Mónica Echeverría habla de Juan Emar y recrea las tertulias de Huidobro y Anguita

mónica echeverría

Mónica Echeverría.

La fallecida escritora recuerda aquí el papel de animador del debate artístico y literario que tanto en Chile como en Europa cumplió su tío, el autor de Umbral e inquieto militante del Grupo Montparnasse.


Biógrafa de Clotario Blest y Violeta Parra, cofundadora del Centro Cultural Mapocho y del departamento de teatro infantil del Ictus, la destacada intelectual chilena, responsable de Crónicas vedadas, Difícil envoltorio y Cara y sello de una dinastía, es testigo clave de la discusión artístico-literaria que tuvo lugar en el país durante la última centuria. Nieta de Eliodoro Yáñez, esposa de Fernando Castillo Velasco y sobrina de Juan Emar, rememora en esta entrevista realizada en mayo la excéntrica forma de ser y de pensar cultivadas desde la adolescencia por este escritor —su tío "Pilo"—, bajo cuya pluma nacieron Ayer, Diez, Umbral y las Notas de Arte que firmó en La Nación hasta que el diario fue requisado bajo la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo.

¿Qué recuerdos de infancia guarda usted sobre Juan Emar?

Para los niños en general, para mi hermano Alfonso y para todos mis primos, él era el ser más original, más entretenido y más raro. ¿Por qué? Porque, por ejemplo, nos llamaba, le interesaban los niños. Nos decía: "¡Vengan, les tengo una sorpresa!". Él coleccionaba insectos, animales raros, entonces tenía metida en una especie de corralito una araña peluda, un ratón de esos grandotes y una abeja. Todos esos animales un poquito peligrosos. Y repetía: "¡Vengan, vengan!". Entonces todos los niños nos quedábamos mirando estos animales, a los que él hacía pelear. Lo que le interesaba era que uno destruyera a otro y ver cuál podría ser el más fuerte. Si la araña peluda, por ejemplo, cuando se engrifaba y el ratón le pescaba una pata o se la arrastraba… para los niños eso era lo más interesante y lo más hermoso.

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Lo seguían.

Lo seguíamos, porque se paseaba mucho por el huerto, por el jardín de nosotros. Mi abuelo tenía una hacienda que se llamaba Lo Herrera, muy grande, que ganó en un pleito. En esa hacienda nosotros caminábamos alrededor de él, mirándolo. Primero, porque caminaba con la cabeza gacha, con los brazos moviéndose un poco y sin mirar nada. No miraba la naturaleza que había alrededor, sino que caminaba y caminaba. Nosotros los niños pululando al lado… y a él le gustaba que los niños lo consideraran un personaje raro, extravagante. Mi mamá era escritora también, pero era escritora más de la época, invitaba a sus tertulias a Gabriela Mistral y a la gente de entonces. Esos eran los invitados. A mi tío "Pilo", como le decíamos, lo invitaba ella porque sentía que había algo diferente y original en él. Entonces le pedía que participara, pero él no lo hacía en absoluto. Apenas saludaba a todo el mundo y después, decía mi mamá, llegaba a molestar a la tertulia. Estaban todos sentados tratando de hacer un diálogo y él se paseaba alrededor de ellos observando lo que hablaban, como en el fondo burlándose o, a lo mejor, asimilando ese extraño mundo.

Era plena época de las tertulias.

Claro. Mi padre administraba esta hacienda Lo Herrera y nosotros permanecíamos todo el año ahí con él y todo el resto de la familia se iba. Y se le dejaba a mi tío "Pilo", ya más grande, el mes de febrero a él, para que él invitara a quien quisiera. Entonces llegaban ahí los más importantes poetas y escritores de esa época; entre otros, Vicente Huidobro, que era el personaje, para todos ellos…

…central.

…central, sí. Toda una maravilla Vicente Huidobro con Ximena. Llegaba Eduardo Anguita, que era como su discípulo. Él sabía que tenía una corte de gente que lo admiraba, lo seguía y lo hacía hablar y él se sentaba muy solemne al final de la mesa y mi tío Juan Emar dirigía un poco todas estas charlas, estas conversaciones, que eran muy entretenidas. Mi hermano mayor y yo sentaditos escuchando y participando de este mundo extraño que eran estos escritores un mes entero en este campo. Huidobro charlando y dando cátedra… porque dictaba cátedra; el genio estaba ahí a nuestro alcance y podíamos escucharlo y seguirlo.

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La tertulia permitía estrechar esos lazos.

Sí. Tanto fue, que mi hermano fue el albacea de Huidobro, a quien le dijo: tú vas a ser mi albacea, en Cartagena, cuando ya estaba mal. Y entonces se seguían las tertulias y todas las noches se jugaban juegos diferentes: charadas y toda esa clase de cosas. Nosotros teníamos doce, catorce y dieciocho años. Era una maravilla pertenecer a eso. Y luego una fiesta final. Entonces ahí todos nos disfrazábamos. Me acuerdo de dos disfraces de mi tío Juan Emar. Uno era El hombre al revés y el otro era La vieja de mierda, con una cantora en la cabeza. ¿Te fijas? Por eso te digo que era un mundo lleno de imaginación, de destape. Para nosotros fue como estar en colegio de las artes y de la vida, fue muy raro.

Un sueño todos los días.

Exactamente.

