Por Pablo Retamal N.“Sin Nicanor no hay Violeta”: el libro que explora la simbiótica relación de los hermanos Parra
La escritora Patricia Cerda reeditó Violeta y Nicanor (Ediciones B), su novela de no ficción sobre el vínculo vital, la complicidad artística y el impulso creativo que unió a dos de las figuras más determinantes de la memoria cultural chilena.

Violeta Parra ya lo decía en la última línea de su Cueca de los poetas: “Corre que ya te agarra Nicanor Parra”. Que la cantante tuviera presente a su hermano en Las últimas composiciones, el inmortal álbum de 1966, no era una casualidad. Nicanor había sido parte de su sangre, un maestro severo y un apoyo incondicional. Todo al mismo tiempo.
Además, Violeta lo dejó consignado en su carta final, antes de acabar trágicamente con su vida el caluroso 5 de febrero de 1967. “Sin Nicanor no hay Violeta”. Ese vínculo llamó la atención de la escritora y doctora en Historia, Patricia Cerda, quien a base de una exhaustiva documentación decidió adentrarse en la profundidad misma de la relación entre la mujer de Gracias a la vida con su hermano mayor, el célebre antipoeta.
Ese trabajo, Cerda lo plasmó en el libro Violeta y Nicanor. Publicado originalmente en 2018, vuelve a estar disponible en una nueva edición, ahora bajo el sello Ediciones B. En formato novela de no ficción, la escritora cuenta cómo Nicanor fue decisivo para la carrera artística de su hermana, pero también comparte con el lector cómo fue el proceso de investigación, que incluyó una visita a la casa familiar de los Parra, en Chillán.

“La idea surgió el 2016, un año antes de que se cumplieran los cien años del natalicio de Violeta Parra -comenta Patricia Cerda a Culto-. Al principio pensaba escribir sobre ella solamente, pero su hermano poeta se me aparecía a cada rato y fue tomando cada vez más relevancia en el texto. Al final los dejé a los dos. Sobre todo, después de leer una entrevista de Nicanor Parra en que se quejaba de que la crítica siempre los viera por separado, siendo que ellos eran casi una misma persona. Decía que bastaba que él pensara en algún tema o sacara alguna conclusión, para que Violeta sintiera lo mismo. Afirmaba, medio en serio, que entre ellos dos, la poeta era ella. La cercanía era evidente y eso no había sido abordado por la ficción. Me parece que sigue siendo el único texto (de ficción o no ficción) en que ellos están juntos”.
“Me interesaba ahondar más en ese vínculo por lo importante que fue para nuestra memoria cultural -añade Cerda-. Me gusta ese concepto creado por los antropólogos alemanes Jan y Aleida Assmann. La memoria cultural se refiere a la forma en que una sociedad conserva, transmite e interpreta su pasado. Es algo que me ha ocupado en varias de mis novelas. Las composiciones de Violeta y los poemas de Nicanor nos regalaron una nueva mirada a lo nuestro. Lo interpretaron para nosotros de una manera que nos identifica y nos encanta y le dieron a esa memoria cultural una dimensión nueva, metafísica, universal”.

¿Cómo fue el proceso documental para rescatar la vida de ambos hermanos? Patricia Cerda comenta: “Fue muy importante la lectura de las Conversaciones con Nicanor Parra de Leonidas Morales. Es un libro de entrevistas temáticas que tuvieron lugar entre 1970 y 1985. Una de las sesiones está dedicada a su relación con Violeta. Tuve la oportunidad de charlar con Leonidas antes de su muerte y de que me recreara lo conversado con el antipoeta. Lo que sabemos del momento epifánico en que Nicanor convenció a su hermana de dejar los cantos de boleros y corridos en los bares de Santiago para dedicarse a recopilar folklore, lo dice en esa entrevista. Ocurrió en 1951, cuando él recién había regresado de Inglaterra. Nutrirse de esa tradición y crear sus propias composiciones, fue algo que creció orgánicamente en la década siguiente, después de aquel primer empujón”.
Otro punto crucial fue el terreno, ahí donde los Parra crecieron. “Para mí, que vivo desde 1986 en Alemania, era importante visitar los lugares sagrados de que hablaba Nicanor Parra. No bastaba con leer documentos o ver fotografías, tenía que verlos personalmente. Fue importante visitar la casa en los suburbios de Chillán, cerca del cementerio, escenario de la vida familiar durante la infancia de los hermanos. Lo mismo el viaje a Lautaro, a orillas del río Cautín. Como escritora, necesito recorrer los lugares, sentir las atmósferas, para poder describirlas”.
Este viaje se cuenta en la novela de manera intercalada. “Quise hacer partícipe al lector de mi búsqueda y que la narradora reflexionara en la novela sobre su deuda con ellos. Indirectamente, traté de recalcar la influencia de la antipoesía en la literatura chilena contemporánea. No me refiero a la gravitación entre los poetas, eso es evidente, sino en los narradores, algo de lo que se habla menos. Pienso en Bolaño y en Zambra. El realvisceralismo en Los detectives salvajes tiene, pienso, una impronta parriana. Bolaño fue bastante explícito al declarar esa influencia, entre otros, en entrevistas en este mismo periódico. La presencia inminente de Parra que yo leo en la novela Poeta chileno de Zambra podría ser otra resonancia antipoética”.

