El museo de la bruma de Galo Ghigliotto: un archivo negro de Tierra del Fuego

Galo Ghigliotto

En el libro, Ghigliotto reconstruye con pedazos el rostro monstruoso de la historia reciente de la Patagonia chilena.



Un museo se quema en Tierra del Fuego. Como las viejas fogatas que dieron nombre al territorio, las instalaciones arden, arreciadas por el viento de esa zona extrema. Un grupo de investigadores –o curadores o escritores: no lo sabemos y tampoco importa mucho— se propone, en homenaje a los viajeros "dispuestos a recorrer cientos de kilómetros de pampa para verla", reconstruir la muestra expuesta en sus salas. El hallazgo de "las galeradas incompletas del primer y único catálogo impreso del museo", más otras piezas, les permite montar una "exhibición parcial, acaso fantasmagórica" que represente "el aura de la muestra original del Museo de la Bruma".

Hasta ahí, el libro –o novela fragmentaria o archivo negro de Tierra del Fuego— se nos aparece como un artefacto inofensivo, aséptico y muerto como las salas de algunos museos.

Galo Ghigliotto (Valdivia, 1977), sin embargo, va reconstruyendo con pedazos el rostro monstruoso de la historia reciente de la Patagonia chilena: el exterminio de los selk'nam llevado a cabo por el rumano Julius Popper; el historial de Walter Rauff, que escapó a Porvenir para evitar los juicios por dar muerte a un millar de judíos en la Alemania nazi y terminó prestándole sus servicios a la DINA y siendo homenajeado por Miguel Serrano en su funeral; así como un compendio de rarezas y anotaciones a pie de página que describen una Tierra del Fuego fantasmagórica.

El procedimiento, que se parece más a la reconstrucción de un archivo o la recapitulación de una enciclopedia, le sirve para describir las formas que adquiere la barbarie, ya sea en su faceta de proyecto colonizador –Popper armándose collares con orejas de selknams— o de proyecto político delirante –Rauff exterminando judíos a través de la reclusión de esto en camiones en donde se les obligaba a respirar el dióxido de carbono del tubo de escape de los vehículos—, entre otras.

Recuerda también, salvando las diferencias, a la estrategia con que Bolaño va contando los casos de mujeres asesinadas en La parte de las mujeres de 2666. En El museo de la bruma, la frialdad glacial de los informes forenses son las piezas que, como escombros, intentan reconstruir el museo, que a su vez es una reconstrucción fallida de la Historia, que es una reconstrucción sincrónica de la realidad, etcétera.

La ausencia de un narrador le permite al autor construir un artefacto literario complejo, que renuncia también –podría haber sido una salida fácil—a una romantización de aquella otredad, los selk'nam, aniquilada impunemente. En la Pieza n° 73, por ejemplo, se describe la Ceremonia del Isse-Ohone con esta cita de Patricio Manns: "Así, cuando una de ellas [mujeres selk'nam] faltaba a su pueblo o a su marido, era ejecutada mediante el castigo conocido como el Isse-Ohone, que traducido litralmente significa 'huracán vaginal' y consistía en que toda la comunidad masculina se turnaba ininterrumpidamente, día y noche, sobre el cuerpo de la culpable hasta darle muerte. En estos casos se trataba de un ajusticiamiento por sobredosis de esperma". Esquivar el mito del buen salvaje, en este caso, funciona como una forma de evitar la sencillez de los caracteres que componen la obra.

En medio de esa evocación de horrores, aparecen también algunos chispazos de humor. En la Pieza n° 111, "Testimonio del doctor Beonit Vasse, visitante de la Isla Dawson (2010)", leemos: "Por mi parte, ahora sí, mi necesidad de ir al baño se hizo imperiosa, así que me acerqué a un uniformado que vigilaba el muelle para preguntar si había alguna caseta, a lo que, muy gracioso, me respondió que él ya estaba habituado a hacer «hacer sus necesidades» —con todo respeto, me parece gracioso cómo los chilenos dicen «mis necesidades», como si lo único que necesitaran en sus vidas es ir al baño—". La introducción de estos testimonios funciona, diríamos, como un respiro: narraciones breves, siempre vinculadas al núcleo del libro: "Nos daba tanto miedo ese Walter Rauff. Pero así porque sí, no porque nos hubiese hecho nada malo. No, no era para nada el viejo borracho" leemos en la Pieza N°1, "Testimonio de Blanca Mardones, vecina de Porvenir".

Por la superposición de voces, la existencia de varias historias que se va superponiendo y narrando de forma paralela, el montaje de archivos y su uso como materia para la construcción de una ficción que borra los límites con la realidad, El museo de la bruma se parece más a Tierra Sola, el documental de Tiziana Panizza sobre Isla de Pascua, que a cualquier otra obra de la narrativa chilena actual. Esa variedad en el uso de procedimientos y el cruce de materiales es, también, una de las riquezas de la obra y, quizá, el borde al que un lector de novelas decimonónicas podría llegar y retirarse. Para bien o para mal.

"¿Cuántos años vivieron los selk'nam en la Tierra del Fuego sin imaginar lo que pasaría? Tal vez alguno, así como yo me desvelo ahora, soñó la desaparición de todos sus descendientes, sin poder hacer nada" leemos en la Pieza N°20. Esa es una de los tantos cabos sueltos que el libro deja. Una pregunta sin respuesta que se cierne sobre el museo y lo cubre como bruma.

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