Pobre ave

vial columna

"Sin exagerar, yo consideraba que defender viril y reciamente una estética afín era lo menos que podía hacer antes de dar pasos más radicales en la vida, como, por ejemplo, reproducirme, adquirir una vivienda, invertir en fondos mutuos, salir a la caza de herencias o, en el sentido opuesto, embarcarme en un velero sin rumbo fijo o internarme en los bosques patagónicos para vivir en carne propia ese experimento en soledad al que con tanta lucidez -y un dejo de irresponsabilidad- nos incita Thoreau", comenta el crítico y traductor literario en su texto de hoy.


Durante los últimos trece años, semana tras semana, publiqué en esta página 666 reseñas literarias. No lo digo con jactancia, créanme, pues hoy la cifra me parece endemoniadamente excedida, si es que no desfachatada y escandalosa. De partida, me obliga a reparar en qué gasté los últimos atardeceres de mi juventud, y, seguidamente, vuelve cierta, o al menos más visible, la amenaza del anquilosamiento. El exagerado número también siembra dudas en torno al beneficio, si es que en verdad lo hubiera, de continuar enfrascado desenrollando de manera incesante mapas y mapas literarios, envuelto en una nube de humo de tabaco que ya ni siquiera produce los efectos salutíferos del ayer.

Aun así, no tengo la ligereza de espíritu como para admitir de entrada, tajantemente, que basta, que abandono el oficio de crítico, que estoy hasta la coronilla y que nunca más volveré a escribir sobre un libro contingente. De hecho, mentiría si afirmara eso, puesto que todavía me siento bendito por haber encontrado un lugar donde expresar con total libertad opiniones literarias de muy diverso calibre. Si por casualidad desemboqué en el reseñismo de combate, me digo en pos de la templanza, se debió justamente a que los libros fueron y seguirán siendo una parte importante de mi vida.

El gran crítico literario inglés Cyril Connolly sostenía que la crítica es un trabajo a jornada completa con un sueldo de media jornada, un trabajo en el que el crítico gasta lo mejor que tiene en ocuparse de la mediocridad ajena. Guardando las insalvables distancias que me separan de aquel gordo inestimable, puedo asegurar que pocas veces experimenté una desazón similar a la suya en el transcurso de estos años. Sin exagerar, yo consideraba que defender viril y reciamente una estética afín era lo menos que podía hacer antes de dar pasos más radicales en la vida, como, por ejemplo, reproducirme, adquirir una vivienda, invertir en fondos mutuos, salir a la caza de herencias o, en el sentido opuesto, embarcarme en un velero sin rumbo fijo o internarme en los bosques patagónicos para vivir en carne propia ese experimento en soledad al que con tanta lucidez -y un dejo de irresponsabilidad- nos incita Thoreau.

Al principio hablé de mapas literarios. Los cartógrafos flamencos y holandeses de los siglos XVI y XVII adornaban sus mapas con espeluznantes criaturas marinas para no dejar espacios en blanco dentro de las hermosísimas composiciones que dibujaron con incomparable arrojo y bastante precisión geográfica. Estos artistas neerlandeses sufrían del mismo mal que Mario Praz, el notable coleccionista, escritor y crítico del siglo XX, quien no soportaba que las paredes o las habitaciones o los salones del apartamento que habitó en el Palacio Ricci, en Roma, no estuviesen atiborrados de objetos decorativos. Conocida desde la Antigüedad, la afección se llama horror vacui: pavor al vacío. Los libros que leí para esta página adornaron con piezas insustituibles -y con aterradores monstruos marinos- las covachas de mi mente. Ahora último, sin embargo, cuando me corresponde comentar un libro, siento algo parecido al horror vacui de los pintores o estetas. Y la verdad es que me complace que así sea.

Creo que el asunto guarda en alguna medida relación con el silencio, con el valor del silencio. Durante más de una década, buena parte de mis lecturas estuvieron sujetas al acto de leer y escribir acerca de lo leído, esto es, leer sin el debido silencio, leer sin espacio para callar. Hoy me inclino por un módico silencio. Me he propuesto, por ejemplo, terminar de una buena vez el mamotrético Zibaldone de Leopardi y, quizás, si las circunstancias lo permiten, dirigir un poco la escritura hacia las orillas de la contemplación. Dejo atrás un circo fascinante, con sus esperpentos, sus funambulistas, sus mujeres barbadas, sus contorsionistas, sus enanos, sus tragasables, sus magos, sus payasos y sus ventrílocuos. Pero, claro, no seré precisamente yo el pobre ave que se empeñe en abarrotar con insulsas palabritas decorativas esta página querida, aunque me aqueje un incipiente horror vacui.

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