Opinión

Una batalla tras otra

JONNATHAN OYARZUN/ATON CHILE

Por estos días somos testigos de un copamiento de la agenda de medios con diversos anuncios por parte del gobierno. No se termina de instalar un mensaje y ya se está enviando otro, generando una sensación de bombardeo comunicacional que nos sumerge en un contexto de crisis y emergencia permanente.

Pero esta narrativa oficial sufrió un tropiezo crítico la semana que pasó, con el error de describir a Chile como un “Estado quebrado” en una pieza oficial diseñada para justificar el alza histórica de los combustibles.

Con ello, no solo se abrió un flanco político e institucional, ya que la Contraloría pidió formalmente los antecedentes, sino que se produjo una grieta comunicacional, al confundir la retórica de campaña con el discurso de gobierno. Así, el equipo de comunicaciones de La Moneda provocó un daño autoinfligido en su relato fundacional.

En las comunicaciones, uno suele determinar a quién le habla con el propósito de generar adhesión. Visto así, la comunicación política busca generar un marco interpretativo en el cual las personas evalúen la toma de decisiones y participen en la vida pública. No se trata solo de informar, sino también de persuadir y construir significados. La comunicación política no solo transmite mensajes: moldea percepciones, orienta decisiones y conecta el poder con la ciudadanía.

El momento en que se produjo el error no pudo ser más delicado, ya que la ciudadanía estaba en shock al conocer del alza histórica del precio de las gasolinas y buscaba un blanco sobre el que descargar su frustración y molestia. El desacierto comunicacional sirvió así para concentrar la crítica dentro del propio gobierno, contrariando así uno de los principios de cualquier estrategia, cual es no entregar más argumentos que faciliten la crítica de los adversarios.

Más allá de un error puntual, me cuesta entender la estrategia de una administración que, a tres semanas de su llegada al poder, ha desplegado un arsenal de anuncios no solo impopulares, sino que agreden directamente el sentido común. Estresar el relato puede ser prejudicial, ya no en el mediano plazo, sino en el corto.

Así las cosas, me pregunto dónde está la comunicación, y dónde la política.

Lo que vemos es un gobierno que transmite anuncio tras anuncio, utilizando distintos medios, mientras el resto, los ciudadanos, escuchamos y acatamos. Es un enfoque antiguo y riesgoso, que ya produjo una desafección de una parte del electorado, como lo indican las encuestas del pasado fin de semana. Esto puede hacer que rápidamente una parte de la población cambie de bando y se comience a escuchar fuego amigo por parte de la coalición oficialista.

Vuelvo el concepto de buscar adhesión. Hoy por hoy, me cuesta verlo a la luz de muchos anuncios que abren diversos flancos, como el retiro del apoyo a la candidatura a la ONU de la expresidenta Bachelet o sacar del trámite de toma de razón de Contraloría el tercer plan nacional de Derechos Humanos o 43 decretos medioambientales, entre otros.

Vemos una batalla tras otra para afirmar la idea del desastre recibido. Reitero sobre el riesgo, porque los anuncios tocan el bolsillo a la ciudadanía más frágil, despiertan temor en amplios grupos de la población y permiten reunificar a la oposición, hasta ahora, desarticulada. Me recuerda el viejo refrán de que “los cuidados del sacristán pueden matar al señor cura”.

El éxito electoral de la candidatura del presidente Kast fue que sintonizó con las demandas de las personas, que requerían más seguridad y una mejora en las condiciones económicas, apelando a un sentido profundo de vivir una vida mejor. En otras palabras, generó una sensación ciudadana de ser cuidados. Un elemento que debe ser considerado en cualquier estrategia es que las emergencias provocan miedo e incertidumbre. Desplegar una batalla tras otra genera errores no forzados y causa aún más incertidumbre en la ciudadanía.

Por Claudia Miralles, gerenta de Imaginaccion Comunicación Estratégica.

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