Clarice Lispector: una cronista de carne y hueso

Ya está en Chile el volumen Todas las crónicas, que compila el trabajo de la formidable escritora brasileña en periódicos de su país. Con traducción latinoamericana, los textos muestran una faceta menos conocida de su autora. Más accesible a la lectura y donde también habla de su propia vida. En Culto tres expertos lo comentan.



Le dijeron que iba a perder su mano. En 1966, Clarice Lispector sufrió un accidente casero. Se había quedado dormida con un cigarro encendido. El fuego había alcanzado los papeles con sus preciosos escritos y los salvó apagando el pequeño incendio con sus propias manos. Tiempo después, ella misma lo relató.

“Cuando me accidenté gravemente, después de los primeros cuidados en emergencias, me mandaron a la clínica del doctor Fabrini, pues iba a necesitar de muchos injertos. El doctor Fabrini es un hombre cortés, bondadosísimo y educado, preparado para sonreír discretamente si es necesario. Esto no impide que a veces tenga que ser de una severidad aparentemente cruel”. Finalmente, Lispector no perdió su valiosa extremidad.

La crónica es una joya, considerando que Lispector era particularmente huraña y reservada con su vida. La escribió para el diario Jornal do Brasil, uno de los tantos donde pudo redactar crónicas. También lo hizo para O Jornal, Última hora y las revistas Senhor y Joia. En ellas, no solo publicó relatos en clave personal, como el aludido, también sobre temas sociales e incluso sobre otros escritores y personalidades de la cultura (como Gabriel García Márquez, o Tom Jobin).

Hoy, en Chile se encuentra disponible el volumen Todas las crónicas, bajo la mexicana editorial Fondo de Cultura Económica (FCE) que reúne la totalidad del trabajo cronista de la afamada escritora brasileña. Si bien las crónicas ya habían llegado en 2021 bajo la española editorial Siruela, lo cierto es que venían con traducción ibérica, llena del argot de la Madre Patria y que a los lectores latinoamericanos suele complicar. Por ello, y en una tendencia que está tomando vuelo desde hace unos años en esta parte del orbe (incluso en Chile), la traducción corrió por cuenta de dos latinos: la brasileña Regina Crespo y el mexicano Rodolfo Mata.

Consultados por Culto, ambos -a coro- recuerdan cómo fue su trabajo. “Trabajamos siempre en los moldes planteados por Haroldo de Campos quien, en su ensayo De la traducción como creación y como crítica sugiere conformar ‘laboratorios de textos’ en los que se suman habilidades. Regina domina la lengua de salida, el portugués, y Rodolfo la lengua de llegada, el español. A partir de este diálogo, que fue avanzando a través de versiones y revisiones, tratamos de mantener en español el tono coloquial y, a la vez, íntimo y profundo que caracteriza la mayoría de las crónicas de Clarice”.

¿Qué fue lo más complejo? Responden ambos: “Lidiar con los juegos de lenguaje característicos de su escritura y con la explícita petición de la autora, en una de las crónicas, de que se respetara su estilo y en especial su particular puntuación. Ella afirmaba que su puntuación no pertenecía estrictamente a la gramática sino a su respiración. Nos atreveríamos a decir que en ella hay también una ‘respiración del pensamiento’. Esto nos llevó a reflexionar acerca de la poca atención que se da a las costumbres de puntuación a la hora de traducir”.

Lo metafísico de lo común

Una buena puerta de entrada a la valiosa obra de Clarice Lispector son los cuentos, también las crónicas. Ahí se puede disfrutar de su pluma suelta y la fluidez de sus relatos. Sus novelas -en tanto- son complejas y necesitan de paciencia para abordarlas. ¿Qué se puede destacar de su dimensión como cronista? Responde a Culto el mexicano Eduardo Matías, editor del FCE.

