Opinión

Para que no siga pagando Moya

Andres Perez

La fe que depositamos en el poder correctivo de los impuestos es conmovedora. La cantidad de saliva, pero pocas neuronas, que gastamos alabando las propiedades que tendrían los impuestos para sanar los males que aquejan a nuestro país no creo que tenga parangón internacional.

En algún momento de nuestra discusión pública, los impuestos dejaron de ser gasto para convertirse en ingreso; ingreso que, paradójicamente, nos iba a permitir satisfacer nuestros gastos (demandas). Si antiguamente el sueldo de Chile era el cobre, desde hace más de una década pareciera que el sueldo de Chile son los impuestos. Pero la virtud de los impuestos no se quedó ahí, también pasaron a ser el imperativo solidario y moral (cringe mientras escribo) que iba a combatir nuestra escandalosa desigualdad. Obviamente, tanta bendición debía ser siempre aumentada y jamás reducida, como por primera vez en tanto tiempo un gobierno se atreve a empujar.

Encuentro muy raro, tirado a hipócrita, ver tanta gente de carne y hueso, como usted o como yo, hablando el día entero de cómo aumentar el “ingreso”, como si ese ingreso viniera de Marte y no fuera un gasto que debemos asumir nosotros mismos. La realidad es que los impuestos no son un ingreso, son una transferencia de suma cero en un escenario ideal, y una transferencia de suma menor que cero en cualquier escenario real: pasas $10 mil de un bolsillo para recibir $8 mil en el otro.

Igual de raro es creer que quien “paga” un impuesto es por definición quien asume el costo de él y quien no lo “paga”, su beneficiario.

La desigualdad existente, que no es más que el resultado de la valoración relativa que damos a lo que cada uno aporta a los demás, no será corregida pidiéndole a los que más aportan mandar un cheque aún más grande al Servicio. Moya, que gastó una parte importante de sus ingresos en un recital de Dua Lipa, está felizmente aportando su granito de arena a la mansión de Dua, el avión de Dua, la vida de Dua y, obviamente, los impuestos de Dua. Un nuevo impuesto progresivo que “paga” Dua no es más que un nuevo impuesto regresivo que pagará Moya.

Linda Evangelista, la famosa modelo ochentera, decía: “Por menos de US$10 mil no me levanto de la cama”. Para Linda, Dua y pocos más será eso, para una mayoría será una pequeña fracción de aquello. Pero el número por el cual cada uno está dispuesto a levantarse en la mañana no va a ser “corregido/igualado” con impuestos, porque es un número, o más bien una relación de intercambio, después de impuestos. Por muy progresivo que sea un impuesto en el papel, no hay manera de que este impuesto no sea finalmente sociabilizado por el mercado de acuerdo con los términos de intercambio que libremente nos damos. Así como la electricidad fluye por donde se le ofrece menos resistencia, el costo de los impuestos fluirá hacia quienes menos resistencia puedan ponerles a ellos. En este sentido, el único impuesto progresivo que existe es una rebaja de impuestos.

Llevamos más de una década poniéndole todo tipo de fichas a la redistribución, con un estancamiento económico conocido por todos, y ninguna ficha a la predistribución: mayores oportunidades laborales y empresariales, más inversión, más crecimiento, más competencia, ¡mejor educación y capacitación!, por nombrar algunos. Es hora de reconstruir.

*El autor de la columna es inversionista

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