La encrucijada republicana

Transcurridas varias semanas desde el contundente triunfo de José Antonio Kast en las elecciones presidenciales de diciembre, y habiéndose ya producido el nombramiento de las principales autoridades que liderarán el próximo gobierno, no hay duda alguna que el movimiento republicano chileno fundado y dirigido hasta hace poco por el propio presidente electo, enfrenta un desafío estructural que pocos movimientos conservadores modernos han resuelto con éxito: cómo ejercer el gobierno con el pragmatismo que exige la administración pública, sin diluir el ideario republicano que lo define y que aspira a transformar culturalmente la sociedad en el mediano y largo plazo.
Gobernar implica priorizar, negociar y ceder en lo accesorio para avanzar en lo esencial, y a veces postergar batallas ideológicas por la estabilidad institucional o la gobernabilidad inmediata. Sin embargo, quienes adherimos al ideario republicano no lo entendemos como un programa de gobierno de cuatro años, sino como una cosmovisión que defiende la libertad como principio innegociable, la familia como célula básica de la sociedad, la protección de la vida desde la concepción hasta la muerte natural y un Estado limitado que no asfixia la iniciativa personal ni la responsabilidad individual, sino que la potencia. Abandonar esta brújula por “pragmatismo” equivaldría a una capitulación disfrazada de realismo, y la historia muestra que quienes se diluyen en el poder terminan siendo absorbidos por el statu quo progresista.
El desafío está en impulsar y ejecutar rápidamente medidas concretas que mejoren la seguridad, la economía, el acceso a una salud y educación de mayor calidad, enfrentando a la vez la emergencia laboral y habitacional existente, y que, en definitiva, se evidencie un aumento significativo en el bienestar de todos los chilenos, pero todo esto sin transar los principios antropológicos y éticos que sostienen la visión de una sociedad libre y ordenada.
Ronald Reagan, en su época, encarnó esta tensión con maestría. Redujo impuestos, fortaleció la defensa nacional y confrontó al comunismo sin concesiones ideológicas, mientras simultáneamente negociaba con los demócratas en el Congreso para aprobar sus reformas. Su famosa frase resume la clave: “La primera obligación del gobierno es proteger a la gente, no dirigir sus vidas”. El pragmatismo reaganiano nunca fue relativismo, fue estrategia para hacer avanzar principios en un contexto especialmente adverso.
En Chile, el desafío del futuro gobierno presidido por republicanos radica en la construcción de una coalición amplia que viabilice reformas y la “buena política”, pero sin ser capturado por las ideologías de los demás partidos que lo hagan perder su esencia.
Se trata de gobernar y ganar elecciones con un mensaje claro que convenza y entusiasme a sectores amplios de la población (seguridad, orden público y crecimiento económico, entre otros), pero sin silenciar la defensa de la vida, la familia o la libertad de educación. El poder efímero de cuatro años debe servir para plantar semillas culturales: fortalecer instituciones que protejan la vida, promover políticas familiares reales, defender la libertad de expresión y de conciencia, junto con promover una educación en valores republicanos.
Antonio Gramsci, aunque desde la izquierda, entendió algo clave: las transformaciones duraderas no se logran solo con el gobierno, sino conquistando la hegemonía cultural.
El equilibrio es delicado. Ser inflexibles en todo condena al ostracismo; ser flexibles en todo condena a la irrelevancia histórica. La meta no es solo gobernar bien los próximos cuatro años, sino dejar un Chile más libre, más familiar, más respetuoso de la vida y más próspero para los siguientes 30 años.
Como se le atribuye al filósofo Edmund Burke: “Lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombres buenos no hagan nada”. Un gobierno liderado por republicanos debe hacer mucho, pero con inteligencia: pragmatismo al servicio de principios y nunca en contra de ellos.
Quienes conocemos a José Antonio y a parte importante del equipo que lo acompañará en este desafío, tenemos la firme convicción de que con mucha inteligencia política podrán resolver esta difícil encrucijada, la que no estará exenta de dificultades y críticas, incluso de los propios, pero que precisamente será esa comunión de ideales la fuente de la fortaleza necesaria para superar las eventuales adversidades que se deban enfrentar.
Por otra parte, el que hayan importantes referentes del ideario republicano no participando del gobierno, al menos no desde el primer minuto, posibilitará la retroalimentación objetiva y sin eufemismos de cómo van las cosas, facilitando la posibilidad de hacer los puntos necesarios cuando corresponda, pues como dijo el propio José Antonio, “no se trata de lealtades personales ni ideológicas, sino de lealtad con Chile”, sobretodo considerando que en la mirada republicana el verdadero éxito político se mide por “la fidelidad al bien y la valentía para decir la verdad”.
*El autor de la columna es economista, director de empresas y director de Ideas Republicanas
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