¿Alguna vez nos sentimos del todo satisfechos?




El historiador y autor de Sapiens: De animales a dioses, Yuval Noah Harari, publicó hace poco en sus redes sociales una reflexión que decía lo siguiente; ‘La reacción básica del ser humano frente al placer no es la satisfacción, sino que el deseo de tener más. Por lo tanto, independiente de lo que logremos, lo único que aumenta es nuestro anhelo, no nuestra sensación de satisfacción’.

A esa reflexión la tituló; ‘La espina dorsal (o pilar fundamental) de la sociedad y la civilización’.

A principios de este año, a su vez, el experto en tecnologías y adicción Nir Eyal explicó en un artículo titulado ‘Por qué nunca vas a estar satisfecho con tu vida’ que la insatisfacción está programada a nivel cerebral, entre otras razones, por una condición que en la psicología clínica se denomina ‘adaptación hedonista’, o rueda hedónica, y que propone que los seres humanos siempre volvemos a un estado relativamente estable o basal de satisfacción luego de vivir experiencias positivas o negativas. Lo que significa, como se plantea en un análisis publicado en el medio The Conversation, que existe una barrera frente al aumento de nuestra sensación de satisfacción a largo plazo, porque cada vez que sentimos placer, nos adaptamos a esa sensación y la transformamos en nuestro estado base, por lo que rápidamente, acostumbrados a la nueva sensación, volvemos a querer más.

“La teoría de la adaptación hedónica muestra que los eventos positivos placenteros tienen un impacto en cómo nos sentimos pero por periodos cortos. Si logramos el ‘éxito’, independiente de lo que eso signifique para cada uno, pero nos adaptamos rápidamente a esa situación, prontamente nos volveremos a sentir insatisfechos”, se explica en el análisis. Lo que siempre nos deja queriendo más. Y eso, como explican los especialistas, puede ser un ciclo eterno.

Es, en definitiva, lo que los estudiosos detrás de las grandes empresas tecnológicas se han comprometido a desglosar minuciosamente; de qué manera ese famoso ‘rush’ de dopamina –instantáneo y efímero– nos satisface temporalmente pero no lo suficiente como para dejarnos del todo satisfechos. Como explica Marianne Cottin, PhD en psicoterapia y docente en la Universidad Finis Terrae; “Estamos constantemente expuestos a estímulos y cada uno de esos hace que segreguemos dopamina; recibir un mensaje, ver que nos pusieron un like, responder un mail, hablar mientras hacemos otra cosa. Una sobre posición de actividades que ha hecho que nos volvamos cada vez más tolerantes al rush de dopamina y que necesitemos cada vez más para volver a conseguir ese efecto inicial”, explica.

Es decir, una adaptación que hace que disfrutemos menos las actividades que antes nos saciaban esa necesidad, en gran parte porque vivimos en un mundo en el que hay un exceso de estímulos que compiten por nuestra atención.

Lo que entra en discusión, entonces, es de qué manera –en tiempos de híper conexión en los que se valora lo instantáneo y desechable– ha ido mutando nuestra relación con el placer y la satisfacción y, a su vez, si somos capaces de sentirnos realmente satisfechos.

El académico de la Escuela de Psicología de la Universidad Católica e investigador del COES, Héctor Carvacho, propone que uno de los principales conflictos de la especie humana es que está permanentemente enfrentándose al tener que tomar decisiones respecto a un supuesto, a algo que no es, pero podría ser. La idea de estar satisfechos, entonces, está anclada en parte en el hecho de que evaluamos las cosas no por lo que son, sino que bajo la premisa de lo que podrían ser. “La cabeza nos lleva a un lugar de déficit y a pensar que hay una versión mejor. Ese es un motor personal y social y se da por nuestra capacidad de imaginar y proyectar cosas que no son”, explica. “Pero a eso también hay que sumarle que nuestra búsqueda de placer quizás no va tanto por el placer en sí, sino que más bien por la falta de dolor. Querer más, muchas veces tiene menos que ver con la sensación momentánea de placer y más que ver con la falta de malestar. Como especie, estamos dispuestos a evitarnos un malestar presente hipotecando un bienestar futuro”.

Ese placer inmediato, por más que traiga consecuencias negativas a futuro, es más valioso. Ahí, lo que entra en juego, como explica el especialista, es la temporalidad. El hecho que esa gratificación sea súbita. “Lo que me lleva a mi último punto; en tiempos de ultra modernidad y en ambientes en los que la interfaz tecnológica está maximizada para la satisfacción inmediata, lo que ha cambiado es cómo entendemos el placer y la satisfacción. Porque hay más psicólogos trabajando en empresas de tecnología que en las universidades, y están estudiando de qué manera hacer que nuestros niveles hormonales se disparen para que sintamos gratificación inmediata y queramos más. Y una manera es mediante la deprivación y la recompensa”, explica. “Por supuesto que eso condiciona nuestra relación con la satisfacción; las redes nos han llevado a entenderla como algo mucho más común, incorporada en la vida, accesible, por la cual no tenemos que esperar. Pero a su vez es efímera. Antes, sentir más requería de más tiempo”.

La disyuntiva, entonces, está en cómo lograr esa sensación de satisfacción inicial, sin subir cada vez más la vara. O poder sentirnos igual de satisfechos sin tener que buscar más placer. El psicoanalista de la Sociedad Chilena de Psicoanálisis, Felipe Matamala, sugiere que la alternativa está en redefinir esa experiencia de placer y estar abiertos a reorientar la búsqueda; quizás el placer, y por ende la satisfacción, está en la búsqueda en sí, en el acto y en el gesto, más que en la meta final o en ese logro cuantificable y medible que hemos fijado.

“En la medida que hay placer, curiosamente se genera la memoria. Por ende, a lo largo de nuestras vidas, siempre vamos a estar buscando ese placer que alguna vez sentimos y rememorando ciertas experiencias placenteras del pasado. El tema es que también entendemos que nunca va a ser igual, porque ya lo vivimos”, explica. “Donde hubo un ideal de placer, ya no va a existir esa sensación, y esa es una gran frustración. Gran parte del psicoanálisis, justamente, tiene que ver con cómo se integra la experiencia de frustración a la vida cotidiana”.

¿Cómo enfrentamos la insatisfacción en sociedades exitistas y consumistas que buscan llevarnos a eso? La respuesta, según Matamala, está en encontrar nuevas experiencias placenteras entendiendo que el placer no necesariamente es inmediato, que a veces se renuncia a experiencias pasadas para sentirlo, y que no necesariamente nos lleva a un ‘logro’, o lo que se ha consensuado como logro a nivel social. “Si estamos todo el tiempo en una búsqueda implacable por el placer, quizás nos olvidamos que el verdadero placer está en ciertas experiencias simples en las que a primeras no creemos que vamos a encontrar algo que nos sirva”.

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