George Orwell: el inconformista que definió nuestras peores pesadillas

A 70 años de su muerte, el legado del autor de 1984 logra nuevas lecturas. Ante los temores de la vigilancia digital y la era de la posverdad y la intolerancia, su obra releva el coraje y la honestidad intelectual.


A mediados de 1948, George Orwell libraba una batalla a muerte. El escritor británico que había combatido en la Guerra Civil Española lidiaba con el manuscrito de una obra audaz, políticamente controvertida, y con su salud cada vez más deteriorada. “No estoy satisfecho con el libro”, le escribió a su agente. “Creo que es una buena idea, pero la ejecución hubiera sido mejor si no lo hubiera escrito bajo la influencia de la tuberculosis”. Viudo y con un hijo de cuatro años, Orwell se había refugiado en la isla escocesa de Jura, en una casa sin luz eléctrica, con su máquina de escribir, una radio y las comodidades mínimas. Tras concluir el manuscrito en difíciles condiciones, se internó en un sanatorio. “Debería haber hecho esto hace dos meses”, le dijo a David Astor, su editor en The Observer, “pero quería terminar ese maldito libro”.

Con toda probabilidad la novela política más gravitante del siglo XX, 1984 se publicó en junio de 1949. Meses después, en enero de 1950, Orwell perdía su lucha contra la tuberculosis. A 70 años de su muerte, sin embargo, la victoria intelectual de Orwell parece indudable.

Sin ser un consumado estilista y con recursos más próximos a la artesanía que al gran arte, Orwell se distinguió por su coraje, honestidad e inconformismo intelectual. Sus dos novelas, Rebelión en la granja y 1984, y el reportaje Homenaje a Cataluña son advertencias contra los totalitarismos. Conservador en sus gustos y políticamente de izquierda, escribió contra el imperialismo, el fascismo y el estalinismo.

La herencia de Orwell ha permeado nuestra cultura: algunas de sus frases y conceptos se han arraigado en la conciencia colectiva y son frecuentes en el debate público, como el Gran Hermano, la policía del pensamiento, los dos minutos de odio y el Ministerio de la Verdad. Su apellido incluso se transformó en adjetivo: orwelliano es tal vez la expresión más apropiada para describir entornos represivos.

En la historia de la Biblioteca Pública de Nueva York, de 125 años, el libro más pedido es 1984 de Orwell. Del mismo modo, en nuestro país, la novela distópica es una de las más solicitadas en la Biblioteca Pública Digital durante la cuarentena. A su vez, los estudios Paramount anuncian el rodaje de 2084, una nueva versión cinematográfica de 1984 adaptada a la estética de The Matrix.

En medio de la pandemia, la idea de un Gran Hermano que vigile y restrinja las libertades gracias a la tecnología, es uno de los temores que han expresado autores como Yuval Noah Harari. Igualmente, sus conceptos relativos al lenguaje y la conciencia se asocian a las guerras culturales de hoy.

“Quien controla el pasado contra el futuro. Y quien controla el presente controla el pasado”, escribió Orwell con lucidez. Eventualmente, la frase adquiere renovada vigencia en estos días de revisionismo histórico. En Estados Unidos y el Reino Unido, así como en Chile el año pasado, las protestas callejeras derribaron estatuas históricamente problemáticas.

En el polarizado debate actual en Estados Unidos, donde 150 artistas, académicos y escritores redactaron una carta abierta a favor de la libertad de expresión y contra el dogmatismo en la discusión pública, las lecciones de Orwell alcanzan nuevas lecturas. La carta publicada en la revista Harper’s alertaba sobre un ambiente de censura en editoriales, medios y universidades, con académicos y escritores despedidos por difundir ideas consideradas inapropiadas.

Firmada por autores ideológicamente tan diversos como Noam Chomsky, Margaret Atwood, JK Rowling y Francis Fukuyama, el texto responde a un momento de gran influencia de las redes sociales, donde los argumentos suelen ser sustituidos por la ira o el amedrentamiento.

En su ensayo La libertad de prensa, pensado como prólogo a Rebelión en la granja y que se mantuvo inédito hasta 1972, Orwell describe una situación análoga: “Si los editores se esfuerzan en no publicar libros sobre determinados asuntos, no es por miedo a ser procesados, sino por temor a la opinión pública”, escribió. “Lo siniestro de la censura literaria en Inglaterra es que en su mayor parte es voluntaria. Las ideas impopulares pueden silenciarse, y los hechos inconvenientes mantenerse en la oscuridad, sin necesidad de prohibición oficial”.

Ciertamente, las ideas de Orwell no afectan solo a la izquierda: con el avance de los populismos de derecha y la propagación de los “hechos alternativos”, la “posverdad”, las fake news y las campañas xenófobas, para muchos volvieron a adquirir sentido las manipulaciones de la verdad y los dos minutos de odio. “Creo que Donald Trump le habría divertido a papá de una manera irónica”, dijo Richard Blair, el hijo de Orwell, en 2017. “Puede haber pensado: ‘Ahí va el tipo de hombre sobre el que escribí hace tantos años’”.

