Hablemos de Amor: lo que aprendí de mi amiga de toda la vida
Porque a veces esa amiga de siempre, no es para siempre.

Había visto mil veces la película Guerra de Novias donde Anne Hathaway y Kate Hudson son amigas de toda la vida y se pelean por no querer ceder la una a la otra la fecha del día de su matrimonio.
Fue más o menos hace un año, en una repetición regular de esta película que me encontré llorando con la escena final. La había visto mil veces, pero nunca le había tomado el peso.
“A veces en la vida se forman lazos que nunca se pueden romper. A veces no puedes encontrar a esa persona que estará a tu lado sin importar lo que suceda, o tal vez lo encuentres con tu pareja y lo celebres con una enorme boda costosa. Pero, también existe la posibilidad de que aquella persona con la que puedes contar siempre, esa persona que realmente te conoce, a veces mejor que tú mismo, sea la misma persona que siempre ha estado a tu lado".
Esa simple frase de la película me llevo a repensar un duelo que llevaba evitando hace meses: perder a la persona que había sido mi mejor amiga de toda la vida.
Nos conocimos en el jardín, cuando teníamos unos 4 años. Fue la primera vez en mi vida que me animé a dar el primer paso para conocer a alguien, y simplemente fue porque ella llevaba puestos unos pantalones rosados, y eso me hizo sentir que íbamos a ser muy buenas amigas.
Nuestra amistad sobrevivió a muchísimos momentos: mi primer cambio de colegio, donde mantuvimos contacto enviándonos cartas a través de nuestras mamás; también a su primer corazón roto, cuando lo único que yo quería era matar a ese niño que la había hecho sufrir tanto; y sobrevivió también a uno de los procesos más difíciles que me ha tocado vivir, la separación de mis papás.
Ella fue a la primera persona que llamé cuando mis papás me anunciaron que se separarían. En el acto más puro de amistad que he vivido, sin pensarlo mucho, me pasó a buscar con su mamá, en el camino a su casa no me hizo preguntas, llamó a nuestras otras amigas para que vinieran y sólo me abrazo y escuchó mientras yo le contaba los detalles.
Con el tiempo, empecé a sentir la certeza de que, aunque todo en mi vida podía cambiar, la única persona que iba a estar ahí siempre, iba a ser ella.
Durante mi primer año de universidad conocí a mi primer pololo. Como una persona que jamás había tenido una relación en la adolescencia, pero que en el fondo la había anhelado profundamente, empecé a priorizar el tiempo con él y su círculo de amigos, por sobre el tiempo con mis amigas. Hasta que llegó el momento en que solamente hablaba con ella esporádicamente o para contarle mis problemas.
Empezaron a pasar semanas en las que no hablábamos nada. No tenía idea de su vida, pero tampoco me preocupaba por escribirle para saber. Al mismo tiempo, me empezó a pasar que cada vez que nos veíamos, sentía una desconexión, pequeña, pero que con el tiempo se fue haciendo cada vez más presente.
Pensé que quizás era normal, que eso solía ocurrir al entrar a la universidad y tener nuevos círculos de amigos, adquirir intereses distintos y, en general, a la experiencia de crecer y convertirse en una persona distinta. Lo atribuí también al factor de no verse todos los días, y pensé que eventualmente lograríamos superarlo.
Durante una conversación cotidiana, para proponer vernos, mi mejor amiga y otra amiga en común con la que conformábamos grupo, me hicieron saber lo que sentían con respecto a nuestra amistad. Resultado de eso, nos distanciamos más.
Para ser honesta, no me lo tomé bien y estuve enojada muchísimo tiempo, sobre todo con ella por no habérmelo comentado antes y por sentir que se había aliado con nuestra otra amiga. Me sentí muy sola, pero en vez de enfrentar mi responsabilidad en el asunto, simplemente me refugié en mi pololo y mis amigos de la universidad.
No fue hasta meses más tarde, cuando mi pololo terminó conmigo, que me di cuenta lo que significaba no tener a mi mejor amiga a mi lado para enfrentar la vida. No importaba con quién hablara, no encontraba en nadie esa sensación de contención y entendimiento puro que la amistad de ella parecía brindarme hasta en el más largo de los silencios.
Por cosas de la vida se enteró y una vez más, en un acto sincero de amistad, me habló para ofrecerme consuelo. Días después nos reunimos. Cuando me abrió la puerta la abracé como pocas veces nos habíamos abrazado en la vida, le pedí perdón por la pelea y retomamos el contacto por un tiempo.
Sin embargo, cuando llegó la fecha de su cumpleaños y le pregunté si haría algo, me tope con la realidad de que mi presencia podía incomodar a esta otra amiga con la que conformábamos grupo y que ella prefería evitar esa situación. A pesar de que me dolió, entendí que no estaba en posición de exigir algo, me lo tomé como una persona adulta, le dije que comprendía la situación y que esperaba que lo pasara muy bien.
Después de eso no hablamos más.
El año pasado, fue un año difícil para mí. Viví una serie de situaciones dolorosas y un hecho en particular tan fuerte, que me hizo querer contárselo. Lo pensé muchísimo, pero nunca lo hice.
No le escribí porque no quisiera contárselo, sino, porque no estaba segura de que ella quisiera saber de mí. Además, con el tiempo empecé a entender que mi forma de llevar nuestra amistad era muy egoísta, y que no era justo haberla convertido en mi contacto para emergencias emocionales. Mucho menos, si yo no le ofrecía la misma disponibilidad.
Perderla como amiga, irónicamente, me inspiró a tratar de ser una mejor amiga con mis otros amigos; a estar verdaderamente presente, escuchar más al resto y decirles lo que significan para mí hasta el cansancio.
Creo, honestamente, que sino hubiera sido por su presencia en mi vida, yo no sabría lo que significa ser una amiga de verdad.
Muchas veces nos encandilamos con otros vínculos que son pasajeros y damos por sentado a aquellas personas que han estado siempre ahí, ofreciéndonos su cariño sincero, sin pedir nada a cambio. Parece obvio, pero las amistades no se mantienen solas y nadie está verdaderamente tan ocupado como para decirle a su amigo que lo quiere, o preguntarle cómo está.
Hace poco fue mi cumpleaños, pensé que no me saludaría. Sin embargo, fue la primera persona en saludarme, como todos los años. Fue breve, pero terminó el mensaje con un “te quiero siempre”.
No sé si algún día volveremos a ser amigas, tampoco escribo esto para que lo lea y me hable. Hemos crecido, nuestros caminos se han separado, somos personas distintas y estoy tranquila con eso.
La única certeza que tengo, es que sin importar lo que pase, la huella de su amistad marcará todas mis amistades y que yo, también, la voy a querer siempre.
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