Humberto de la Calle: “En Colombia eliminamos la idea de que la Constitución se aprueba contra alguien”

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El exvicepresidente de Colombia (1994-1996) y excandidato presidencial en las elecciones de 2018 conversó con La Tercera sobre el proceso constituyente colombiano: “Lo que hicimos fue un enorme esfuerzo de búsqueda de consensos hasta en los temas más difíciles", sostiene.




Humberto de la Calle ha atravesado grandes e importantes procesos en la historia política colombiana, como las negociaciones de paz con las FARC en 2016, puesto que ofició como jefe negociador del gobierno de Juan Manuel Santos. Pero 25 años antes, este abogado, exvicepresidente colombiano y excandidato presidencial en 2018, fue el representante del gobierno ante la Asamblea Constituyente colombiana de 1991, es decir, la que creó y redactó la Constitución que rige actualmente en el país.

“Lo que hicimos fue un enorme esfuerzo de búsqueda de consensos hasta en los temas más difíciles", sostiene De la Calle, quien además advierte que ante una Colombia que atraviesa actualmente por un “proceso de extrema polarización y de una ferocidad en la política”, si le preguntasen por una constituyente de la misma naturaleza en el país, “yo no la recomendaría”, dice en esta entrevista con La Tercera, en el marco de su participación en el foro “Momento constituyente en Chile: experiencias comparadas”, organizado por la consultora Kreab.

El candidato presidencial, Humberto de la Calle, en Barranquilla, Colombia, en septiembre de 2016.
El excandidato presidencial en 2018, Humberto de la Calle.

Chile está a un poco más de un mes de llevar a cabo un plebiscito constituyente, ¿ve similitudes con el contexto chileno y cómo Colombia llegó a cambiar su Constitución en 1991?

Yo veo similitudes, pero también diferencias, lo cual me permite decir que yo no hablo dando consejos para Chile porque me parece que sería muy pretencioso. El aporte que yo puedo hacer es contar lo que ha ocurrido en Colombia.

¿Cómo nació el proceso para una nueva Constitución en Colombia?

Hubo un momento muy crítico, a finales de los años 80 y 90, una irrupción del narcotráfico de los grandes carteles de las drogas incluso con pretensiones políticas, una campaña electoral presidencial muy violenta, en la cual murieron asesinados tres candidatos presidenciales. Digamos que había una especie de sensación límite en Colombia, de que habíamos realmente llegado al fondo del abismo, y, simultáneamente, una fatiga enorme con las instituciones políticas, con los partidos, con la dirigencia política tradicional. Es una especie de mezcla que fue muy angustiosa para los colombianos. Es en ese contexto cuando un grupo de jóvenes propuso el movimiento llamado “Séptima Papeleta”, quiere decir un voto adicional a las elecciones que ya se veían venir, con el ánimo de buscar solución a esa situación extrema que vivimos. Lo que me parece notable en el caso colombiano es que en una circunstancia tan desesperada, tendría cierta lógica haber acudido al autoritarismo. Estos jóvenes pensaron, al contrario, que había que abrir la democracia y no solo actuar contra el crimen sino mejorar el sistema político. Los candidatos presidenciales acogieron la idea. Elegido César Gaviria, la puso en práctica, formalizó ese voto, y por votación popular se eligió una constituyente que sesionó durante seis meses con el propósito inicial de reformar la Constitución y finalmente lo que se hizo fue expedir una nueva Constitución.

Usted ha dicho que el proceso constituyente de 1991 se logró gracias a que no hubo una lógica de ganadores y perdedores, ¿cómo se logró eso?

