8M: El costo invisible de ser la que puede con todo
El 8 de marzo también puede ser una oportunidad para mirar con más honestidad las presiones cotidianas que enfrentan muchas mujeres. Detrás de ellas persiste un estándar invisible: la expectativa de poder hacerlo todo, sin fallar demasiado y sin pedir demasiada ayuda.

El 8 de marzo suele llenarse de discursos, homenajes, flores y publicaciones en redes sociales celebrando la fortaleza, la resiliencia y la capacidad infinita de las mujeres. Se habla de su talento, de su inteligencia y de su capacidad para sostener familias, trabajos y comunidades enteras. Por un día pareciera que el mundo se detiene a reconocer todo lo que hacen.
Pero el resto del año, muchas veces, ese reconocimiento vuelve a transformarse en exigencia.
Porque si algo caracteriza la experiencia contemporánea de muchas mujeres es una tensión constante: se espera que puedan ser muchas cosas al mismo tiempo, incluso cuando esas cosas parecen incompatibles entre sí.
Ser ambiciosas, pero sin parecer competitivas. Tener proyectos propios, pero sin descuidar a nadie en el camino. Ser firmes en sus decisiones, pero sin parecer duras. Ser sensibles, pero no emocionales. Tener éxito profesional, pero sin dejar de ser madres presentes, parejas disponibles, hijas atentas.
En otras palabras, se espera que puedan habitar expectativas contradictorias sin que ese esfuerzo se note demasiado.
Durante años la discusión sobre desigualdad entre hombres y mujeres se concentró principalmente en lo laboral o lo legal: acceso al trabajo, brecha salarial, participación política. Pero hay otra dimensión menos visible que tiene que ver con el impacto emocional de esas exigencias cotidianas.
Porque el problema no es solo lo que las mujeres hacen, sino lo qué se espera que sean simultáneamente.
En Chile esa tensión aparece en escenas bastante reconocibles. Una mujer que prioriza su carrera puede ser descrita como fría, ambiciosa o poco maternal. Si decide tener hijos y reducir su ritmo laboral, alguien insinuará que desaprovechó su talento. Y cuando intenta sostener ambos mundos al mismo tiempo —trabajo, familia, proyectos propios— aparece la pregunta que suena a admiración pero también a sospecha: ¿Cómo lo hace todo?
Pero el problema no es solo la pregunta. Es el costo que tienen esos mandatos culturales cuando inevitablemente se vuelven imposibles de sostener.
Porque cuando una mujer se cansa, se frustra o simplemente reconoce que no puede con todo, muchas veces ese malestar no se interpreta como una reacción comprensible frente a una presión excesiva. Se interpreta como un problema personal.
Entonces aparecen las etiquetas: exagerada, complicada, conflictiva, intensa, inestable, loca.
Como si el malestar no tuviera relación con las expectativas que la rodean, sino con su carácter.
Ese desplazamiento es poderoso. Una tensión que es social termina siendo tratada como si fuera un defecto individual. El problema deja de estar en las exigencias y pasa a estar en la mujer que no logró sostenerlas.
Y así muchas terminan cargando no solo con esas demandas, sino también con algo más silencioso: la sensación persistente de no estar siendo suficientes.
Esa presión constante puede traducirse en ansiedad, cansancio crónico, autoexigencia excesiva y una culpa difícil de nombrar. Una sensación de estar permanentemente evaluándose a sí mismas: si están haciendo lo correcto, si están siendo suficientemente buenas madres, parejas, profesionales o hijas.
Gran parte de esta presión se sostiene sobre modelos culturales de feminidad que han coexistido durante siglos. Por un lado está la expectativa de la mujer cuidadora, sacrificada y siempre disponible. Por otro aparece la mujer autónoma, independiente y dueña de su propia vida.
Cuando se observa con atención, muchas de estas expectativas funcionan como un estándar invisible: la mujer ideal es aquella que logra hacerlo todo sin fallar demasiado y sin pedir demasiada ayuda.
El problema es que ese estándar es prácticamente imposible.
No porque las mujeres no sean capaces, sino porque ninguna persona puede sostener indefinidamente demandas contradictorias sin pagar algún costo emocional.
Tal vez por eso el 8 de marzo provoca emociones tan distintas. Por un lado, es un día necesario para recordar luchas históricas y derechos conquistados. Pero también puede ser una oportunidad para mirar con más honestidad las presiones cotidianas que muchas mujeres siguen enfrentando.
Porque celebrar a las mujeres un día al año es relativamente fácil. Lo difícil es preguntarse qué esperamos de ellas los otros 364 días.
Y más difícil todavía es reconocer que muchas de esas expectativas —tan normalizadas que casi no las vemos— están hechas de exigencias que, en el fondo, nadie podría cumplir sin pagar algún costo.
Quizás ahí comienza, de verdad, el sentido del Día Internacional de la Mujer.
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