Jean-Claude Van Damme: el sueño que se convirtió en delirio

Jean-Claude Van Damme

Fue una de las estrellas de acción más icónicas de los 90. Viajó desde Bélgica a Hollywood para ser actor, y lo consiguió. Los excesos —un cóctel de vigorexia y cocaína— lo hicieron caer. Hoy, con sesenta años, resurge desde Netflix donde protagonizará El Último Mercenario.



Muchas veces, Jean-Claude Van Damme miró por la ventana de su casa en Bruselas. Llovía. El cielo estaba gris, y eso parecía deprimente. Así que decidía ir al cine y comprar un ticket. En la oscura sala, la pantalla se llenaba de luz y los colores brillantes explotaban frente a sus ojos. Le encantaban las películas de acción protagonizadas por actores como Bruce Lee y Steve McQueen.

—Quiero ser parte de eso —le dijo a su madre, Eliana—. Seré una estrella de cine.

Ella respondió:

—Eso es maravilloso, Jean-Claude. Pero no se lo digas a papá.

Jean-Claude Van Damme

En ese entonces, el actor que años después protagonizaría éxitos de taquilla como Kickboxer (1989) y Al límite del riesgo (1996), recién entraba a una adolescencia estereotípica: era delgado, tímido, de baja estatura y usaba unos gruesos anteojos. Su padre, Eugène, le insistió que entrara en clases de karate. Y lo hizo. También empezó a entrenar con pesas. Sus músculos crecieron, al igual que su estatura, alcanzando los 1,74 metros. Obtuvo el cinturon negro de las artes marciales.

Estuvo en clases de ballet durante cinco años, disciplina que le entregó una flexibilidad que después le sería útil en las películas que protagonizaría.

Cuando tenía dieciséis años, abandonó la escuela. Ganó algunos títulos menores de culturismo, compitió con algo más de éxito como kickboxer. Después abrió un gimnasio en el centro de Bruselas y, como si quisiera ponerle nombre a sus sueños, lo bautizó como “California Gym”.

“Mi hijo siempre ha tenido mucha fuerza de voluntad”, dijo su madre en una entrevista que dio a The New York Times en 1994. “Sabía que lograría algo, aunque solo fuera para demostrarselo a su padre”.

Un salto a la fama

En 1981, a sus veintiún años, Van Damme vendió el gimnasio, abandonó su primer matrimonio y se dirigió a Los Ángeles, California. Tenía ocho mil dólares en sus bolsillos y apenas hablaba inglés. Trabajó como repartidor de pizzas, conductor de limusinas, limpiador de alfombras e instructor de aerobic. Dormía en su auto y, cuando tenía tiempo, pasaba por los vehículos de los productores de Hollywood dejando sobre los parabrisas su currículum, con fotos suyas y el apodo que se puso a sí mismo: “Los músculos de Bruselas”. Iba también a las discotecas con la esperanza de encontrarse con alguna estrella que lo pudiera ayudar.

A veces, se estacionaba durante horas afuera de las mansiones de productores o actores como Sylvester Stallone, para ver si se los encontraba. Con un poco de suerte, quizás así conseguiría un papel.

Solo obtuvo algunas fugaces apariciones como en la producción Mónaco Forever (1984), una película que prácticamente es recordada por la aparición de Van Damme, quien ese ese entonces aún era un desconocido total.

Una noche, frente a un restorán en Beverly Hills, vio en la calle al productor Menahem Golam, presidente de Cannon Films, empresa que dio fama al mítico actor Chuck Norris. Según contó en una entrevista a Playboy en 1995, Van Damme le mostró su flexibilidad al ejecutivo: saltó y lanzó una patada que pasó por encima de la cabeza del productor, quien medía 1,89 metros.

Sorprendido, o quizás cediendo a la insistencia del joven, Golam lo citó al día siguiente en su oficina. Van Damme esperó durante siete horas a que lo atendiera. Cuando al fin pudo reunirse con el productor, le contó que su padre se avergonzaba de él, que había cambiado la cómoda vida que tenía en Bélgica por ese salto al vacío que era haber viajado a Estados Unidos.