Uno de los temas claves es ese. En las múltiples confrontaciones, incluso violentas en Colombia, la Constitución era como una especie de carta de batalla, era como la rúbrica del triunfo de unos sobre otros. Lo primero que me parece a mí es que hubo una especie de reflejo de la comunidad en general, y en la comunidad política, de esta cercanía del abismo, de eliminar la idea de que la Constitución se aprueba contra alguien. Y surge allí un enorme marco de consenso que se mantuvo durante todas las deliberaciones. La primer idea, por cierto, fue generar una especie de proyecto unificado de todas las fuerzas políticas, bajo el liderazgo del Presidente, que es uno de los temas que explica mucho de lo que pasó en Colombia. El Presidente Gaviria se apersonó del proceso, llegó a los máximos detalles, y se construyó esa idea de un proyecto que sería avalado por la constituyente. Después la Corte Suprema eliminó las amarras, dijo que la constituyente era soberana, por lo tanto el proyecto del que hablo se convirtió en el proyecto del gobierno que tenía que coexistir con otros proyectos. Lo que hicimos, más allá de esa soberanía reconocida en la constituyente, fue un enorme esfuerzo de búsqueda de consensos hasta en los temas más difíciles. Hay que recordar que a la constituyente por voto popular llegaron exguerrilleros del M19 que habían acabado de dejar las armas, que hicieron una lista pluralista con otros tipos de personajes de la vida nacional: un movimiento que era como una especie de fraccionamiento del Partido Conservador; los partidos tradicionales; y representantes de muchas organizaciones sociales, en un marco muy pluralista que realmente Colombia no había visto. De alguna manera, la constituyente nos permitió descubrirnos a nosotros mismos. Como en una especie de iluminación, entendimos los colombianos que el camino del abismo solo lo podíamos superar tratando de buscar acuerdos.

Me parece que fue definitiva también, en un menor rango, la acción del gobierno, porque en vez de colocarse contra la pared, se asoció al proyecto, lo promovió. Recuerdo que abrimos cabildos abiertos en cada uno de los más de mil municipios de Colombia. Llegaron propuestas de todas las fuerzas sociales a las que les dimos método y organización.

Promulgación de la nueva Constitución de Colombia, el 4 de julio de 1991.

¿Cómo funcionó en Colombia el reglamento de la Constitución?

Cuando ya se formaliza el proceso, se dictan unos decretos, incluso se acude a una vía extraordinaria, extrajurídica, algunos las criticaron, porque se usaron decretos de estado de sitio que le daban poderes especiales al Presidente para hacer las reglamentaciones iniciales. Allí se dijo que el reglamento se lo daría la misma constituyente y que en ausencia de acuerdo el gobierno dictaría el reglamento. Pues no fue necesario que lo dictáramos desde el gobierno, lo teníamos preparado, pero la constituyente de manera muy rápida y muy sencilla expidió su propio reglamento sin mayores tropiezos. Un reglamento escueto, que funcionó fundamentalmente porque la verdad es que había un deseo de salir adelante y de sacar exitoso este proyecto.

¿Cómo fue el proceso de la redacción de la Constitución y cuáles fueron las prioridades?

La constituyente estaba compuesta por 70 miembros más dos miembros de la guerrilla que no iban por voto popular sino escogidos en cuanto estaban en un proceso de paz, para un total de 72 constituyentes que debían sesionar sin poder exceder el límite temporal, durante seis meses. La constituyente para evitar choques con el Congreso, que en ese momento estaba recién elegido y seguía vigente, se dividió en cinco comisiones por distintos temas. El primer debate se daba en la comisión, ahí se adoptaban los textos por mayoría simple, había un segundo debate en la plenaria donde operaba la mayoría simple y luego un nuevo debate en la plenaria que exigía una mayoría calificada, mayoría absoluta de los miembros. Pero muy buena parte de lo que ocurrió no es tanto que hayamos tenido una profusión de votaciones. Hubo temas que fueron pactados yo diría en los pasillos. Si usted lee las actas, son muy escuetas porque muy buena parte de las discusiones se daban informalmente, siempre en la guía de los acuerdos. Voy a poner un ejemplo para que me entiendan mejor. Como ya dije el movimiento guerrillero que había dejado las armas en ese momento, el M19 logró una presencia importante en la constituyente por voto directo, y se suponía que al llegar al tema de la cuestión militar iba a haber una ruptura, porque se partía de la base de que un movimiento exguerrillero pues querría cambiar a fondo lo que en ese entonces se hablaba con el nombre de doctrina militar. El jefe de ese grupo exguerrillero era Antonio Navarro. Entre Navarro y yo, en una conversación sencilla, él me dijo “mire yo estoy abriendo camino, provenimos de la izquierda pero mi deseo es garantizar que la ruta de Colombia se abra a movimientos alternativos”. Luego yo le propongo que no toquemos el capítulo militar y, en efecto, fuera de un pequeño retoque es un capítulo que se adoptó por consenso casi sin votación, lo cual rindió sus frutos porque eliminó algunos de los temas que parecía con más conflicto.