Un panfletista

Nacido en Birmania en 1903 como Eric Blair, estudiante becado en Eton, Orwell ingresó a la policía imperial birmana, donde conoció los males del colonialismo y se sintió muy próximo a “los oprimidos”.

Del mismo modo, en la Guerra Civil de España, donde combatió del lado de una facción socialista, experimentó los males del estalinismo. Orwell recibió una bala en el cuello, que lo puso al borde de la muerte. Si bien nunca se recuperó del todo de ella, la herida más dolorosa fue observar la persecución contra los sospechosos de trotskismo y anarquismo, así como la manipulación de la historia.

“En una época de paz, podría haberme dedicado a escribir libros recargados o meramente descriptivos… Pero tal como están las cosas, me he visto obligado a convertirme en una especie de panfletista, anotó. “Cada renglón que he escrito desde 1936 lo he creado, directa o indirectamente, en contra del totalitarismo y a favor del socialismo democrático”.

Tuvo también la capacidad de observar el poder de persuasión del nazismo. En su comentario de Mi lucha apuntó: “Mientras que el socialismo, y aun el capitalismo, le han dicho al pueblo: ‘Te ofrezco que lo pases bien’, Hitler le dice al suyo ‘Te ofrezco lucha, peligro y muerte’, y el resultado es que la nación se arroja a sus pies”.

Aun con las virtudes éticas de su trabajo, Orwell se encontró con una abrumadora oposición, incluso entre quienes estaban en la orilla opuesta del estalinismo. El caso más emblemático es el del poeta y editor T.S. Eliot. Aun con su posición conservadora, Eliot consideró inconveniente publicar Rebelión en la granja. En su carta de rechazo argumenta que el punto de vista, “que en general entiendo que es trotskista”, no parece “el correcto” desde el cual “criticar la situación política del momento presente” y, finalmente, “no es convincente”.

Pero tras su edición, en 1945, el libro logró amplia resonancia. La satisfacción de Orwell, en cualquier caso, no fue completa: en marzo, mientras se encontraba en París como corresponsal de The Observer y un año después de adoptar a su hijo Richard, su esposa Eileen murió en el hospital.

Con su corrosiva máxima de que “todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros”, el relato encontró reacciones encontradas. En el prólogo, Orwell preveía las respuestas hostiles: “Estoy seguro que la reacción que provocará en la mayoría de los intelectuales ingleses será muy simple: ‘No debió ser publicado’”.

El lenguaje y la verdad

Con su salud cada vez más precaria, Orwell dedicó sus últimos años a dar forma a su novela más célebre. En ella, Winston Smith es un funcionario del Ministerio de la Verdad, consagrado a las noticias y las bellas artes. Completan el gobierno, liderado por el Gran Hermano, el Ministerio de la Paz, dedicado a la Guerra; el Ministerio del Amor, responsable del orden, y el Ministerio de la Abundancia, encargado de la economía.

En el Ministerio de la Verdad no solo se reescribe la historia, también se elabora la nueva lengua. “No comprendes la belleza de la destrucción de las palabras. ¿No sabes que la nueva lengua es el único idioma del mundo cuyo vocabulario se reduce cada día?”, le dice un funcionario a Winston. “¿No ves que el objetivo final de la nuevalengua es reducir el alcance del pensamiento? Al final lograremos que el crimen del pensamiento sea literalmente imposible, porque no habrá palabras para expresarlo”.

Cuando se publicó en 1949, el Daily News escribió que 1984 era un ataque contra el laborismo británico. Orwell lo desmintió públicamente. Su objetivo, dijo, es “mostrar las perversiones de las que es capaz una economía centralizada, las cuales en parte ya se han hecho realidad bajo el comunismo y el fascismo”.

“Esos regímenes se han ido, pero el libro de Orwell continúa definiendo nuestras pesadillas”, dice Dorian Linksey, autor del ensayo El Ministerio de la Verdad (2019).

A menudo rechazada por la izquierda y reclamada por la derecha, 1984 se volvió una obra polémica y de contornos míticos, como ha dicho Umberto Eco. Con su alegato en favor de la libertad, ha identificado a generaciones. “Durante la Guerra Fría, fue un libro sobre totalitarismo. En la década de 1980, se convirtió en una advertencia sobre la tecnología. Hoy, es sobre todo una defensa de la verdad”, dice Dorian Linksey.

Christopher Hitchens, tal vez su más elocuente heredero intelectual, en su libro Por qué es importante Orwell considera que los intentos de la derecha por apropiarse de su legado no son legítimos. “Era conservador con respecto a muchas cosas, pero entre ellas no estaba la política”, escribió. Para Hitchens, el gran legado de Orwell es su oposición al conformismo ideológico. “Lo que él ilustra, por su compromiso con el lenguaje como socio de la verdad, es que las ‘opiniones’ en realidad no importan; lo que importa no es lo que piensas sino cómo lo piensas, y que la política es relativamente poco importante, mientras que los principios tienen una manera de perdurar”. Y entre ellos, desde luego, una idea que hoy luce en el frontis del edificio de la BBC, en Londres, donde trabajó entre 1941 y 1943: “Si la libertad significa algo, es el derecho de decirle a la gente lo que no quiere oír”.

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