Se ofreció trabajar gratis si era necesario.

—Puedes hacer mucho dinero conmigo, puedes convertirme en una estrella —le aseguró el joven belga—. Soy el joven Chuck Norris, quizá el nuevo Stallone. Mira qué músculos.

Jean-Claude Van Damme

Como lo haría después de futuras escenas de acción, Van Damme se quitó la camiseta, tomó dos sillas, las ubicó una al lado de la otra. Y saltó. Abrió sus piernas en el aire y aterrizó con una pierna en cada respaldo.

Golam le preguntó si tenía visa de trabajo y el desconocido belga le dijo que sí. Era una mentira, pero por suerte para Van Damme, la propuesta que le hizo el productor fue para Bloodsport (1988), película que se grabó en Hong Kong, China. El belga empleó el dinero que cobró como actor para promocionar la cinta en Francia y Malasia. Si bien el film solo alcanzó un éxito relativo, se ha considerado “de culto” en el mundo de las artes marciales por la variedad de estilos de lucha que aparecen.

Con ese trampolín, pudo protagonizar películas como Cyborg (1898), Lionheart (1990) y Timecop (1994). Su acento inglés no era fácil de entender. Pero eso no era esencial, debía resolver sus problemas a golpes; no necesitaba demasiadas habilidades para negociar. Además, se las arregló para convertir la nula expresividad de su rígido rostro en un rasgo de su personalidad actoral: la indiferencia ante el peligro.

Van Damme era distinto a figuras como Silvestre Stallone, Arnold Schwarzenegger o Chuck Norris. No solo era más joven, también tenía un estilo de pelea más estético y delicado. Explotaba el erotismo a través de su cuerpo, atrayendo a una mayor diversidad de público: no evitaba el uso de precarias vestimentas o desnudarse. Van Damme se convirtió en un sex symbol durante la década de los 90.

Jean-Claude Van Damme

Protagonizó las portadas de revistas reconocidas como Playgirl y Penthouse. En 1996, apareció en un capítulo de la icónica serie Friends, en que actúa como un atractivo y silencioso soldado que atrae a las protagonistas.

Su fama crecía, se elevaba en el cielo como una burbuja de jabón.

En solo un par de años, su carrera en Hollywood se disparó. Sus papeles protagonistas en Soldado universal (1992), Blanco humano (1993) y Timecop (1994), hicieron que sus sueldos se duplicaran de una producción a otra. Su salto en calzoncillos, en que sus tonificadas piernas se abrían en los aires, se convieron en un éxito para el público.

Revienta la burbuja

En 1994, abandonó a su tercera esposa y madre de sus dos hijos, la físicoculturista y actriz Gladys Portugues, tras coincidir con Darcy LaPier. Se conocieron en un hotel de Hong Kong. Tiempo después, LaPier quedó embarazada y, en paralelo, el actor tuvo un romance en Tailandia con la cantante australiana Kylie Minogue durante el rodaje de Street Fighter (1994), película del emblemático videojuego de pelea.

Su vida privada se hacía cada vez más compleja, mientras que Street Fighter se convertiría en la producción que le entregaría el sueldo más alto de su carrera (más de siete millones de dólares).

Las alturas de la fama lo mareaban. Se agotaba el oxígeno.

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Su paga absorbió gran parte del presupuesto de la película, por lo que gran parte del reparto, en una trama de artes marciales, ni siquiera sabía pelear. El rodaje se retrasó repetidas veces. Van Damme sufría de vigorexia y no grababa si sentía que a sus músculos les faltaba ejercicio. Disfrutaba de la vida nocturna en la ciudad de Bangkok. O salía a turistear con su amante australiana y le obsequiaba caros regalos.

