Opinión

La amabilidad como virtud pública

La amabilidad como virtud pública Foto: Andres Perez Andres Perez

En tiempos de crispación, redes sociales incendiadas, rudeza frecuente en el trato ciudadano y desconfianza generalizada, hablar de amabilidad puede parecer ingenuo. Sin embargo, pocas virtudes son tan decisivas para la vida buena en sociedad como esta disposición básica a tratar al otro con consideración, respeto y afecto.

La palabra amabilidad proviene del latín amabilis, “digno de amor”, derivado de amare, amar. Por lo mismo, no indica una simple formalidad ni un gesto superficial, sino una actitud profunda que reconoce en el otro a alguien esencialmente valioso. Es un hábito que afirma, en lo cotidiano, que convivir importa.

Sus sinónimos enriquecen el sentido señalado. Afabilidad alude al trato accesible y cercano; cordialidad, del latín cor (corazón), remite a una relación que nace del interior; cortesía, vinculada a la vida de la corte, sugiere urbanidad y respeto en el espacio común. Todas estas palabras apuntan a una misma convicción: la convivencia requiere formas y gestos que hagan posible el reconocimiento personal mutuo.

No se trata de una intuición moderna. Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, describía la afabilidad como una virtud del justo medio: ni adulación servil ni rudeza agresiva, sino equilibrio en el trato. Para él, la vida en comunidad exigía disposiciones que hicieran agradable y estable la coexistencia. Cicerón, por su parte, subrayaba la benevolentia y la humanitas como fundamentos de la república: sin benevolencia y civilidad, la vida pública se degrada.

Chile atraviesa un momento en que la amabilidad parece retroceder. La descalificación fácil ha reemplazado al argumento; la sospecha, al diálogo; la confrontación y, hasta la agresividad, al desacuerdo respetuoso. Esta falta generalizada de gentileza -lamentable debilidad moral en la comunidad nacional actual- erosiona la cohesión social más que cualquier diferencia ideológica.

Recuperar la amabilidad no implica negar conflictos ni suavizar ficticiamente debates. Significa asumir que la dignidad del otro no es negociable. Una sociedad puede sostener desacuerdos profundos, pero difícilmente puede prosperar si normaliza la hostilidad permanente. En este contexto, resulta imperioso el empeño de todos por revitalizar la afabilidad en el ámbito público, al tiempo que es estimable que iniciativas ciudadanas busquen resituar este buen hábito en la conversación pública. Aunque todavía de impacto acotado, en este campo destaca la “cruzada” impulsada por la Fundación Mr. MAU, que ha desplegado una campaña proamabilidad que apunta precisamente a generar una mudanza cultural recordando que el bienestar colectivo no depende solo de grandes reformas, sino también de gestos diarios que fortalecen la confianza y la cohesión.

Las transformaciones importantes comienzan por hábitos pequeños. La amabilidad no es fragilidad, menos un adorno; es una forma concreta de justicia en lo cotidiano. Y, tal vez, en el Chile actual, sea un cambio necesario de la mayor urgencia.

Por Álvaro Pezoa, director Centro Ética y Sostenibilidad Empresarial, ESE Business School, U. de los Andes

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