Roser Fort: "Nunca pensé que a los 62 años me iba a tener que reinventar"

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Gestora cultural por décadas, profesora de Educación Física por formación y relacionadora pública por defecto, esta descendiente de catalanes vio con impotencia quemarse un ícono de la cultura santiaguina. Hoy, más que ahondar en las causas del incendio, su directora piensa en el Centro Arte Alameda que viene.


Hasta la tarde del pasado jueves, cuando sus vecinos del Colegio de Arquitectos les habilitaron una oficina, Roser Fort y su equipo del Centro Arte Alameda funcionaban en lo que quedó de él tras el incendio del viernes 27 de diciembre: básicamente, el café del costado oriente del recinto, donde hay agua potable y un baño operativo, así como algunas sillas para sentarse a conversar con un periodista. Capaz, con todo, de dibujar en su rostro una sonrisa, está acompañada por su encargada de prensa, Denisse Leigthon, quien ha sido un puntal para ella, tal como el resto de un equipo que, entre otros, integra su hijo, Martín Castillo, quien asomó durante unos minutos de la conversación.

Sentada, mirando la puerta que da a la calle, Fort deja adivinar tras ella, al fondo, un espacio arrasado: cuadernos chamuscados, sillas y pisos estropeados, plásticos quemados que semejan challas colosales (a un par de pasos está la sala 1, de cuyas 300 butacas no quedó una sola). Se confiesa devastada, y da la idea de que mucho no ha dormido. Para peor, el aire del lugar se siente contaminado, al límite de lo respirable. Pero a esta descendiente de catalanes le alcanza para hablar. Más que de sí misma, de la que considera su casa: un clásico de la vida cultural santiaguina, identificado con la transgresión, la vanguardia y la diversidad. Un lugar instalado a pasos de la "zona cero" de las protestas santiaguinas, y que tras el 18-O cedió espacio a los voluntarios que prestaron primeros auxilios a los manifestantes heridos o lesionados (un "foco de la resistencia" quemado por ser tal, al decir de Alberto Fuguet).

"Era una situación freak", cuenta ahora sobre los días y semanas previos al fuego: "La gente venía al cine, estaban los rescatistas atendiendo y, cuando salían de la sala, se encontraban en la calle con una película de acción".

Para el incendio, cuando caía la tarde de ese viernes, ella estaba en el hall. Dice que en días anteriores hubo un amago y que hasta los habían provisto con doce extintores adicionales. Pero no sirvieron de mucho. "Nuestra primera preocupación fue que saliera la gente que estaba en las salas", recuerda. "Había como 15 personas en la sala 1 y unas 10 arriba, en la sala 2. Nunca había estado en un incendio y decía, 'vamos lento', como en los temblores. Pero cuando nos dimos cuenta de que esto se había ido de las manos, lo que más nos preocupó era que salieran todos. Fuimos eficientes, hubo un protocolo: sin darnos cuenta, nos habíamos preparado y trabajamos en pos de proteger al público y a nosotros mismos".

Desatadas las llamas y en las horas que siguieron -cuando se verificó la "pérdida total" de un edificio con seguros comprometidos-, hizo gala de su conocida energía: salió a la calle, cuenta, y les habló golpeado a los carabineros que había enfrente, no sin recibir una reacción burlona. Luego, consultada por los medios, asoció el incendio a las bombas lacrimógenas que cayeron al segundo piso en los minutos inmediatamente anteriores al inicio del fuego.

Casi una semana después de los hechos, no retira lo ya dicho, pero tampoco quiere insistir: hay una investigación en curso que la tendrá declarando el martes ante la Policía de Investigaciones, y el abogado que representa a la Corporación Cultural Arte Alameda, Juan Pablo Hermosilla, le ha hecho ver la conveniencia de no ahondar en el punto.

Por lo demás, el presente doloroso no es el único tema: lo son también un futuro que busca una nueva oportunidad, ojalá en el mismo espacio, y un pasado donde a veces cuesta distinguir a esta entidad cultural de su directora.

De buzo

Dice que las relaciones públican le han sido innatas, y probablemente pocos periodistas que la conozcan le llevarán la contraria a ese respecto. Roser Fort (62) se mueve, eso sí, en un ámbito nada evidente cuando entró a estudiar Agronomía, que dejó pronto botada para estudiar Educación Física. Terminó esta última carrera y la ejerció catorce años en el Bradford y La Girouette, pero el "bichito cultural" que pululaba en su familia y entre sus cercanos la picó lo suficiente para hacerla asistir, de buzo y sin complejos, a espacios como Matucana 100, a ver bandas como Electrodomésticos y Upa! Eran los últimos tiempos de la dictadura.

No mucho después, unos amigos que trabajaban con la editorial Hachette y la Librería Francesa le soplaron que se buscaba una relacionadora pública para la librería y para los lanzamientos de la editorial. Con toda la fe, Roser Fort postuló. Y quedó. Así, durante no poco tiempo, hacía trotar colegiales y en paralelo se ocupaba de difundir libros como El loro de siete lenguas, de Alejandro Jodorowsky (un hit cultural de 1991).

