Opinión

La frontera que no puede cruzarse

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Este espacio es una gran oportunidad para hablar de arquitectura y ciudad, y de su enorme impacto en la calidad de vida. Sin embargo, el texto de hoy trata de otra cosa, tanto o más importante en el éxito de un país: el magnífico, delicado y frágil equilibrio que está en la base de la universidad, y que hoy vuelve a estar en riesgo.

La universidad es un espacio en el que las ideas circulan, se transmiten, y, una vez hecho eso, se certifica que quien las ha recibido es capaz de ponerlas en práctica. Pero obviamente no es solo eso. Si así fuera, ellas no tendrían parte en el cambio, en la evolución de esas ideas y saberes. Para que esto último ocurra, la universidad debe garantizar que ellas puedan enfrentarse en libertad, ponerse en duda, debatirse. Princeton nos recuerda, en su “política de Libertad de expresión”, que esa libertad consiste en el “derecho a cuestionar y poner a prueba el conocimiento recibido”. Es lo que defendemos cuando promovemos el “espíritu crítico” en la universidad.

Pero esa libertad descansa sobre una condición exigente, que muchas veces en la historia ha sido erosionada. Quien ejerce su derecho a expresar una idea debe saber que se enfrenta únicamente a otras ideas, y que el único riesgo que corre al hacerlo es el de ser criticado, refutado, incluso superado por argumentos mejores. Ese es el precio legítimo de la vida intelectual, el único precio que un miembro de la comunidad académica debe estar dispuesto a pagar. Lo que no puede ocurrir —lo que nunca puede ocurrir— es que ese ejercicio implique miedo a represalias físicas, amenazas o coerción. Puede exigirse un comportamiento respetuoso, o la adscripción a valores (esta libertad, entre ellos), pero nadie en la universidad puede sentir que su permanencia o seguridad depende de su alineamiento con ciertas ideas. Y eso, que aplica a sus miembros, también aplica a los invitados a usar la plataforma que la universidad ofrece para expresar sus puntos de vista.

Por eso es que varias de ellas (Princeton, Oxford, Cambridge, UCL, por poner solo algunos ejemplos) tienen políticas explicitas que defienden esa libertad de expresión. La universidad debe ser exigente en el rigor, en la crítica, en la disposición a ser refutado. Pero debe ser, al mismo tiempo, un espacio seguro en lo esencial: en la certeza de que ninguna idea se paga con la seguridad del cuerpo, de la carrera académica o de la honra. Si esa garantía desaparece, lo que queda no es una universidad más intensa o más política. Es algo distinto. Algo mucho más pobre, menos disponible para que el debate intelectual produzca cambios y mejoras.

Cuando esa frontera se cruza, la universidad deja de ser universidad. Los hechos recientes no son simples desbordes ni expresiones de conflicto político. Son, en su esencia, una negación del principio que justifica la existencia de la institución universitaria. Una comunidad donde la intimidación reemplaza al argumento no es más crítica ni más comprometida: es, simplemente, menos universitaria.

Por Ricardo Abuauad, decano Campus Creativo UNAB y profesor UC

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