Y este bicho raro era un hombre del mundo de las artes.

En realidad, hacía preguntas.

¿Por ejemplo?

"¿Tú, Vicente, qué crees de esto? ¿Pero, cómo dices no? Ya, entonces la poesía para ti es esto otro". Era un poco interrogador. Y como el Dios para nosotros era Vicente Huidobro y, por último, Eduardo Anguita…

No deja de ser paradójico que Juan Emar conviva con estos personajes del arte local en ese espacio, en una hacienda, justamente cuando él empieza a desarrollar toda una teoría que trata de echar por tierra el criollismo.

Los criollistas, cuando yo entré a la universidad, eran los genios, eran los grandes escritores. Mariano Latorre fue mi profesor. Imagínate la diferencia. Eduardo Barrios se salía un poco de ese mundo, porque de repente escribía de otra manera, pero, en general, era apegado al criollismo. El único gran crítico de esa época fue Hernán Díaz Arrieta (Alone). Él decidía quiénes valían y quiénes no valían; quiénes eran los grandes y quiénes eran los mediocres. Y es interesante, porque no le hizo una crítica en contra a Juan Emar. Yo creo que él se quedó tan estupefacto con este extraño escritor, a quien no logró entender para nada, que prefirió hacer como que no valía nada. Pero para los escritores de esa época no tener crítica de uno de los más importantes críticos, era gravísimo.

Era como no existir.

Exacto; entonces para Hernán Díaz Arrieta no existió Juan Emar.

El tema era la asimilación del vanguardismo.

En esa época, para nosotros Huidobro era el genio y, Neruda, pegadito en genio, pero diferente al creacionista. Para ese grupo era más Huidobro que Neruda. Bueno, yo creo hoy día que Neruda es más que Huidobro, pero…

…pero Huidobro estaba de moda, eso era inevitable.

Eso era inevitable. Bueno, lo que sucedió es que mi hermano menor, Alfonso, fue un admirador total de Juan Emar y él comenzó a sacarnos a la luz; había algo diferente en él y que era algo único. Lo menciona muchas veces en sus poesía y novelas. Y de pintor, había otros pintores que se lo comían en esa época, que eran considerados mucho más importantes. Era muy modesto, él pasaba sin alarde por la vida, como mirando a un lado y otro, observando, pero sin nunca tener la pretensión de un Huidobro o de un Neruda, que eran monólogos los que existían en esas casas.

Monólogos…

Cuando Juan Emar invitaba a Neruda, cuando invitaba a Huidobro, alternadamente, por supuesto, eran monólogos. Ellos eran los grandes maestros de las cosas maravillosas y extraordinarias. Y, además, Juan Emar era un personaje que sabía escuchar; miraba, escuchaba y sonreía. El humor siempre para él era importante, pero no era una persona que estuviera dando cátedra jamás. No se le podría haber pasado por la mente.

No era el centro de mesa.

Para nada.

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Y cuando usted empieza a tomar conciencia de este hombre que escribe, de este hombre que pinta, Juan Emar ya está de vuelta en Chile de un periplo importante por Europa. Se ha constituido el Grupo Montparnasse y el nombre de Camilo Mori está en el horizonte de la discusión nacional.

Yo creo que eso es un aporte que nunca han valorado de Juan Emar. La sección Notas de Arte, que él dirigió en La Nación, abrió para los artistas en Chile otro mundo, otra perspectiva, otro nivel y otra mirada. El Bellas Artes siguió tan antiguo como siempre, pero para los jóvenes que estaban comenzando, Notas de Arte fue una maravilla. En ese sentido yo creo que, sobre todo para los pintores, pero para los músicos también, Juan Emar abrió ventanas.

¿Cuáles son los últimos recuerdos que usted tiene de Juan Emar con vida?

Yo lo vi unas semanas antes de que él muriera. Él ya estaba muy mal, ya tenía cáncer, un cáncer pronunciado; fue engordando, no tanto, porque no era obeso, sino que poniéndose más ancho. Entonces era bastante impresionante físicamente.

¿Usted siente de alguna manera que hay aspectos de la vida de Juan Emar que ha ido comprendiendo años después, a través de su literatura por ejemplo, de la lectura o relectura de sus textos?

Era un hombre al que Europa marcó mucho. Pero él es un escritor para mí completo y absolutamente chileno, es de los pocos que hace una descripción de la naturaleza chilena. Permaneció siendo un hombre muy apegado a Chile y su paisaje, a sus pueblos y a los personajes de sus pueblos, y por eso tienen esos nombres en sus obras.

Van esas descripciones en su narrativa en general.

Y eso me lo volvió a insistir Raúl Ruiz. Raúl Ruiz fue un gran admirador de Juan Emar. Lo único que él quería, y desgraciadamente se nos murió, era hacer Umbral. Llegó cuando yo trabajaba bastante en la Biblioteca Nacional a buscar libros para mis descripciones. Ahí me lo encontraba y él venía. Raúl Ruiz nunca pudo llevar a cabo para nosotros ese sueño de que algo de Umbral hubiese estado visto en imágenes.

Él escribía Notas de Arte en un diario que terminó requisado por Carlos Ibáñez. Considera que después de Juan Emar, actualmente se hace crítica literaria en Chile?

No. Creo que, en general, en todo el término de la palabra, en música, en teatro, en cine y en literatura sobre todo, no hay grandes críticos.

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