Opinión

Soldados de Salamina

En democracia, el momento decisivo no llega cuando se gana, sino cuando se pierde. Por eso la asunción del Presidente José Antonio Kast no solo abre una nueva etapa política, sino que pone a prueba el carácter y convicciones de la izquierda que deberá decidir de qué está hecha cuando deja el poder.

Lamentablemente la derrota electoral parece despertar en la oposición una pulsión casi tribal por negar la legitimidad del adversario e impugnar moralmente al vencedor. Las primeras señales son inquietantes y dan cuenta de una izquierda herida, que cae en el tóxico intento de convertir cada gesto del nuevo gobierno en una causa judicial o administrativa, transformar instituciones como la Contraloría en escenarios de hostigamiento político, y llevar incluso al terreno cultural una lógica de denostación que no distingue entre sátira, propaganda y deshumanización del adversario.

Paradigmático resulta el reciente festival de música Lollapalooza, donde una banda recurrió a imágenes destinadas a equiparar subliminalmente a líderes de derecha con el nazismo, banalizando el uso de la esvástica. No se trató de una simple extravagancia escénica, sino de la abierta renuncia a discutir con el adversario. La esvástica dejó de ser símbolo irreductible del horror para convertirla en un insulto fácil, empleando el mal absoluto que representa, como mera utilería política.

En Soldados de Salamina, Javier Cercas construye una historia en el contexto de la guerra civil española, donde lo decisivo no es la batalla, sino el instante en que un hombre armado mira a otro -su enemigo derrotado al que podría eliminar- y decide no disparar. En esa escena mínima, casi secreta, Cercas sugiere que la civilización depende de algo frágil pero fundamental: la capacidad de reconocer humanidad en el adversario, incluso en medio de la fractura y del odio.

Esa es la metáfora que hoy importa. Chile tiene por delante un desafío mayor donde el éxito del nuevo gobierno será determinante. De allí que la pregunta más delicada recae sobre la oposición de izquierda: ¿qué tipo de oposición quiere ser? ¿Una oposición democrática, leal a las reglas del juego, o una que, incapaz de procesar su derrota, vuelva a coquetear -sutil o abiertamente- con la intolerancia y la violencia política?

Ese es el fondo del problema. No se trata de una denuncia artera ante la Contraloría o de una provocación estética en un festival. Se trata de saber si el compromiso de la izquierda chilena con los valores democráticos es auténtico o solo instrumental. La verdadera convicción democrática se devela cuando se pierde la contienda electoral. Por eso, en la hora amarga de la derrota, quienes salvan la democracia, no son pelotones de soldados, sino la contención, el respeto por el adversario, la renuncia a la caricatura totalitaria, y la decisión de no convertir la política en una guerra civil por otros medios.

Por Gabriel Zaliasnik, profesor de Derecho Penal, Facultad de Derecho, Universidad de Chile

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