Durante el rodaje, dormía en una suite presidencial en el hotel, con un gimnasio en su habitación. Había días en que ni siquiera se presentaba a trabajar. Años después, el director de la película, Steven De Souza, contó a The Guardian que al actor “se le fue la cabeza”. De Souza revisaba el guión para filmar tomas en que no aparecía el protagonista.

El estudio cinematográfico Columbia le ofreció un contrato de tres películas por treinta y cinco millones de dólares. Pero Van Damme quería casi sesenta millones. Estaba enceguecido, quería igualar Jim Carrey, quien era el actor mejor pagado del momento. Su sueño se convertía en un delirio de fama y riqueza. “Qué idiota”, declaró años después, al diario británico The Guardian.

Mientras tanto, su matrimonio con LaPier se desmoronaba —¡y cómo no!—. Sus excesos no dejaban de crecer. A mediados de los noventa, Van Damme gastaba diez mil dólares diarios en cocaína; como reveló al diario británico, inhalaba “dos rayas del tamaño de la autopista entre Los Ángeles y Tijuana”. Durante el rodaje de Golpe fulminante (1998) estaba tan drogado que no tiene recuerdos de las grabaciones durante esa película. Su abuso de esta sustancia lo hacía aguantar su ritmo de vida. No tenía de dónde sacar energía. Dejó de entrenar, perdió peso, sus músculos se desvanecieron. “Destruí el cuerpo que había creado”, declaró tiempo después.

El actor pagaba ciento veinte mil dólares en alquilar una mansión en Mónaco, donde invitaba a su familia para demostrarles que había sido buena idea abandonar Bélgica. Su esposa gastaba cerca de cinco mil dólares entre tratamientos cosméticos y llamadas telefónicas. Dan Damme le regaló un zafiro de casi cien mil dólares y contrató un equipo de sirvientes que cubriera todas las necesidades familiares.

En 1997 vino el quiebre. Su esposa, Darcy LaPier, lo denunció por violencia intrafamiliar, incluso y declaró que había requerido de intervención quirúrgica. Van Damme se defendió diciendo que ella no tenía documentos médicos que comprobaran su denuncia. Un choque de versiones que, incluso, incluyó la petición de un examen de ADN por parte del padre, para el hijo en común de la pareja, Nicholas.

—Se muestra cruel, sin ninguna razón —declaró LaPier a los medios ese años—, a no ser que sea un mezquino que no quiere pagar la pensión alimenticia de su hijo.

El proceso terminó en un divorcio y una de las indemnizaciones más caras en la historia de California hasta ese momento: 120 mil dólares mensuales.

Jean-Claude Van Damme

El actor pasó solo seis días en un centro de rehabilitación: concluyó que el mejor tratamiento sería retomar sus rutinas de gimnasio. Volver a su origen. También se le diagnosticaron trastornos bipolar y maníaco-depresivo. Ahí le encontró explicación a los pensamientos suicidas en sus años en la cima.

Como queriendo echar pie atrás a sus malas decisiones, el actor regresó con exmujer, Gladys Portugues, con quien sigue emparejado hasta hoy. Se sentía estúpido. Quería recuperar la perdido. Le prometió a su madre que, antes de su muerte, la llevaría otra vez a un estreno en la pantalla grande.

En 1998 dio una entrevista a Entertainment Weekly, en que relató el momento en que decidió dejar la cocaína:

—Estaba muriendo —relató—. Vi mi cuerpo en el suelo. Sentí frío, sentí calor, sentí miedo.

“No es una película”

En octubre de 1998, dio una entrevista a US Magazine en su casa en Los Ángeles. Los integrantes de la familia dormían siesta: sus padres, Eugene y Eliana, quienes se encontraban de visita; Gladys Portugues, con quien había vuelto; y dos de sus hijos. Mientras conversaba con el periodista, el actor supuso que algún amigo podría llamarlo por teléfono:

—Si un amigo me llama esta noche y me dice que quiere jalar —habló—, tomaré mi auto ahora mismo para detenerlo. Tendré que hacerlo.

—Debes sentir el impulso, todavía —replicó el periodista.