“Su capacidad analítica, pero quizá todavía más otros aspectos como el que no escribe crónicas dentro del patrón convencional, su mirada en lo cotidiano, la reformulación metafísica de un hecho común, y cómo ahí empieza también un ejercicio de lo narrativo que posteriormente se advierte trabajado o retrabajado en algunos de sus relatos, poemas o pasajes de novelas. Hay algo de peculiar en su escritura de la crónica, un aire, un ritmo propio que se ve en lo gráfico: sus comas, sus pausas, sus frases parentéticas que llevan al cuestionamiento de un pensamiento o un hecho”.

Por su lado, la dupla de Crespo y Mata agregan: “Hay que recordar que Clarice trabajó muchos años como cronista para una variedad muy amplia de revistas y periódicos de distintos perfiles. Reconoce constantemente a Rubem Braga como su maestro en la crónica Ser cronista. El periodismo fue su principal medio de subsistencia, después de que se divorció. Sus colaboraciones para la prensa diaria o semanal abarcaban entrevistas, reseñas de libros y exposiciones, respuestas a cartas de sus lectores e incluso relatos de episodios de su vida, mezclados con estampas costumbristas y con el acontecer cotidiano en diversas ciudades (principalmente Rio de Janeiro)”.

La dupla destaca que en las crónicas hubo esbozos literarios: “Algunas son casi cuentos o, de hecho, se transformaron finalmente en cuentos. En muchas afloran también pensamientos de corte existencial y filosófico, como sucede en Fernando Pessoa me ayuda, en que se da cuenta de que al escribir ‘al correr de la máquina’ revela más de su intimidad de lo que muestra en su ‘literatura de libros’”.

Eduardo Matías resalta algunas de las crónicas que más le gustaron: “Me sorprendió mucho leer las crónicas donde hay atisbos de las quemaduras que sufrió en el incendio de su casa (Rispidez necesaria y ¿Ustedes se acuerdan de Glória Magadan?); disfrute especialmente las crónicas La mineira callada, Tras la devoción, De las dulzuras de Dios y De otras dulzuras de Dios en donde habla de distintos momentos con Aninha, una mineira que llegó a trabajar con ella a la casa y que Lispector llamaba Aparecida, éstas tienen mucho de íntimo y cierta ternura”.

“Una poética de lo que es vivir de la escritura”

¿Por qué leer estas crónicas? Crespo y Mata señalan: “Las crónicas de Clarice son sorprendentes. Revelan una faceta desconocida de una escritora celebrada por su profundidad filosófica y su dificultad de lectura. A nosotros, su traducción fue una tarea difícil pero muy placentera. En pocas palabras, vimos a la Clarice ‘de carne y hueso’, que acude a reminiscencias de su pasado de familia inmigrante luchando por subsistir en suelos tan distintos (de la fría Ucrania a la tropical Recife), a recuerdos de sus viajes y rutinas como esposa de diplomático, al cuidado de su casa y sus hijos, y las peripecias de su vida en la ciudad. Hay en ellas una poética de lo que es vivir de la escritura y para la escritura, de lo que significa escuchar y considerar a sus lectores y, sin duda, lidiar con lo que demandan los medios. Al leer las crónicas de Clarice se puede conocer el proceso profundo de su escritura”.

Por su lado, Eduardo Matías indica: “Sus crónicas hablan de momentos específicos de la realidad brasileña, de lo que advertía en su día a día, su relación con otros, así fuera con las personas que le ayudaban con las labores del hogar, con la familia, con otros escritores o artistas o con la diplomacia. Leer a Clarice cronista es conocer otra faceta sobre su escritura, la importancia de la literatura en la vida de las personas o los motivos que la llevaron a escribir determinado cuento o novela; pues aunque Lispector es de las personas más reconocidas de la literatura brasileña, su personalidad es muchas veces un misterio, se le conoce quizá por alguna entrevista grabada, por lo que sus libros nos dicen de ella, pero su figura se mantiene como un enigma, uno de los que captan la atención de un gran número de personas y aun así se mantiene oculto”.

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