Cristina Dorador, científica microbiana: “Tenemos que acercarnos a la idea de que vivimos en comunidad con otros seres y organismos”

Desde el desierto y sobre él habla Cristina Dorador, científica reconocida a nivel nacional e internacional por sus investigaciones sobre las propiedades de las bacterias y microorganismos que habitan los salares, en condiciones tan extremas como las del planeta Marte o Venus. Junto a su colectivo de científicas MOSE, Cristina intenta concientizar sobre lo importante que es observar y aprender del mundo microscópico para poder convivir de forma más armónica con los seres y organismos que nos rodean.




Cuando Cristina Dorador (40) –científica experta en vida microbiana y académica de la Universidad de Antofagasta– recorre los salares del desierto en donde nació y creció, lo hace siempre como si fuera la primera vez. La tierra cálida contrastada por el cielo azul; costras de sal y minerales coloreadas por la acción bacteriana; lagunas verdes y plateadas reflejando los pechos emplumados de los flamencos; las nubes dibujando sombras sobre los rojos de la cordillera; el sol pegando fuerte sobre la piel curtida y el viento fresco del atardecer. “Mi base es desértica, entonces vivir aquí para mí es lo natural. Lo que más me maravillaba cuando niña –y me sigue maravillando– es su inmensidad, el asombro por ver esto tan diferente, porque cuando una empieza a conocer otros paisajes, se da cuenta de lo especial que es el desierto”, asegura la científica.

Hace dos años, en Antofagasta llovió como hace mucho no llovía y los cerros, en dos meses, se llenaron de flores blancas. Todos hablaban de la increíble capacidad de germinación de las semillas, pero Cristina solo pensaba en esa vida microscópica que habita en los montes. “Antes de las semillas está la vida microbiana dispersa en esporas. Sin ella no hay nutrientes para preparar la tierra. Hay una memoria latente de vida en toda la superficie del desierto y basta que se produzcan algunos cambios, como la caída de lluvia, para que esta vida se manifieste visualmente”, dice.

¿Qué señales sobre nuestra propia existencia se pueden observar a través de los microorganismos en los salares?

Acá, en los 15 salares que hemos estudiado, se han descubierto microorganismos que son poliextremos, es decir, que sobreviven a muchas condiciones extremas al mismo tiempo y generan un metabolismo específico dependiendo de los minerales con los que se relacionan. En el desierto tenemos el Salar de Llamara, un sistema que es descrito como análogo de la vida primitiva, porque conserva las sucesiones microbianas que ocurrieron justamente en la Tierra antigua, cuando se empezó a oxigenar el planeta. Que nosotros tengamos oxígeno es gracias a la acción microbiana pasada. Hubo grupos fotosintéticos que evolucionaron a cianobacterias, que son las bacterias que empezaron a producir oxígeno y posteriormente se desarrollaron para dar vida a las células eucariontes, generando una línea de plantas y algas que son las que terminaron de contribuir a la oxigenación del planeta.

¿Puede haber en estos hábitats primitivos señales sobre la vida en otros planetas?

Es cierto que cualquier componente raro que encuentren en Marte, probablemente está aquí en Atacama. Los mismos descubrimientos de compuestos producidos por microorganismos que encontraron hace poco en Venus me llevaron a pensar que probablemente haya análogos acá en salares, por las condiciones extremas que existen. Y es que podemos hacer muchos hallazgos sobre la vida afuera investigando en nuestro propio planeta. Pero hay que conservar los sistemas. Por eso es tan impactante que salares como el Llamara estén siendo explotados.

¿A qué se debe esa explotación?

Históricamente, el mayor sustento económico que ha tenido Chile ha sido la minería, cuyos procesos se basan en el uso del agua en el desierto más árido del mundo. Este territorio ha sido exprimido al máximo no solo a través de sus riquezas minerales, sino que también a través de sus aguas antiguas, que estaban aquí desde antes que fuese desierto. Eso ha mermado el acceso en algunas comunidades y ha generado problemas irrecuperables en varios ecosistemas. Es importante que veamos la magnitud de la explotación que ha vivido el desierto: se ha visto como una fuente inacabable de recursos para el ser humano, sin tomar en cuenta que este lugar es un archivo planetario de procesos antiguos, de aguas fósiles, y por eso hay tantos minerales. Así también, durante la época del salitre, se talaron los bosques de tamarugos para usarlos como leña, y actualmente ya casi no quedan.

¿Se ha abordado desde las decisiones políticas la relevancia que tiene el mundo microbiano en los ecosistemas del desierto?

En el último tiempo, a nivel local, se han hecho más visibles estos ecosistemas a la hora de medir el daño ambiental en los salares. Pero es difícil determinar ese impacto porque en general son sistemas muy variables y los métodos que utilizan las consultoras para hacer estudios son estándares, entonces no se logra determinar si el impacto puede ser por acción humana o natural. Por eso recalco que es tan importante que exista investigación independiente y de largo plazo, que en Chile es escasa debido al poco financiamiento. Podríamos incluso, a través del estudio de vida microbiana, generar marcadores sobre los cambios ambientales y climáticos de nuestro planeta. Pero en Chile no tenemos esa visión. Me impresiona que siendo los organismos más dominantes en cuanto a abundancia y diversidad, no están contemplados en las decisiones medioambientales porque son invisibles.

