Gael García Bernal: "Al dirigir una película, puedo experimentar y joder"

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Gael García Bernal.

Hace 20 años, le bastó ser un chico de la calle en Amores perros para hacerse famoso. Hoy, Gael García Bernal dirige Chicuarotes, su propio filme sobre dos jóvenes que patean piedras. Se estrena el 29 de agosto, pero antes se da en Sanfic, festival organizado por Fundación CorpArtes que comienza hoy.


Dos adolescentes con la cara pintada, payasitos del transporte público y de la calle, chocan contra el paisaje de caras largas e indiferentes de un bus en Ciudad de México. Para los pasajeros, más pueden sus smartphones que los chistes malos, más vale seguir durmiendo que poner atención a los gritos destemplados de dos hambreados de comida y buenas bromas. De alguna manera, Cagalera y Moloteco saben que tendrán que ir contra las leyes, las costumbres y el bolsillo de los viajantes para romper el círculo de la pobreza.

El alma delictual, sugiere la película Chicuarotes (2019), no surge de la nada. Por el contrario, es la consecuencia evidente de la desesperación social y de un hogar (si es que hay tal) donde el cachetazo, el golpe y la borrachera del padre habitan por defecto.

La segunda cinta como director del actor Gael García Bernal (1978) regresa al camino de los desbalances de clases, las injusticias endémicas y la vida ruda, cuestiones que también estaban en Déficit (2007), su primer filme en la realización. Ahí, García Bernal se reservó el rol protagónico de un niño rico, pero hijo de un sinvergüenzas al servicio del poder. Su vida fácil de fiestas y ocio contrastaba con la servidumbre en la casa, pero sobre todo con un país en crisis. En Chicuarotes, que debe su nombre al apodo que reciben los habitantes de la localidad de San Gregorio Atlapulco, todos los personajes son pobres. O, más bien, todos son pobres a su manera: tal vez Moloteco, el amigo de Cagalera, sea más pobre que el carnicero del pueblo, pero este es a su vez más miserable de espíritu que el chico vagabundo.

Los dos errabundos adolescentes abrigan una desesperación que los emparenta con Octavio, el chico de las peleas de perros de Amores perros (2000), la película de Alejandro González Iñárritu que hizo conocido al mexicano. A diferencia de los personajes del primer largometraje de Alejandro González Iñárritu, todos criaturas del asfalto del centro de Ciudad de México, los habitantes de Chicuarotes pertenecen al microcosmos de una comunidad del extrarradio de la urbe: la mencionada San Gregorio Atlapulco, en Xochimilco, región poblada de ciénagas y ríos. Es el lugar donde creció Augusto Mendoza, el guionista de la película, quien aquí recogió una serie de historias que escuchó en su propia localidad.

"Fue todo bastante extraño, pues nunca me había involucrado en un proyecto que ya estaba escrito. Esta historia me explotó en la cabeza y me motivó", comenta Gael García Bernal, al teléfono desde Buenos Aires, una de las dos ciudades donde vive junto a Ciudad de México. El actor de Diarios de motocicleta (2004) presentó su segundo largometraje como director en el último Festival de Cannes, el mismo encuentro que en su momento recibió a Déficit y también a Amores perros. Ahora trae la película a Chile, donde se dará mañana, a las 22 horas, en CineHoyts Parque Arauco, dentro del 15° Festival de Cine Sanfic, encuentro organizado por Fundación CorpArtes y producido por Storyboard Media que se inaugura hoy en la noche (más información de precios y días en Sanfic.com). Luego, desde el 28 de agosto, Chicuarotes estará en la Cineteca Nacional y la Sala K en Santiago (y también en Valparaíso, Chillán, Constitución y Puerto Varas) gracias a la distribución de Market Chile y la exhibición de Red de Salas.

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Pero ¿qué explotó en la cara a Gael García Bernal para retornar a sus labores de dirección tras 12 años? ¿A qué se refiere? "Fueron dos los factores que más me llamaron la atención. Por un lado, en esta historia hay una especie de comedia que sucede en el contexto de un drama, algo difícil de describir con palabras, pero de una originalidad tremenda. Pero al mismo tiempo hay una serie de personajes muy precisos e identificables que le dan novedad a la historia, empezando por los nombres: el Cagalera, el Chillamil, el Baturro, la Sugheili, la Tonchi", cuenta el actor de Y tu mamá también (2004), de Alfonso Cuarón.

¿Quiénes son esos caracteres con nombres únicos? Cagalera (Benny Emmanuel) y Moloteco (Gabriel Carbajal) se ganan la vida en las micros como payasos o asaltantes, según les responda el público, pero en un momento toman una decisión crucial, que también tendrá eco en el pueblo. Moloteco no tiene hogar, a diferencia de Cagalera, que sí lo tiene, pero es más bien pura tragedia: su padre Baturro (Enoc Leaño) golpea a la familia cuando quiere; su madre Tonchi (Dolores) aguanta como puede. Mientras, afuera, hay un ángel y un demonio: Chillamil (Daniel Giménez Cacho), el sicario del pueblo, y Sugheili (Leidi Gutiérrez), la ingenua novia de Cagalera.

