Cinco discos para honrar la memoria (y la carne) de Prince

Aunque durante los 90 tuvo hits inolvidables, y en los 2000 acentuó su mito de genio hermético y rabioso, el brillo del cantante fallecido hace cinco años se remite a los 80: la década donde fue pura energía, épica y sexo.



*Prince (1979)

Su álbum debut de un año antes no fue la mejor llave de ingreso para una carrera que se tornaría excepcional. La verdadera puerta de entrada al ecosistema del cantante está aquí: su segunda entrega lo encapsula en un funk de intención más carnal y urbana, con bajos sinuosos, falsetes donde todo parecía estallar, teclados que sobrevuelan como avispas listas para un ataque y una guitarra que ya lo empezaba a esteblecer como uno de los mejores de su generación en el instrumento.

Con los dos primeros temas, los irresistibles I wanna be your lover y Why you wanna treat me so bad?, y una portada a torso desnudo, melena aleonada y bigote de estampa porno, ya no quedaba duda alguna: el Prince destinado a la divinidad escribía aquí su primer gran versículo.

*Dirty mind (1980)

Prince ingresaba a los 80 etiquetado por los medios y la industria como una de las grandes joyas de la música negra, llamado a relevar a Stevie Wonder y rivalizar mano a mano con el otro gigante de esos días, Michael Jackson.

¿Qué armas usó el intérprete de Mineápolis para mantenerse en el ring? Nuevamente grabó un álbum donde tomó el control absoluto de todo lo que se tocaba -lo que mantendría en gran parte de su carrera, demostrando su categoría como multinstrumentista-, pero esta vez con un sonido más crudo, áspero, como si los relatos de sexo explícito, aventuras al límite de lo permitido y vivencias que trastocaban las convenciones de género, tuvieran que ser acompañadas de una textura casera donde todo sucedía sin caretas ni maquillaje.

Prince parece gemir, arañar y sollozar entre sintetizadores y riffs relampagueantes, fotografiándose en portada con chaquetón abierto y calzoncillos: por si no quedaba claro hacia dónde iba todo esto.

El disco finalmente marcó el funk más contemporáneo e inquieto de los 80 -desde Rick James hasta la exploración más metalizada de Living Colour-, pese, cómo no, a convertirse en dolor de cabeza para quienes gustaban de la censura.

*1999 (1982)

Para gran parte de la crítica, la gran obra maestra del músico, por una razón simple: resumía no sólo lo mejor que había hecho hasta ese minuto, sino que también sintetizaba las variantes más contemporáneas de la música negra -electrofunk, música disco agitada por la electrónica, rap ideado para la pista de baile y no sólo para la calle, rock en un envoltorio computarizado- y las abría al pop masivo que escucharíamos en los años venideros.

Además, contenía dos de las composiciones más singulares de su carrera: la propia 1999 y Little red corvette.

*Purple rain (1984)

Prince a mediados de los 80 era una estrella sólo eclipsada por Michael Jackson, aunque no por ello bajó la guardia. Sus álbumes seguían siendo una descarga irrefrenable de estímulos.

Al inicio de Purple rain, con Let’s go crazy, semeja un reverendo que desciende entre teclados celestiales, guitarras duras y baterías programadas, como si estuviera clamando su propio credo (“queridos amados/ estamos aquí reunidos/ para superar esa cosa llamada vida”), culminando después en un torbellino tan denso como indescifrable. En algunos tramos, parece un track de Guns N’ Roses... mucho antes que conociéramos a Guns N’ Roses.

Los primeros segundos de When doves cry también son puro caos y fascinación, dureza y ambigüedad en dosis iguales, mientras que para el cierre se eleva la épica de la propia Purple rain, quizás los mejores ocho minutos de pop facturado en la década de los 80: “Nunca tuve intención de causarte ninguna tristeza/ nunca tuve intención de causarte ningún daño/ Sólo quise una vez verte reír/ sólo quiero verte reír bajo la lluvia púrpura”, alerta el reverendo al bajar el telón de su mayor prédica.

* Sign “O” the Times

Con un espíritu cada vez más megalómano y desafiante, Prince ingresa a esa fase artística donde la creatividad no acepta mesura alguna y todo cabe cuando se trata de un autor en la plenitud de sus capacidades. Como el Album blanco de The Beatles o Exile on Main St. de The Rolling Stones, el manifiesto a la grandeza del músico es este disco doble disperso, suave a momentos (Sign “O” Times), sombrío en otros (Forever in my life), pero sin nunca ceder en una identidad que por esos días ya acumulaba cerca de una década (Hot thing es un buen ejemplo).

Sin deslumbrar como en sus produccions anteriores -y en una obra que puede hasta resultar agotadora-, Prince quizás guarda su mayor acierto en otro aspecto: al hablar de armas, drogas, Sida y la peligrosidad de las relaciones sexuales, comienza a señalar el rumbo de los tiempos, el futuro menos permisivo y libertino que inaugurarían los años 90.

Pero Sign “O” the Times también es un testimonio de su propio cambio sin retorno. Aunque volvería a despachar hits y canciones mayúsculas en el último decenio del siglo XX, las obsesiones terminaron por configurarlo como un genio ermitaño, rabioso con la industria, despreocupado por la masividad, incómodo con la estela inigualable que él mismo había legado.

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