Vista aérea de una manifestación contra el gobierno del Presidente Sebastián Piñera, en Santiago, el 8 de noviembre de 2019.

¿Cree que esa lógica de unión y de buscar consensos es posible en el proceso chileno, que nació por el estallido social?

Digamos que hay alguna similitud porque cuando lo nuestro fue mucho más grave -ahora estamos padeciendo también circunstancias semejantes a la de Chile-, pero en ese momento, aún ante esa evidencia más grave, pues funcionó por una capacidad como de reacción. No me atrevo a dar un consejo o hacer un diagnóstico, pero sí diría que hoy en Colombia, que estamos viviendo un proceso de extrema polarización y de una ferocidad en la política, absolutamente alucinante porque me parece que hemos dejado de lado buena parte de la reflexión para acudir simplemente al insulto, un ejercicio de esta naturaleza en Colombia, yo creo que sería muy riesgoso porque sí estaría signado por el deseo de derrotar a alguien, de hacer una Constitución como arma de batalla. Si hoy me preguntasen en Colombia por una constituyente de la misma naturaleza, yo no la recomendaría. Hay ideas de constituyentes limitadas para algunos temas, eso podría ser, pero todo este fenómeno que se vivió en el 91 como de reinvención del Estado, me parecería que hoy no hay condiciones.

A casi 30 años del proceso constituyente colombiano, ¿qué cree que se pudo haber hecho mejor? ¿Tiene alguna recomendación para la sociedad chilena y el plebiscito que se avecina?

Hay problemas que han aflorado después que implican correcciones. Por poner el ejemplo más protuberante, los temas de justicia fueron resueltos de una manera que no ha funcionado bien en Colombia. En ese entonces, partimos de la base, que hoy pudiera mirarse hasta ingenua, de creer que la Justicia que era la rama más pulcra del Poder Público, podía contribuir a limpiar los defectos de otros focos de poder, de los organismos de control. Eso implicó que se le dieron funciones electorales de los órganos de control a las cortes. Y el resultado fue el contrario, lo que hicimos fue introducir el germen de la división partidista en la rama judicial, eso me parece que habría que cambiarlo. Lo que me permite decir que de hecho la Constitución del 91 fue mucho más flexible que la anterior, o sea, esa misma Constitución no era arrogante, sabía que podía ser objeto de modificaciones y se facilitó el proceso de reforma constitucional.

Pero en general, lo que me parece que es fundamental y que sigue extraordinariamente vigente en la Constitución, son varias cosas que podrían ser miradas en Chile. Por un lado, se hizo un esfuerzo muy grande de actualizar y modernizar la carta de derechos, incorporarla a la Constitución, con un criterio distinto al tradicional. El tradicional era que la Constitución no era una norma sino una guía, y mientras no hubiesen leyes que la desarrollaran pues no entraba en vigencia. Nosotros cambiamos esa idea en materia de derechos, hay derechos de vigencia inmediata que los jueces entraron a aplicar sin necesidad de esperar la expedición de una ley. Y se creó un mecanismo de protección de los derechos, que en el caso de Colombia se llama la tutela, que permita que en 10 días cualquier persona ante cualquier juez, en cualquier tiempo y lugar puede obtener protección de sus derechos, lo cual fue una verdadera revolución en materia de acceso a la justicia. En segundo lugar, el tema del modelo económico. Lo que hicimos fue no meternos demasiado con el modelo económico, no tratar de cerrar puertas en esa materia con excepciones obvias que son la economía libre, la libertad de empresa, la libre competencia, pero a partir de ese núcleo los tradicionales territorios de intervención del Estado han permitido que cada gobierno interprete su programa de acuerdo con la Constitución sin necesidad de introducir reformas.

