Culto

Ana María del Río: “Hay tías y parientes que han quemado mis libros en el jardín”

Hija "atípica de una familia burguesa", como se define, la escritora publica Loco latir, novela donde una joven observa las tensiones y secretos de una familia de clase alta en tiempos de la Reforma Agraria. Excandidata al Premio Nacional de Literatura, la autora habla de su propia rebelión frente al mundo familiar, de su trayectoria y de su trabajo actual con el colectivo AUCH.

Aún recuerda ese invierno, la llovizna que caía fina sobre la casa de Mallara. La casona de tres pisos parecía flotar sobre el terreno del fundo, mientras llegaban tías, tíos y primos. La familia se reunía para el funeral de los abuelos y para repartirse la herencia. Eran los días de la Reforma Agraria y Mallara estaba en la lista de los fundos a expropiar. Los tíos se oponían cerradamente a repartir sus tierras, mientras los campesinos montan una huelga y se toman el camino. En la mesa, los hombres de la familia discutían, bebían whisky, y uno de ellos gritó:

-¡Prefiero quemar todo a dárselos a esos conchesumadres!

Ana María del Río escuchó la frase en la mesa de su familia en esos años, y ahora la integra a su nueva novela, Loco latir. Los recuerdos de la escritora se entrelazan con los de Make, la joven protagonista del libro.

Nacida en 1948, Ana María del Río es autora de novelas premiadas y elogiadas por la crítica, como Tiempo que ladra, A tango abierto y Siete días de la señora K, un audaz relato en torno a la sexualidad femenina. En todas ellas la voz y la identidad femenina aparecen enfrentadas a un orden familiar conservador, que suele castigar la diferencia y que camina sobre secretos bajo la alfombra.

Loco latir recoge la voz y la mirada de Make, una chica que está al final de la adolescencia y que observa cómo su mundo se transforma: teme estar embarazada de su primo Tarso, el que ahora la rehúye, y ve cómo las tensiones familiares, los silencios pesados y los secretos se liberan en esos días en Mallara, mientras la historia toca su hombro: su hermano está enamorado de una de las hijas de los campesinos, apoya las peticiones de los huelguistas y ella también simpatiza con ellos.

-Make es un personaje recurrente en mí: también está, más niña, en Óxido de Carmen; un poco en Tiempo que ladra; en algunos cuentos y en Los años urgentes. Pero en Loco latir es donde más se da a conocer esta voz hablante rebelde. La única manera de contar la historia es verla, oírla como es vivida, no como los historiadores dicen que es. Make me interesó especialmente porque estaba como la palta del sándwich: en un entorno de clase alta, en una época en que la clase alta se enfureció por los cambios en la propiedad de la tierra. Al otro lado están los campesinos y, más tangencialmente, los obreros. Me interesó esta voz haciendo equilibrios entre las dos vidas.

La desilusión amorosa de Make tiene su paralelo en la desilusión social del campesinado con respecto a este bando opresor de la clase alta.

Make experimenta un proceso de lucidez y desencanto: logra ver a su familia sin velos y, a su vez, se desilusiona de Tarso. ¿Su proceso dialoga de cierto modo con el proceso que vivía el país?

De todas maneras. Y también dialoga con este tiempo: no podemos olvidarnos del estallido, donde igualmente hubo confrontación. Más que una historia de familia, es una historia de lo que las familias no quieren que se sepa. La encargada de levantar las alfombras es esta protagonista insolente de 17 años, a quien todo el tiempo hacen callar, pero que va esculpiéndose a sí misma en esa confrontación. Los jóvenes, y por eso los admiro, son los únicos valientes capaces de hacer esta confrontación, este rechinar de ollas.

La Reforma Agraria y la historia de Chile son centrales. La desilusión amorosa de Make tiene su paralelo en la desilusión social del campesinado con respecto a este bando opresor de la clase alta. Por eso se provoca esta rebelión y este ensayo increíblemente arriesgado de Frei Montalva de cambiar el régimen de propiedad de la tierra.

La clase alta se rebeló tanto porque se atentaba contra algo en lo que ellos no se sentían privilegiados: creían que era el orden natural de las cosas.

En la novela, un personaje dice que prefiere quemar el campo antes que entregárselo a los campesinos.

Esa frase la tomé textual; es histórica. La clase alta se rebeló tanto porque se atentaba contra algo en lo que ellos no se sentían privilegiados: creían que era el orden natural de las cosas, incluso la ley de Dios. Sentían que era un derecho establecido por nacimiento y nunca se lo cuestionaron hasta que alguien de afuera lo hizo. Por eso la reacción fue tan furiosa. Lo consideraban un robo.

¿Ha cambiado esa percepción?

Felizmente, ha bajado el número de personas que siguen pensando así. Es sustantivamente menor, pero ese pensamiento no ha cesado ni muchísimo menos. Siguen existiendo las brechas y desigualdades.

