La ciudad en que vivimos

RECORRIDO EN TOQUE DE QUEDA

FOTOS: PATRICIO FUENTES Y./ LA TERCERA



Miles de chilenos y chilenas de a pie viven en la periferia de Santiago. Se levantan alrededor de las seis de la mañana para ir a su trabajo y, tras una larga cola, toman un bus con trasbordo a un atochado metro, demorando una hora y media de ida y el mismo tiempo de vuelta a su hogar. No siempre reciben un buen trato, en un país clasista y en algún grado despreciativo hacia las clases bajas. A la llegada a sus casas, con la natural fatiga de un día duro y un cansancio que no tendrá pausas, saben que esta rutina asfixiante se repetirá al día siguiente; se resignan a adaptarse a una ciudad poco amistosa, segregada e insegura. Esos ciudadanos, no incendiaron buses ni quemaron estaciones, pero seguramente se sumaron a las protestas; tenían una rabia oculta. La mayoría tiene trabajo y recibe un sueldo que consideran digno, pero viven atemorizados. Si pierden su empleo no podrán financiar el costo de los medicamentos del adulto mayor con una enfermedad crónica que comparte su hogar. Muchos viven en una comuna donde se registran en promedio del orden de los 10 homicidios y hay 30 atenciones por heridas con armas de fuego. Hay narcotráfico, hay abandono. No hay suficientes luminarias y no se divisan los carabineros en las noches.

¿Serán éstos casos una excepción? ¿No será una caricatura en un país con un ingreso de U$ 25 mil dólares por persona, que ha reducido la pobreza de una manera notable y, que, gracias al progreso económico, ha permitido que las capas sociales más pobres tengan acceso a bienes que jamás imaginaron sus padres? ¿Será una caricatura en un Chile que ha abierto las puertas para que los hijos de esos ciudadanos de a pie puedan educarse en buenas universidades o centros de formación técnica?

Por desgracia no es así. Muchos de estos ciudadanos de a pie son "vulnerables" o "marginados", esta manoseada palabra que no tiene rostro, un genérico que utilizamos para describir a sectores de nuestra sociedad de un amplio espectro, que no están por completo a cubierto con las políticas de protección social y son cientos de miles. Su realidad provoca encogimiento, y, por tanto, debemos adquirir consciencia de que la batalla contra la pobreza y la marginalidad aún no culmina y sentir pudor al momento de hablar de los éxitos y progresos económicos.

En Chile habrá un antes y un después al observar la desolación y el daño en las calles y barrios de nuestras ciudades, porque los vergonzosos saqueos e incendios han provocado indignación, desfigurando las legítimas demandas ciudadanas. El aprovechamiento exhibido por una violencia nihilista, ciega y desatada fue una expresión de vandalismo e incivilidad que todo el país condena.

Los anuncios del Presidente permiten avizorar un camino para avanzar con gradualidad hacia una sociedad más justa y de verdad más inclusiva. Son muchas las tareas pendientes y ese pacto social con los partidos políticos que han tenido la grandeza de sumarse al llamado presidencial puede ser el inicio de un camino de real concordia y pacificación de los espíritus.

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