Pero nada de esto es una camisa de fuerza. En ese sentido, me parece que lo más sano es una Constitución amplia que permita que cada quien vaya tomando las decisiones económicas que por lo general son volátiles y cambian con los tiempos. Yo creo que más que los textos se respiró un aire nuevo de pluralismo y de tolerancia.

Semanas atrás, cuando la Corte de Suprema dictó la prisión domiciliaria contra el expresidente Álvaro Uribe por un caso de fraude procesal y soborno, su sector ha abogado por una reforma constitucional para modificar la Justicia, ¿cómo ve eso?

La situación se tornó muy crítica porque la reacción del propio expresidente y de sus seguidores fue muy violenta, muy descalificadora de la Corte misma. Es muy preocupante porque claro, se entiendo el deseo de él mismo y sus prosélitos de que salga libre de esas acusaciones, pero mi preocupación es que los ataques se han venido a la misma institución, ese es un juego muy peligroso. Lo que sostienen los seguidores del doctor Uribe, el partido Centro Democrático, es que aquí hay una retaliación de una Justicia que ha venido persiguiendo al expresidente desde antes y que por lo tanto hay que hacer una renovación total de la Justicia.

Demonstrators clash with police during protests sparked by the death of a man after he was detained by police in Bogota, Wednesday, Sept. 9, 2020. Javier Humberto Ordonez, 46, died in hospital after receiving repeated electric shocks with a stun gun from officers who detained him for violating social distancing rules to curb the spread of the coronavirus. (AP Photo/Ivan Valencia)

Colombia actualmente vive momentos de protestas ante la violencia policial y una serie de otras críticas al gobierno que comenzaron en noviembre del año pasado, ¿cómo compara estas revueltas sociales y sus motivos con el estallido social chileno?

Hay una acumulación de problemas para los cuales el acelerador fue este caso de abuso policial, pero yo creo que resume una cosa más profunda que es un manto de insatisfacción muy grande, en un momento con consecuencias sociales de la pandemia, tenemos un desempleo del 21%, mucho más agudo en la juventud y en las mujeres. Sí creo que estamos en una situación difícil que exigiría recuperar un proceso de consensos y de discusión de las fuerzas políticas que supere esta situación de confrontación tan irreflexiva que es la que estamos viviendo hoy.

Sobre el tipo de órgano que redactará la Constitución, se contemplan dos alternativas: convención mixta y convención constituyente. ¿Cuál es su opinión sobre estos métodos?

En el caso de Colombia se eliminaron todos estos tipos de restricciones. Incluso, lo que ocurrió fue que se instaura la constituyente durante seis meses que concluyen con un nuevo llamado a elecciones, el Congreso fue disuelto y eso ocurrió con tensiones políticas pero de manera extraordinariamente pacífica y se inauguró una nueva etapa parlamentaria. Todo esto sucedía en el seno de la constituyente. En la redacción de los textos lo que se hizo fue una propia comisión interna de la constituyente que iba mirando los temas de estilo, de redacción, de coherencia. Pero en la experiencia colombiana si uno amarra demasiado esa constituyente lo que produce es una frustración porque en el sustrato de todo esto, desde una perspectiva más social que jurídica, el ánimo y el deseo y la voluntad de los colombianos era de cambios profundos y de haber encontrado que realmente la Constitución anterior, que venía de 1886, se había quedado pequeña y que necesitábamos un ropaje institucional nuevo y mucho más grande y más audaz. A mí me preocupan mucho esas restricciones en Colombia, creo que hubieran producido una situación más bien de frustración, que hubiera terminado siendo aún más peligrosa.

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