Por Claudio Alvarado RojasLa emergencia larga

Uno de los aciertos de la cuenta pública del Presidente Kast fue la decisión de no insistir en las críticas explícitas a la administración anterior. Esto parece funcional de cara a la coyuntura más inmediata —el gobierno necesita conseguir votos en el Congreso para la mega reforma y otros proyectos de ley—, y resulta consistente con el tono propio de un jefe de Estado; un atributo que Kast ya había esbozado en la noche del triunfo en diciembre y que debería reforzar. Pero quizá lo más relevante va por otro lado: esa decisión también favoreció la apuesta de resignificar el concepto de emergencia, el principal movimiento narrativo del mensaje presidencial.
En efecto, en sus días de candidato Kast acuñó la noción de “gobierno de emergencia” por sus evidentes beneficios electorales. Ella le permitía establecer ejes discursivos tan simples como coherentes con las prioridades de la ciudadanía —seguridad y economía—, a la vez que realzaba los puntos comunes entre los distintos partidos y grupos políticos que lo terminarían apoyando en el balotaje. No obstante, aquella noción seguía siendo muy acotada. En otras palabras, parecía carecer de la profundidad que supone la hoja de ruta de un mandato presidencial (con la excepción, quizá, de la agenda de urgencias sociales que esbozaba el programa de Kast).
En cambio, al abandonar el contrapunto permanente con el gobierno del expresidente Boric —respecto del cual las diferencias son públicas y notorias—, es posible ir más allá del último cuadrienio y dotar de mayor densidad y justificación el concepto de emergencia. Como alguna vez dijera Pablo Ortúzar, no es que Chile se caiga a pedazos, sino que varios pedazos del país se caen, y las raíces de ello anteceden a la administración anterior. Esto desde luego no exime de responsabilidad al frenteamplismo —su brutal oposición al expresidente Piñera quedará en los libros de historia—, pero lo cierto es que el núcleo de su proyecto se vio frustrado (afortunadamente) con el masivo triunfo del Rechazo el 4 de septiembre de 2022. Nuestros problemas comienzan antes de Boric.
De hecho, no es fortuito que haya sido el economista David Bravo quien, alejado de toda lógica electoral, acuñara hace varios años la idea de que el país padece una emergencia en materia laboral. La tragedia del desempleo que hoy golpea a tantos hogares, jóvenes y mujeres es de larga data y se remonta al menos a la pandemia. Algo similar sucede con el estancamiento económico, que azota a nuestra sociedad hace más de una década. Y lo propio acontece con asuntos aún más complejos, como la crisis de natalidad, cuyo trasfondo exige interrogar el modo en que la opinión dominante suele interpretar los acelerados cambios en la estructura familiar de las últimas décadas, según recuerdan Manfred Svensson y Catalina Siles en el último número de la revista del IES Punto y coma.
Ninguno de los problemas anteriores es de fácil solución, pero los gobiernos pueden ayudar a mejorar las cosas o empeorarlas. Sin ir más lejos, en la acumulación de crisis que llevaron a Chile a su estado actual —un estado aún auspicioso respecto de la región, pero muy desmedrado a la luz del camino previo—, la expresidenta Bachelet jugó un papel protagónico. En rigor, la emergencia larga es incomprensible sin el rumbo que le fijó al país Bachelet II. No es fortuito que haya sido ella, y no el expresidente Boric, el adversario latente de la cuenta pública.
Por Claudio Alvarado Rojas, director ejecutivo del IES.
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