Personalmente, ¿qué es lo que más te conmueve de tus investigaciones con microbios?

Algo que me ha fascinado toda la vida son los tapetes microbianos en los salares, que son sistemas altamente expuestos a la radiación solar. Se organizan por capas según la radiación, las gradientes de oxígeno y los nutrientes a las que están expuestos, armando estructuras milimétricas y utilizando la fotosíntesis como mecanismo primario para producir energía. Es realmente fascinante imaginarse esta complejidad microbiana a escala tan pequeña. Me gusta la idea de que se cooperen entre sí, y la interacción y la simbiosis que existe. Podemos aprender mucho de comunidades complejas a través de ellos. Cumplen importantes roles en la cadena trófica –por ejemplo, los flamencos se alimentan gracias a ellos– y también a nivel ecosistémico, porque producen gases que son importantes para generar otros compuestos y, además, capturan gases de efecto invernadero.

Conectar con el territorio

Tras estudiar ciencias en la Universidad de Chile y hacer un doctorado en Alemania sobre ecología microbiana en los salares, Cristina Dorador tuvo la posibilidad de seguir formándose en Europa en uno de los mejores institutos, pero decidió regresar a Antofagasta. Quería estar en su hábitat: el desierto tenía todas las respuestas y preguntas que le interesaban.

Junto a otras ocho mujeres creó MOSE, un colectivo de científicas que desde sus diferentes especialidades investigan sobre ecología microbiana en ambientes extremos. “En esta área se da que la mayoría somos mujeres. A todas nos mueve el conocimiento, pero también la idea de colaboración, de cooperación, de simbiosis. No nos interesan las competencias. Nos aportamos miradas. Ver, por ejemplo, el salar desde los ojos de una oceanógrafa como Verónica Molina o que ella lo vea a través de los míos, es uno de los privilegios que tenemos como colectivo. Todas trabajamos desde distintos territorios y tratamos de transferir estas experiencias y conocimientos a nuestros estudiantes”, dice.

Uno de los proyectos más relevantes de MOSE ha sido crear la Red de Ecología Microbiana, que actualmente agrupa a más de 500 personas, y que prontamente lanzará una página web para divulgar el conocimiento en ecología microbiana en Chile.

¿Por qué es importante estar en tu territorio para investigar? Podrías tomar muestras y trabajar en un laboratorio avanzado en otra parte.

La forma clásica de estudiar microbiología es tomar una muestra y crecerlo en el laboratorio. Pero actualmente sabemos que menos del uno por ciento puede ser cultivado en el laboratorio. Son sistemas muy variantes y es necesario estar en el territorio. Desde el punto de vista humano, nosotros los investigadores tenemos una historia no solamente personal, sino que también de aprendizaje. Tenemos distintas escuelas de pensamiento. No hacemos ciencia de forma neutra y esa es una noción que hay que ir derribando para asumir también los posibles sesgos que puedan existir. Eso creo que es un ejercicio de humildad muy importante que necesitamos hacer los científicos, ya que a veces, por no estar conectados personalmente o por nuestra historia al territorio que investigamos, podemos ejercer de forma muy centralista la disciplina.

¿En qué lo has visto?

Muchas veces se han hecho teorías o interpretaciones de esta zona que no son correctas, porque no se dan el trabajo de conectar con investigadores locales o conocer bien el territorio que investigan. Un ejemplo más o menos reciente es lo que pasó con la niña de La Noria, un cuerpo que un huaquero –buscador de piezas precolombinas o de valor patrimonial– encontró en el desierto. Luego lo llevaron a España para exhibirlo en un museo y estudiarlo porque se creía que podía tener una genética extraterrestre debido a su deformación. Resultó ser que era un feto humano de no más de 40 años de muerte que tenía mutaciones en su genoma por la enorme concentración de nitratos de la zona salitrera a la que probablemente perteneció. La falta de conexión con el territorio generó un montón de hipótesis sin base científica, y además sin respeto por la historia de esa criatura. Personalmente me dio mucha pena.

Tomando en cuenta la crisis ambiental que vivimos y la necesidad de replantear la relación extractiva que tenemos con la naturaleza, ¿qué crees que debemos aprender sobre la forma en que nos vinculamos con nuestro territorio?

Existe una visión muy reduccionista sobre la complejidad de nuestra biósfera. La vida se ha basado en la destrucción de los ecosistemas y hay que ser súper honestos con eso: en Chile no existe un desarrollo sustentable si una minera destruye cerros completos en el desierto. Hemos construido la idea de que estamos desconectados entre personas y con otros seres, pero creo que los microorganismos contribuyen mucho a cambiar esa idea, porque nosotros mismos somos convivencia de células humanas y células microbianas. Necesitamos de esa interacción para estar vivos. Aún se desconocen los detalles de esos mecanismos, pero lo que sí sabemos es que puede aparecer un microorganismo, como el coronavirus, y causar estragos en la población. Como humanos, tenemos que acercarnos a la idea de que vivimos en comunidad con otros seres y organismos. Que nos asemejemos más a una estructura de redes, como en los tapetes microbianos. El concepto individualista de yo me salvo solo ya no tiene ningún sentido natural.

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