Columna de Janet Awad: “Hagámonos cargo”

Los recientes resultados del Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional son una nueva alerta para Chile: aunque nos mantenemos detrás de Uruguay como el segundo país menos corrupto de América Latina, retrocedemos nuevamente en el ranking. Esta vez fueron tres lugares, a la posición 32, lo que constituye nuestra peor posición relativa desde que se publica anualmente este informe hace más de 10 años.
Frente a esta realidad, hay dos caminos: seguir haciendo más de los mismo, sin sentido de urgencia y con una peligrosa complacencia que sólo puede agravar la desconfianza de los chilenos hacia sus instituciones, debilitando la democracia y afectando nuestra capacidad de desarrollo, competitividad y calidad de vida a todo nivel. O el segundo camino, que nos exige dejar de lado la pasividad, hacernos cargo y reaccionar con determinación y celeridad para lograr los cambios que Chile requiere para asegurar un futuro más próspero.
De este problema no vamos a salir sólo con nuevas leyes y reformas, que son muy necesarias (de paso, la Estrategia Nacional de Integridad impulsada por el gobierno no avanza todo lo rápido que se requiere en varios frentes y preocupa especialmente la Ley sobre Integridad Municipal), pero no suficientes.
El desafío es mayor: hay que promover a todo nivel -Estado, empresas, centros de formación académica y organizaciones sociales- una cultura de integridad, valores e incentivos que promuevan la transparencia, premien la honestidad y castiguen a quien actúa mal y fuera de las normas establecidas.
El cambio debe ser promovido desde lo más alto de las organizaciones (gobierno corporativo) y el Estado (autoridades), acompañado de una comunicación eficaz sobre las implicancias éticas del comportamiento en todos los estamentos y con tolerancia cero ante el abuso y la corrupción; predicando con el ejemplo, inspirando al resto, capacitando de forma permanente, incluidos nuestros jóvenes, y priorizando una educación que incluya la integridad en los currículums educativos.
Una cultura y liderazgos éticos tienen efecto multiplicador en la confianza y en la convivencia social, todos elementos fundamentales para que efectivamente tengamos un país mejor para nosotros y para las futuras generaciones.
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