—No, te lo diría…

—Ahora mismo, si pongo una línea, ¿lo harás?

—No. Aunque lo pensaría.

—Yo no. Si lo piensas, todavía estás dentro.

En el epílogo de la década, Van Damme seguía experimentando la misma fórmula. Pero producciones como Legionnaire (1998) e Inferno (1999) pasaron por las carteleras como escuálidos fantasmas de sus éxitos pasados. Además, el género de acción empezó a experimentar otras fórmulas que revitalizaron la industria. Apareció Matrix (1999), que jugaba con ingenio y originalidad en la ciencia ficción; Gladiador (2000), que profundiza en la antigüedad del imperio romano con una conmovedora épica de venganza y redención; en 2001 arrancó la saga Fast & Furious, protagonizada por Vin Diesel y Paul Walker, agregando el elemento de las carreras clandestinas.

El género pasaba las páginas y el actor belga se deslizaba como un recuerdo hacia el cine B. Siguió haciendo películas, protagonizando tramas rápidamente olvidables. Defendía el idioma universal que, según él, eran los puñetazos.

Tras una década en segundo plano, en 2008 entra a una producción franco-belga, JCVD (sí, las iniciales del actor). Ahí Van Damme hace quizás lo que mejor sabe: representarse a sí mismo. Es la historia de un actor que enfrenta una serie de fracasos en su carrera: tiene problemas con la tuición de su hija y su representante no encuentra una producción digna. Decide volver a Bélgica, donde aún lo consideran una estrella: busca el cobijo de sus raíces. Pero llega a su país y lo culpan de un crimen injusto.

Jean-Claude Van Damme

El filme termina con un monólogo de Van Damme, quien sale por un momento del escenario y mira a la cámara, ya con arrugas, quizás algo más cansado, hace un recorrido de su vida. La búsqueda de la fama. Alcanzar la cima. Los matrimonios quebrados. La adicción. La caída.

—¡Qué culpa tengo yo por conseguir ser una estrella! Yo lo quise, lo quise porque lo deseaba. Con trece años se cree en los sueños. Y me fue concedido. Pero yo, hasta el día de hoy, ¿qué he hecho por este planeta? ¡Nada! ¡No he hecho nada! —habla el protagonista que está al borde de las lágrimas. Y luego dice—: no es una película, es la realidad… La realidad.

En JCVD, Van Damme actúa en su idioma natal, el francés. Quizás por eso su personificación resulta mucho más convincente que en proyectos anteriores. La película no es un éxito de taquilla como a principios de los 90. Pero logra una buena recepción del público y la crítica.

De ahí en adelante, Van Damme ha empezado a explotar la nostalgia y la parodia de sus glorias pasadas: documentales, Los mercenarios 2 (película en que hace el papel de villano), reality shows o el aviso publicitario en que realiza la mítica apertura de piernas sobre dos camiones Volvo. El 2016, protagonizó una serie de comedia producida por Amazon, Jean Claude Van Johnson. La productora organizó un estreno al que Van Damme asistió acompañado por su madre.

En octubre del 2012, en Bruselas, inauguraron una estatua en bronce (a escala real) que representa Van Dammel, en posición de combate y traje de pelea. Se hizo en conmemoración de los cuarenta años del centro comercial Westland Shopping Land. En un votación, fueron los propios clientes belgas los que votaron para que él protagonizara la escultura.

En Netflix el remake de Máximo riesgo (1995) ha alcanzado un alto número de visualizaciones. Ante ese éxito, en julio la plataforma lo fichó para un nuevo proyecto, El último mercenario. La película es protagonizada por el propio Van Damme y transitará entre la acción y la comedia, un género hace rato explora.

En agosto, protagonizó el videoclip de “Ultrarêve”, sencillo del grupo francés de pop-rock, AaRon. Van Damme baila mientras suena la música. Con su cuerpo tonificado, se quita la camisa, realiza las poses de peleas que hizo famosas en el pasado.

Es una sátira de sí mismo.

Y él lo sabe.

Y lo disfruta

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