Conoció periodistas y gente de la literatura y del cine, y una cosa llevó a la otra: se involucró con la productora Rialto, a cargo de Luz Pereira, que gestionaba en Vitacura la Sala Espaciocal. Poco después, Rialto se haría responsable del Cine Arte Alameda, que operaba desde 1992 en el mismo espacio que vio funcionar, entre 1982 y 1991, al Cine Arte Normandie. "Ahí renovamos la programación: propusimos películas como Las noches salvajes [controvertido e intenso drama sobre un joven con VIH]. Hubo contenidos nuevos para la época", recuerda Fort. Y vino, hacia el final de la década, la separación con Luz Pereira, que abandonó la sala tras números desfavorables, entrando en la ecuación Alejandro Parra, así como la productora Gitano, en la que ambos llevan largos años como socios (él, como director ejecutivo; ella, como directora, a secas). A partir de ahí entrarían la música y las artes a un espacio que pasó a llamarse Centro Arte Alameda, y que sin perder su perfil contracultural -más bien lo contrario-, fue epítome de diversidad. Un lugar que, al reconvertirse, ajustició al fantasma de la cinefilia militante del viejo Normandie (la de Chaplin, Eisenstein y Tarkovski), y se erigió en semillero y referente.

Lo impensado

"Ha sido uno de los pocos lugares en Chile que consistentemente ha programado el cine que no tiene un espacio fácil en las salas que se rigen solo por incentivos comerciales", comenta el realizador Andrés Wood. "Eso ha permitido darle un espacio de encuentro con el público a mucho del cine chileno y a otras películas de calidad". Pero con el Alameda también hay relaciones emotivas.

"Ahora que lo vimos arder, nos damos cuenta del inmenso vínculo que muchos tenemos con el lugar", complementa Sebastián Lelio: "Ha sido un epicentro de la cultura, con una actitud de resistencia, capaz de darles cabida y exposición a obras que, de lo contrario, quizá no habrían tenido dónde darse".

Cabe consignar acá que "el Alameda" fue vital en el vuelo que cobraron festivales hoy consolidados o que van camino a serlo (Fidocs, In-Edit, Femcine, ArqFilmFest), al tiempo que ha sido el hogar de muestras y ciclos como "Cine y Mujeres", "Cine Gay Lésbico" y "Cine Documental Mapuche".

Todo ello, para no mencionar ese pequeño gran éxito que fue Te creís la más linda (pero erís la más puta), ópera prima del director "Che" Sandoval, protagonizada por el mencionado hijo de Fort, Martín Castillo, hoy responsable de la curatoría del Centro Arte. "Es la clase de persona que probablemente siempre le dé cabida a lo que es rechazado en otras partes", opina Sandoval. "Y esto no significa que descuide el valor o la calidad de lo que presenta: se trata, más bien, de su inclinación natural y su apuesta constante por lo frágil y lo precario".

Acaso el primer centro cultural chileno que realizó ciclos y festivales ligados a la diversidad sexual, entre ellos el Festival LGBT Amor, fue la ventana de Empaná de pino (Wincy, 2008), protagonizada por la desaparecida artista y performista trans Hija de Perra. También, con más publicidad, fueron los primeros en exhibir La última tentación de Cristo (Martin Scorsese, 1988), que diversos dictámenes y recursos legales habían tenido embodegada por largos años.

"De alguna manera, Roser siempre se ha mantenido actualizada sobre lo que está pasando. Quizá a través de sus hijos, pero también por curiosidad y naturaleza. Tiene una cercanía especial con los jóvenes, con el cine, con la música", añade Sandoval.

Mujer de un carácter fuerte, a veces disimulado por su jovialidad, Fort ha traspasado en cierto modo su temperamento al lugar que dirige. "Es el corazón del Centro Arte Alameda", opina Lelio. "Ha sido capaz de traspasarle su hermosa insolencia y por eso el Centro tiene algo de esa actitud rebelde y punk".

Eso sí, Roser Fort piensa hoy, más que nada, en lo que viene. Un futuro que contempla un "Alameda itinerante", por así llamarlo, que mostrará películas en distintos espacios: el Teatro Novedades es una posibilidad, así como la Estación Mapocho, mientras de la Escuela de Arquitectura de la Usach surgió la propuesta de un "centro cultural de campaña", a la espera del definitivo.

Está, también, el negocio de la distribución de películas en otras salas, así como un fondo OIC (Otras Instituciones Colaboradoras), destinado a pagar sueldos, arriendos y más. "Entiendo que lo van a pagar para mantenernos este año y pensar en la reconstrucción", cuenta Fort, quien ha tenido también contactos con la Intendencia Metropolitana, para ver otras vías de subsistencia. Y no se queda en eso: "Hay contactos con pintores, cineastas, músicos; va a haber una subasta de obras en el Bellas Artes; tenemos ofrecimientos para estar en una oficina y generar rendición de proyectos, y hay algunos conciertos barajándose".

Porque ni ganas ni esperanzas ni proyectos le faltan a este "personaje ineludible" y "protagonista de las transformaciones culturales de los últimos 20 años", como la llama un crítico de recorrido. Tal vez, porque sabe que no hay de otra. O eso parece discurrir mientras baja una escalera a medio quemar, como quien piensa en voz alta: "Nunca pensé que a los 62 años me iba a tener que reinventar".

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