Por Cristóbal OsorioTeatinos 120: Quiroz y la soledad de la reina

Teatinos 120 no solo es sede del Ministerio de Hacienda desde 1933. A partir del retorno a la democracia, este edificio se erigió como el epicentro de una autoridad casi hegemónica, consolidando a la cartera como la “reina del tablero”.
Sus huéspedes han figurado entre los cuadros más letrados de la política, oscilando entre el “tecnócrata de prestigio” (Marcel, Velasco o Larraín) y el “negociador de alto nivel” (Foxley o Eyzaguirre).
Sin embargo, esa prestancia sufrió una erosión irreversible: de centro de poder incontestable a peón expuesto a la contingencia. Si en el ajedrez la reina garantiza la estabilidad sistémica, hoy la conducción económica debe asumir la metamorfosis de sus contornos. El ministerio no puede seguir reclamando un pasado de inmunidad que, sencillamente, no volverá; debe, en cambio, asimilar los siguientes hitos de su propia transformación:
1. El quiebre de la inamovilidad: La salida de Alberto Arenas en 2015 alteró la arquitectura del gabinete y rompió el dogma de “un ministro, un presidente”. Fue la constatación de que el sistema podía expulsar a quien intentara transformaciones estructurales sin el beneplácito de los círculos tradicionales de influencia.
2. La soberbia de Teatinos: El exministro Eduardo Aninat ha diagnosticado con lucidez la patología de la institución. Una soberbia intelectual y una desconexión crítica con las clases medias transformaron a Hacienda en un “sartén social” que, al calentarse por la presión ciudadana, termina incinerando la gestión política del gobierno.
3. El quiebre de la jerarquía económica: La renuncia de Rodrigo Valdés tras el episodio Dominga marcó un hito de integridad técnica, pero también de fragilidad sistémica. Demostró que el jefe de las finanzas podía sostener una visión divergente a la de la Presidencia, quebrando la jerarquía del equipo económico y priorizando el rigor fiscal por sobre la lealtad política incondicional.
4. La orfandad independiente: En Teatinos 120, no tener partido ya no es virtud, sino debilidad estratégica. Ante un Congreso atomizado, carecer del “bastón” partidario para disciplinar votos o actuar como escudo condena al ministro a transitar solo por pasillos cuyas lógicas de poder no domina.
Este último punto es particularmente crítico para el actual titular de Hacienda, Jorge Quiroz. A diferencia de la tesis de Andrés Velasco, ya no basta con asumir el rol de “villano”, pues el ecosistema político que sustentaba ese diseño ha desaparecido. Quiroz no solo carga con el fardo de reformas fallidas y el estigma de la desconexión institucional; enfrenta, además, la soledad del técnico frente a pares en Interior y Segpres que son profesionales del oficio político. En esa asimetría de capital estratégico, el independiente sin partido queda desprotegido ante las dinámicas de un Congreso fragmentado.
En el Chile actual, el ministro de Hacienda ha mutado de guardián institucional a un fusible más. Quiroz debe advertir que su relato y puesta en escena —propios de lógicas pretéritas— corren el riesgo del anacronismo. Cuando la reina pierde su blindaje y queda a la sombra de los operadores del gabinete, el jaque al sistema es inminente.
Por Cristóbal Osorio, profesor de Derecho Constitucional, Universidad de Chile
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