El “basurero emocional”: Cuando el chat con tu ex deja de ser coordinación y se convierte en transgresión
En nuestro Consultorio Legal presentamos el caso de Alejandra, quien tras su separación debe mantener contacto permanente vía WhatsApp con el padre de sus hijos, aunque ese canal se haya convertido en un espacio de reproches y hostilidad. No se trata de violencia intrafamiliar, pero sí de una dinámica que erosiona su bienestar.

Alejandra llega a la reunión, deja su cartera sobre la mesa y, antes de saludar, pone su celular frente a nosotras. La pantalla está encendida. Es un chat de WhatsApp que parece no tener fin: globos de texto enviados a las dos de la mañana. No hay preguntas sobre la fiebre del hijo menor ni coordinación para retirar a los niños del colegio. Hay reproches, juicios sobre su nueva pareja y una disección minuciosa de por qué el divorcio fue su culpa.
“No me deja en paz”, dice con esa voz que mezcla agotamiento y culpa. “Siento que si lo bloqueo, el tribunal va a pensar que soy yo la que no quiere colaborar”.
A esta dinámica la hemos empezado a llamar el “basurero emocional”: un fenómeno cada vez más frecuente, donde canales como WhatsApp han eliminado las paredes de nuestra privacidad. Parece obligatorio contestar —y hacerlo de inmediato—. La comunicación ya no tiene horario y los límites se vuelven difusos.
El problema se vuelve más complejo en separaciones con hijos en común, donde el canal que debería servir para coordinar la coparentalidad se transforma en el vertedero de las frustraciones de la ex pareja. Incluso la idea de “bloquear” puede generar temor por sus posibles repercusiones judiciales. El miedo a parecer “poco colaboradora” o “conflictiva” obliga a sentir la necesidad de seguir leyendo y respondiendo todo, incluso cuando cada mensaje va quitando un poco de paz.
A muchas mujeres se nos ha entrenado históricamente para ser las gestoras de la armonía familiar. Esa herencia pesa. Nos hace creer que no contestar es negligencia. Que poner límites es falta de colaboración. Que estar siempre disponibles es una obligación moral.
¿Mala dinámica relacional o violencia psicológica?
Hoy existe un riesgo delicado: si todo se llama violencia, nada lo es. Hay una zona gris de interacciones invasivas, controladoras y emocionalmente agotadoras que pueden afectar profundamente la paz mental sin necesariamente alcanzar el umbral jurídico que exige la ley.
La Corte Suprema lo recordó recientemente al analizar un caso de violencia intrafamiliar psicológica y económica (Rol 31.204-2025). En ese fallo señaló que correos duros, tensiones constantes, conflictos por pagos y discusiones cargadas no configuran por sí solos violencia ante la ley si no se acreditan los presupuestos del artículo 5 de la Ley 20.066. El Derecho exige algo más que una relación deteriorada: exige hechos concretos, habitualidad y prueba de una afectación real bajo un estándar jurídico preciso.
Para muchas personas, leer eso puede generar frustración porque el desgaste y la angustia son reales. Pero el Derecho no regula la frustración, la inmadurez emocional ni la mala educación. Regula la violencia jurídicamente acreditada.
Y sin embargo —y aquí está lo complejo— existen dinámicas que, aunque no siempre constituyan un ilícito penal o una causa clara de violencia intrafamiliar, sí erosionan la autonomía y la salud mental de quien las vive. No todo lo intolerable llega a una sentencia que lo valide. Pero todo lo intolerable debe ser encuadrado.
En tribunales, la clave no es un mensaje aislado, sino el goteo sistemático —lo que jurídicamente se llama “habitualidad”—. No es la discusión puntual, sino la persistencia que termina menoscabando la integridad psíquica de quien ejerce el cuidado cotidiano. Cuando ese límite se traspasa de forma reiterada —cuando hay hostigamiento, amenazas, control económico o menoscabo evidente— la zona gris se termina y el Derecho interviene.
Cómo protegerse estratégicamente
Migrar de plataforma puede cambiar el juego. WhatsApp es reactivo e impulsivo; el correo electrónico introduce distancia y permite decidir cuándo leer y cuándo responder. Recuperar el control del tiempo es recuperar poder.
El método de la “roca gris” también funciona: respuestas neutras, breves, sin emoción. “Recibido”. “Confirmado”. “Lo revisaré”. Si no hay reacción, el basurero pierde su función de desahogo.
Y sobre todo, fijar el marco de la conversación. Si la otra persona escribe sobre tu vida personal, tú respondes sobre el pediatra. Si intenta reabrir el pasado, se encuadra: “Ese tema no forma parte de nuestra coordinación actual”. No se trata de convencer. Se trata de delimitar.
Porque la justicia es un martillo: sirve para imponer límites, pero no para reparar cada sutileza relacional. No todo conflicto necesita una denuncia. Pero sí todo conflicto necesita un límite.
Nadie está obligado a convertirse en el basurero del descontrol emocional de otra persona. El derecho a comunicar no es el derecho a invadir. Y aunque el Derecho no pueda enseñar a alguien a respetar a las otras personas, sí puede ayudar a trazar la línea cuando esa invasión se vuelve jurídicamente relevante.
A veces, la primera forma de libertad no es una sentencia. Es recuperar el silencio de tu propio teléfono y entender que proteger tu paz también es una forma de cuidado parental.
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