Mi mamá era democratacristiana y peleaba con toda su familia, que eran millonarios, porque era absolutamente pro-Frei.

¿Por qué le interesó volver a esa época?

No me lo propuse, fue algo bien especial. Escribí esta novela en un mes. Un hermano millonario nos invitó a todos, por cuatro semanas, a las Termas de Chillán, en invierno. El primer día me torcí el cuello y no pude moverme durante esas cuatro semanas. Estaba en una cabaña, con una Bosca, y descubrí que tenía un bloc fiscal y un lápiz pasta. Todos los demás estaban esquiando, felices, y yo no tenía nada más que hacer que estar derecha, sentada y escribiendo. Entonces recordé lo que mi mamá siempre me decía: “No te libras de escribir lo que eres o lo que fuiste”. Y pensé: “¿Qué mierda soy?”. Entonces empecé a acordarme de esta época, de este terrible invierno y de una repartición de herencia. Me puse en la voz de Make, que me salió sola, muy fácil. Después, por supuesto, hubo mucha corrección.

Carlos Pavletic Favi

¿Las discusiones de la novela son reflejo de las que observó en su familia?

Absolutamente. No es mi familia calcada, pero hay rasgos, sucesos, escenas, palabras y, sobre todo, pensamientos que se ponían sobre la mesa del comedor de manera muy parecida. El fanatismo y la rabia extrema son una mezcla de la reacción de la clase alta chilena al verse despojada, que se extendió desde el norte y fue muy intensa en el sur. Hubo predios, hectáreas enteras, que se quemaron para que no fueran expropiados.

En mi caso, estuve históricamente como la palta del sándwich. Mi mamá era democratacristiana y peleaba con toda su familia, que eran millonarios, porque era absolutamente pro-Frei. Trabajó durante años en el Instituto de Educación Rural, donde se llevaba a efecto la reforma. Nosotros pertenecíamos a “los malos”, entre comillas, pero estábamos metidos adentro; teníamos el auto más viejo y no teníamos acción en ningún club de golf. Había mucha disensión y mucha discusión.

Esta novela tuvo otra versión en 2011 y provocó problemas con su familia.

Creo que esta también va a tener problemas con mi familia, pero la diferencia es que no me importa. No es una segunda edición, sino una edición revisada y corregida, con cambios sustanciales. Random publicó la novela y después la sacó de circulación.

¿No es la primera vez que su familia se incomoda con una novela suya?

Por supuesto que no. Hay tías y parientes que quemaron mis libros en el jardín. La señora K la quemaron por indecente. Es parte de ser la palta del sándwich.

Atípica

Ana María del Río estudió en colegios de monjas, fue a un instituto de formación para señoritas y en la universidad, durante la Unidad Popular, se vinculó con grupos de izquierda. A ella le gusta definirse como “hija atípica de una familia burguesa chilena”.

-No he hecho nada de lo que se esperaba de mí. Nada. No he cumplido ni un check; la lista sigue intacta. Es un currículum que me interesa mantener.

Existía una cosa horrorosa llamada Instituto de Educación Familiar, donde les enseñaban a hacer flanes y tortillas, poner la mesa, tejer mañanitas y quitar manchas. Mi madre me metió ahí. Duré exactamente tres semanas.

¿Qué se esperaba de una joven de familia burguesa?

Cosas clarísimas: que siguiera en un colegio de monjas y diera el bachillerato. Yo di el último bachillerato y la primera PAA, tengo ese honor. Después, las niñitas debían aprender algo útil. Existía una cosa horrorosa llamada Instituto de Educación Familiar, donde les enseñaban a hacer flanes y tortillas, poner la mesa, tejer mañanitas y quitar manchas. Mi madre me metió ahí. Duré exactamente tres semanas: me arranqué. Las más audaces estudiaban secretariado bilingüe, taquigrafía. Solo las porfiadas, las muy valientes, se atrevían con leyes o ingeniería; eran bichos raros.

Mis padres tuvieron la visión de que fuera a la universidad. Un poco como a Make, los tíos decían: “Esta niñita es tan discutidora que debería entrar a Derecho”. Y, por supuesto, a los 20 o 21 años se esperaba el pololeo, el anillo, el matrimonio, la luna de miel y luego los niños: uno, dos, tres, cuatro. Yo me salí totalmente del molde. Tuve una hija estando soltera.

CD.Pavletic

En la universidad descubrió un mundo muy movilizado. ¿Cómo la marcó?

Fue fundamental. Si no hubiera entrado a la universidad, seguramente habría terminado como secretaria bilingüe, con el peor pecado de la clase alta de ese tiempo, y tal vez de este también: la indiferencia social. Ahí también fui la palta del sándwich: tenía que luchar entre mi familia y mi participación en los grupos de izquierda. Para entrar era muy difícil: tenías que saber qué decía El capital, aprenderte el silabario de Marta Harnecker. Yo estudié como loca. En el día me iba a las tomas de terreno con los estudiantes y tenía que disfrazarme de niñita universitaria cuando llegaba a mi casa.