"Estos personajes tienen muchos colores. Parece que fueran más de los que son, pero es porque a riesgo de sonar presuntuoso de mi parte, me parece que los caracteres son muy ricos y bien construidos", dice el actor y director, conocido además por No (2012) y Neruda (2016), sus dos películas con el director chileno Pablo Larraín . "Incluso una amiga me decía que hasta podríamos hacer figuritas de ellos", agrega, no sin antes aclarar: "Ahora bien, como actor estoy acostumbrado a moverme entre los actores, entre mis iguales. No me es ajeno. Lo raro es que al hacer esta película me hubiera fijado más en el paisaje o la fotografía. Era natural que me importara todo el magma que se produce en las dinámicas de ellos".

Pero más allá de las dinámicas, el mexicano confiesa que dirigiendo puede encontrarse con libertades nuevas. "Creo que siendo actor, pues yo me considero actor antes que nada, puedo experimentar más a la hora de dirigir. No tengo todos los huevos en la misma canasta y, en ese sentido, el espacio de la experimentación me lo da la dirección. Ahí puedo jugar y joder. Es donde puedo armarlo todo en una forma muy particular", comenta. Es más, a la hora de comparar el lugar del actor con el del director, saca esta conclusión: "Haber estado en rodajes tan diferentes te da una visión muy amplia de lo que pasa en el cine. Es distinto a lo que le pasa a un director, que después de su filme ya no visita otro set ni trabaja a las órdenes de nadie. Un actor, en cambio, adquiere una noción muy linda de lo que quiere y cómo lo quiere, de cuál es el accidente que busca".

Uno de esos detalles puede ser, por ejemplo, lo siguiente: Cagalera ve el programa 31 Minutos mientras en su casa todo se va al carajo. ¿Es un guiño al programa creado por Pedro Peirano y Álvaro Díaz? "Bueno, Pedro es un gran amigo mío", dice García Bernal. "Pero, además, se debe a que mientras hacíamos las locaciones en Xochimilco, uno de los chicos estaba viendo 31 Minutos en casa. En México dan el programa en la televisión abierta en dos señales del canal cultural. Este es uno de los detalles de la película. Es decir, el Cagalera ve cosas de niños, ve dibujos, ve títeres. No le interesan los deportes ni los noticiarios. No le importan esas cosas de los mayores".

Hijo de los actores José Angel García y Patricia Bernal, el hombre de Guadalajara cree que las condiciones afectivas son tan determinantes como las económicas para que un muchacho caiga en el empedrado de la perdición. Aplica aquel credo a los personajes de su filme: "Una de las razones no totalmente percibidas de vidas así es la falta de amor, los miedos, la inseguridad y el odio que se puede heredar a un hijo o hija. Ese es el verdadero horror que nutre todo lo que puede pasar después. Si a eso le agregamos un paisaje social donde no hay un Estado que proteja, el resultado es catastrófico. Hay que tener un margen de maniobra para no sucumbir a la narrativa que te tocó vivir, a las condiciones de tu vida. Si tienes ese margen, podrás entrar a una narrativa diferente. De esa manera, una difícil juventud será solo un recuerdo, una aventura en tu vida".

Aquel anticuerpo previo del amor familiar estuvo en la infancia y juventud de Gael García ("pues claro, como muchos otros, como tú también", dice con seguridad desafiante), quien precisamente viene de actuar en Ema (2019), película de Pablo Larraín de la que prefiere no hablar por ahora y que lidia con la adopción entre otros temas. "Si vives en un entorno amoroso, puedes darle la vuelta a lo jodido que puede ser vivir. Pero claro, en el mundo está lleno de Cagaleras y Molotecos, de muchachos que terminan en la catástrofe, en una especie del formato del terror y de la violencia. Es decir, ¿cómo diablos a un niño le puede parecer legítimo secuestrar a otro niño?", se pregunta.

Productor de películas como la elogiada Zama (2017), de la argentina Lucrecia Martel, o de la premiada serie Mozart in the jungle (2018), protagonizada por él mismo, García Bernal ha mantenido un apetito voraz en el universo audiovisual. Hay algo de porfía y ambición ahí, pero quizás todo tiene un límite: "Ese apetito viene de querer hacerlo todo. Pero no en el sentido de poseerlo o de coleccionar pinturas como objetitos para tenerlos en la casa. Por el contrario, me gusta que los proyectos tengan una exposición pública, que se realicen. Aún así, ¿sabes qué? No se puede estar en todas. Si hago 40 mil cosas al mismo tiempo, al final no se disfruta nada".

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