Columna de Valentina Rosas: Rojas Vade y el elástico extendido

Lo de Rojas Vade es un desafío para toda la Convención, para el mundo político y para el sentido de representación que emerge de este proceso. El juicio al rol de los representantes no parte ni termina hoy, pero está más presente que nunca, porque en parte de eso se trata este proceso. El proceso para la nueva Constitución es un llamado complejo de parte de la ciudadanía: un llamado a cambiar por sobre todo el cómo se ejerce la política.



Es indudable que el tema del debate público en estos últimos días es la conocida situación del convencional constituyente —y a estas alturas exvicepresidente adjunto— Rodrigo Rojas Vade. Varios análisis han surgido para evaluar sus explicaciones, las consecuencias sobre su cargo y colectivo político, las medidas que podría tomar la Mesa Directiva y otros organismos, pero por sobre todo el impacto sobre la fe pública y la confianza de la ciudadanía en general y en aquellos que votaron por él en particular.

Situaciones así pueden generar dudas hasta en el más entusiasta seguidor de la Convención, refuerza a los escépticos y deja aún más confundidos a los no pocos indecisos que transitan alternadamente entre ambas veredas.

Cuando en Tenemos que Hablar de Chile abrimos los diálogos ciudadanos preguntando por las emociones, encontramos que aparecían con frecuencia la inseguridad, incertidumbre y fragilidad. Sin embargo, también vimos que la esperanza estaba muy presente. Una esperanza que se sustentaba frecuentemente en las expectativas vinculadas a cómo la discusión sobre la nueva Constitución abría la posibilidad de renovar la política, mejorar las grandes institucionales y especialmente, mejorar la relación de estas con la ciudadanía

Esta esperanza en el proceso político, y en el proceso constituyente especialmente, no aparece en una esfera distinta de la esperanza que sustenta los anhelos y proyectos de vida de las personas. Ambas esferas están profundamente conectadas porque la vida cotidiana se ve afectada por la interacción de las personas con las grandes instituciones, la relación con los representantes y, en general, en las múltiples interacciones que tenemos como sociedad, aspectos en los que transversalmente se anhela una mayor ética pública. Es decir, la esperanza por el futuro, dependía de renovar la ética en nuestra autoridad y en nuestra convivencia social.

Por eso cuando, por ejemplo, en los diálogos se habla sobre las características que un político debería tener, aparecen con frecuencia características como la justicia, la valentía, la sinceridad, la prudencia o la dignidad. Todas palabras que hacen referencia a una especie de virtud aristotélica, pero en la nomenclatura y formas actuales. Aparecen así, las ideas de que “hagan la pega”, “que sean personas honestas”, “que entiendan y nos escuchen”, entre otras.

Al analizar estas y otras miles de expresiones e historias en las que se entrelazan la incertidumbre y la esperanza en una permanente tensión, vemos la esperanza ciudadana como un elástico. ¿Pero cuánto hemos extendido ese elástico? Antes de Rojas Vade, diríamos que ya era un elástico extendido, más que uno estirándose.

Por ello, lo de Rojas Vade es un desafío para toda la Convención, para el mundo político y para el sentido de representación que emerge de este proceso. El juicio al rol de los representantes no parte ni termina hoy, pero está más presente que nunca, porque en parte de eso se trata este proceso. El proceso para la nueva Constitución es un llamado complejo de parte de la ciudadanía: un llamado a cambiar por sobre todo el cómo se ejerce la política.

Por eso acá no caben empates ni peros. Cuidar la esperanza en el proceso constituyente es fundamental, es cuidar la esperanza en la política, pero también sobre los propios proyectos de vida, la visión de futuro del país, la relación de las personas con la política y la construcción de un Estado al servicio de la ciudadanía.

Es tiempo de aceptar que la política no se puede reducir a un moralismo entre buenos y malos, pero sí a un espacio de ética común. De lo que podemos construir y aceptar, más allá de nuestras diferencias. Hoy, esto implica hacer las críticas y autocríticas que correspondan, tomar las medidas legales pertinentes a este caso y ser capaces de avanzar en dotar de legitimidad el proceso, entendiendo que habrán más desafíos y conversaciones difíciles de tener que la que hoy -con justa razón- se toma la agenda. Pero por sobre todo entender que el fracaso o el acierto de la Convención nos impacta a todas las personas. Y que los daños de uno, pueden romper el elástico sobre el que nos paramos todas y todos.

*La autora de esta columna es subdirectora de la plataforma de participación ciudadana Tenemos que Hablar de Chile -impulsada por la Universidad de Chile y la Universidad Católica- y de la cual ya han participado más de 100.000 personas. Es cientista política de la PUC y magíster en Políticas Públicas de la Universidad de Oxford, en Reino Unido.

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