Los estudiantes de izquierda peleábamos todos los días en el patio de la universidad con los de Jaime Guzmán.

Para mí, fue absolutamente el despertar. Los estudiantes de izquierda peleábamos todos los días en el patio de la universidad con los de Jaime Guzmán, todos con abriguito azul, siguiéndolo a él, que era un prodigio como orador. Todo el aprendizaje del colegio quedó muy atrás y aprendí cuáles eran las cosas importantes. Mi única autocrítica es que me habría gustado meterme más, ser más valiente.

En Tiempo que ladra aparece un golpe de Estado metaforizado.

Hay que tener en cuenta que se escribió cuando existía censura. El libro vio la luz primero fuera de Chile, en Estados Unidos, donde ganó un concurso. Después Andrés Bello lo publicó acá. Yo empecé a escribirlo en Chile y había que tener cuidado. Por eso está bastante metaforizado, pero está.

¿Qué significó el golpe para usted?

Estaba en mi penúltimo año de universidad, empezando la memoria de tesis. Cerraron mi escuela, mataron a varios compañeros y los profesores emigraron. Nos dieron la oportunidad de una titulación rápida, entre gallos y medianoche, pero nadie aceptó. Me fui y tuve que empezar a trabajar, porque mi padre había muerto y mi mamá estaba sola, con cinco hijos y la casa. Entré al Incacea, que enseñaba “la carrera del futuro”: dibujante técnico. Estudié un año y me convertí, creo, en el peor dibujante técnico del Cono Sur.

Hacia fines de los 70 comenzó a escribir seriamente. Y a inicios de los 80 se vinculó al taller que dirigía Pía Barros en su casa, en Vicuña Mackenna 6.

-Pía tenía un taller muy bueno, por el que pasaron Sonia González, Andrea Maturana y Pedro Lemebel, que entonces se llamaba Pedro Mardones. Después hicimos un taller en mi casa, en Suecia con Eliodoro Yáñez. Era una casa vieja con una galería grande. Se sumaron señoras canasteras que querían escribir y era muy divertido verlas con Pedro, metido ahí, escribiendo sus primeros cuentos, que eran estallantes.

(En los 90) Nos sentíamos una generación que estaba empezando algo nuevo... Era un poco competitivo... En cambio, durante la máxima represión había más colectivismo en los talleres clandestinos.

A mediados de los 80 partió a Estados Unidos con una beca. Una escritora la recriminó por irse. Allá escribió De golpe, Amalia en el umbral y Tiempo que ladra. De regreso al país, a inicios de los 90, participó del fenómeno de la Nueva Narrativa Chilena.

-Planeta hizo entonces un ofrecimiento inédito: “Tráiganme manuscritos y a los que me gusten les daré un anticipo de un millón de pesos”. Todo el mundo hizo fila en Planeta. Yo también. Tuve la suerte de que me publicaran; uno iba temblando de felicidad. Nos sentíamos una generación que estaba empezando algo nuevo; nos encontrábamos en la sala de espera y soñábamos con que nuestras fotos aparecieran en las paredes. Pero cada uno escribía solo, sin mostrar su trabajo. Era un poco competitivo: nos veíamos mucho, pero para trabajar cada uno se encriptaba. En cambio, durante la máxima represión había más colectivismo en los talleres clandestinos.

Hoy participa en el colectivo de Autoras Chilenas (AUCH), al que se vinculó en la época del estallido.

-Llegué a un colectivo de puras jóvenes. Con Pía Barros éramos las seniors. Se activó en la época de “Un violador en tu camino”. Fuimos al Estadio Nacional, cantamos, marchamos e hicimos la mímica. Catalina Infante nos convocó a un encuentro en la editorial Catalonia y se creó un colectivo grande, de unas 70 autoras, aunque no todas están activas. Yo he permanecido en la Comisión de Fomento Lector. Es un colectivo con mucha generosidad y líneas claras; siempre ha estado la idea de ser una voz social más audible.

Su próxima publicación será con el colectivo: la editorial Usach publicará un libro que prepararon en memoria de las mujeres detenidas desaparecidas: cien minificciones en torno a igual número de desaparecidas. “Cada autora tomó algunos nombres, investigó e hizo más viva una historia que en los informes Rettig o Valech aparece consignada en cinco líneas”.

El proceso fue muy intenso, cuenta:

-Hubo una lectura en el Museo de la Memoria que casi no pudimos terminar, porque era demasiado fuerte. La idea surgió con el cincuentenario: rememorar, recordar y no olvidar; dejar un registro y combinarlo con la creatividad de cada una. Muchas se enfermaron mientras escribían, pero era necesario hacerlo, para no olvidar.

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