus aliados como socios, sino como instrumentos.
Ese es el problema de fondo. La discusión no es si Chile debe llevarse bien con Estados Unidos. Por supuesto que debe. La discusión es con qué tipo de Estados Unidos está tratando hoy. La administración Trump no opera como el viejo hegemón liberal que entendía, con todas sus contradicciones, que fortalecer a sus aliados también fortalecía su propia posición. Opera, más bien, como una potencia transaccional y coercitiva, que busca arrancar concesiones no sólo de sus adversarios, sino también de sus socios. Europa, Japón, Canadá y otros ya lo han aprendido por las malas: con Trump, la asimetría no se administra; se explota.
Para un país como Chile, eso importa mucho más de lo que algunos creen. Chile no es una potencia militar, no produce petróleo, no puede absorber fácilmente shocks externos y depende de un entorno internacional relativamente estable para prosperar. Basta mirar la reciente escalada con Irán y el salto del petróleo para entender que nuestras vulnerabilidades no son teóricas. Cuando el mundo entra en combustión, Chile paga la cuenta. La energía sube, los costos logísticos aumentan, la inflación aprieta y el margen económico se reduce. Por eso la política exterior no puede ser un ejercicio identitario. Tiene que ser, ante todo, una política de protección del interés nacional.
Y justamente por eso conviene mirar con cuidado algunas señales del nuevo gobierno. El nombramiento del embajador en Washington, las visitas, los contactos y el tono general de ciertas definiciones muestran una clara voluntad de acercamiento a Estados Unidos. Hasta ahí, nada objetable. El problema aparece cuando ese acercamiento empieza a parecerse menos a una recomposición inteligente y más a un alineamiento político con el eje Trump-Netanyahu.
Ahí Chile se mete en terreno peligroso. No porque Estados Unidos o Israel no sean socios relevantes. Lo son, y sería infantil negarlo. Estados Unidos es clave para nuestra economía, nuestras inversiones y nuestra proyección estratégica. Israel, por su parte, tiene importancia en áreas sensibles como defensa, innovación y tecnología. Mantener relaciones funcionales con ambos no sólo es legítimo: es parte de una política exterior seria.
Pero alinear a Chile con un eje político específico es otra cosa. Eso ya no es realismo. Es confusión. Más aún cuando sigue sin estar claro cuál será la política chilena hacia China, nuestro principal socio comercial, ni qué señal se quiere enviar en asuntos sensibles como el cable submarino. Postergar definiciones sobre Beijing mientras se multiplican las señales hacia Washington puede ser leído, dentro y fuera de Chile, no como prudencia, sino como subordinación anticipada.
Chile no necesita elegir entre caricaturas. No necesita ni el antiamericanismo moralista que hizo tanto daño bajo Boric, ni el entusiasmo automático hacia Trump que algunos parecen considerar sinónimo de madurez. Ambas cosas parten del mismo error: subordinar la política exterior a afinidades ideológicas en vez de ordenarla según intereses permanentes.
Si Boric fue criticado, con razón, por ideologizar decisiones de política exterior, Kast debe ser medido con exactamente la misma vara. No hay motivo para indulgencias. Cambiar de sesgo no equivale a ganar seriedad. La prueba no es si un gobierno mejora el tono con Washington. La prueba es si puede hacerlo sin sacrificar autonomía.
Porque para un país mediano, abierto y vulnerable como Chile, la buena política exterior no consiste en ordenar sus vínculos externos según simpatías ideológicas. Consiste en entender que incluso los socios pueden abusar de su poder, que los aliados no siempre actúan en nuestro beneficio, y que la primera obligación de La Moneda no es agradar en Washington, en Beijing o en Jerusalén, sino defender con frialdad los intereses de Chile.
Recomponer con Estados Unidos era necesario. Alinearse con Trump, no.
Por Juan Pablo Sims, Centro de Estudios de Relaciones Internacionales
Universidad del Desarrollo
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
Casi nadie tiene claro qué es un modelo generativo. El resto lo leyó en La Tercera
Plan Digital + LT Beneficios$6.990 al mes SUSCRÍBETE













