Opinión

Los paseos del Presidente Boric

Foto: Mario Téllez / La Tercera MARIO TELLEZ

En las tardes de febrero, se ha visto al Presidente Boric caminar por los corredores de La Moneda. Sin escolta, con las manos en la espalda, se detiene en los bustos de sus antecesores. Los mira mientras se imagina heredero de Balmaceda, Aguirre Cerda y Allende.

Hace pocos días se detuvo frente a la estatua del expresidente Aylwin y sin que el bronce se moviera, escuchó una voz: “¿Por qué acude a mí, Presidente?”. Boric, sin inmutarse, aseguró que en un par de semanas dejaría el cargo y quería despedirse. Él había inaugurado aquella estatua después de todo.

La respuesta fue áspera: “Usted me denigraba, señor. El día de mi muerte, con mi cuerpo fresco bajo la tierra, escribió sobre mí”. Boric sostuvo la mirada en la estatua y dijo que ya no era el mismo, que el poder… Pero la estatua replicó: “Lo felicito. Aunque recuerde que usted llevó las cosas al límite. Apostó por un proyecto que refundaba el legado de la Concertación y fue derrotado”.

Boric asintió. Dijo estar orgulloso de haber madurado en el poder, de haber entrado siendo un adolescente y de haberlo abandonado sintiéndose un hombre. Añadió que el plebiscito solo postergaba la consolidación de un proyecto que comenzó con el “Chicho” y sentenció que el Frente Amplio algún día retomará el impulso. “El papel aguanta mucho, señor”, murmuró la estatua. El Presidente continuó, ya con menos convicción, arguyendo que, si bien algunos sostienen que sus reformas profundizaron el modelo, él intuye fisuras irreversibles.

“Los asesinatos no se anuncian…”, replicó la efigie. Boric insistió en los problemas y éxitos de su coalición extensa, aunque el partido de Aylwin y el de Pinochet intentaran complicar las cosas. “Mi partido ya no existe. Esa Democracia ya no es cristiana”, aclaró la voz. El Presidente continuó. Sostuvo que ahora deberán replegarse para regresar con fuerza y necesitarán, incluso, su apoyo espiritual. “Apóyame, Patricio. Hago lo que puedo. Tú también fallaste”.

“Ya no soy nadie para ungirlo”, respondió la voz. “Soy apenas memoria. Si puedo ofrecerle algo, es un simple consejo: las autocríticas importan cuando cuestan. Usted aún no ha hecho ninguna con la que pague costos. Recuerde que le entregó el país a su rival”. Boric se defendió y aludió a las fakes news, a la UDI, al miedo y a los medios de comunicación. La estatua lo volvió a interrumpir con voz de trompeta: “No le rebatiré. Sabe que no es toda la verdad. Si quiere acercarse a mí, cuide la imagen de Frei y Lagos, sea gentil con su sucesor y tráigame flores cada 19 de abril. Ahí hablaremos para ver su progreso”.

El Presidente Boric se levantó, se puso los anteojos de sol, arremangó su camisa y caminó hacia el palacio. Algunos afirman que después lo vieron deambular entre los naranjos. En la mano llevaba un libro de Armando Uribe: Carta abierta a Patricio Aylwin.

Por Álvaro Vergara, investigador Faro UDD.

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