Un camino paralelo
Un detalle que Cerda recoge en el libro, es que Violeta y Nicanor Parra eran dos personalidades diametralmente opuestas: mientras en Nicanor todo era raciocinio y método; Violeta era volcánica e impetuosa, un carácter que el severo hermano mayor trató de domar mandándola a estudiar a la Escuela Normal, cuando ambos residían en Santiago. Esto, porque Nicanor siempre creyó en el trabajo intelectual, la educación y el rigor. “Nicanor profitó de la apertura de la sociedad chilena de los años veinte y treinta a dar educación a las nuevas generaciones populares. Se las arregló para que lo aceptaran en el Internado Nacional Barros Arana y consiguió la beca de la Liga de los Estudiantes Pobres. Una vez enrielado, apoyó a su hermana”, dice Patricia Cerda.
Pero las salas de clases aburrían a Violeta. Lo suyo estaba en el canto, ante el terror de Nicanor que no quería ver a su hermana convertida en bohemia yendo de bar en bar. “Él quería que ella estudiara en la Escuela Normal, pero Violeta se opuso. Lo intentó algunos meses, pero no le interesaba lo que le enseñaban. Ella intuía que su camino era otro y Nicanor respetó esa decisión”.
“Nicanor Parra era una persona exigente, también consigo mismo -agrega Patricia Cerda-. Durante su estadía en Oxford, entre 1949 y 1951, hubo una evolución importante en su vida y su poesía, desde que descubrió la literatura inglesa y europea, en general. Regresó con otra mirada hacia su cultura. Comenzó a interesarse por las recopilaciones antropológicas de Rodolfo Lenz (el fundador de los estudios etnológicos en Chile). Asistía a sus clases en el Pedagógico. Leía la Lira Popular que Lenz recopilaba. Entendió que allí había una veta escondida fundamental, algo auténtico, y motivó a su hermana a seguir los pasos de Lenz. El filólogo alemán hacía en Chile lo mismo que habían hecho los hermanos Grimm en Alemania. En todo esto había una conexón romántica que yo abordé en la novela. Cuando Violeta mostró a su hermano su composición La jardinera no quedó duda de que ambos iban por el camino correcto”.

Otra dimensión importante en la vida de ambos hermanos fue la madre, Clarisa Sandoval, una mujer severa, de trabajo, quien laboró como modista en un importante atelier de Santiago (haciéndole ropa a la primera dama, Rosa Ester Rodríguez de Alessandri) y era quien empujaba por sacar a la familia adelante. Pero escondía un don: el del canto. Sin embargo, guardaba con llave una guitarra que se negaba tozudamente a facilitarle a Violela, quien ni corta ni perezosa, le pidió prestada una a su vecina para darle rienda suelta a su pasión.
“Fue una gran influencia, sobre todo para Nicanor. Él siempre hablaba de ella en las entrevistas -señala Patricia Cerda-. Desde que quedó viuda mantuvo a sus ochos hijos a duras penas con sus trabajos de modista de trastienda, como la llama él en su poema Epitafio. En la casa de Las Cruces colgaban unas telas hechas de retazos que había cocido Clarisa con su máquina. Tenía pasta de diseñadora. Pero más allá de eso, era una mujer con un gran talento ético que supo transmitir a sus hijos. Tremenda Clarisa Sandoval. La matriarca del único linaje popular que ha surgido en toda la historia de Chile”.
“Ambos heredaron el talento ético de su madre -sigue Patricia Cerda-. Este talento implica la capacidad de ver al ser humano en estado de pureza, vale decir, no contaminado de las verdades de su tiempo, lo cual deriva en una gran libertad interior. Allí podría estar la raíz de la irreverencia de ambos y la explicación de su fuerza creativa. Para ellos no había jueces superiores. La acción coercitiva de la sociedad no funcionaba en la vida de los hermanos Parra. En ellos todo era auténtico y original. Es la razón porque nos siguen fascinando”.

Esa autenticidad y originalidad no solo se debe a sus mentes creativas, sino al trabajo conjunto. “Eran caminos en parte paralelos -añade Patricia Cerda-. Está documentado que Violeta mostraba sus recopilaciones a su hermano y a veces él la acompañaba a sus excursiones. Era el primero en escuchar sus temas musicales. Hay un momento a fines de la década del 50 en que la sinergia fue total, cuando Nicanor publicó el poemario La cueca larga. Más que en ningún otro trabajo suyo, el antipoeta destiló allí proverbios y sentencias de la picaresca del campo chileno. La influencia de Violeta allí era evidente. Ella comenzó de inmediato a musicalizar uno de esos poemas titulado La cueca larga de los Meneses para incluirlo en un vinilo que preparaba para el sello Odeón. A mayor abundamiento, el libro incluía el poema Defensa de Violeta Parra”.
De todos modos, para Cerda el sello de los Parra era su libertad interior, el punto de vista auténtico, que no siempre fue valorado del todo: “Nicanor Parra tuvo problemas políticos por ello. Antes de transformarse en el sabio de Las Cruces lo atacaron desde la izquierda durante la Unidad Popular y desde la derecha durante la dictadura. Fueron décadas de soledad e incomprensión, pero él no aflojó. Su gran respuesta fue el poema El hombre imaginario. En el caso de Violeta, ya sabemos la decisión que tomó”.

“Pienso que los chilenos tenemos esa deuda con Nicanor Parra: el haber ayudado a que Violeta desarrollara su talento. Seguramente pensaba que no lo hacía solo por ella, sino por el legado que nos iba a dejar. Fue un medio. Nicanor Parra era, sin duda, un visionario”.
Finalmente, sobre esa última frase que suena a sentencia “Sin Nicanor no hay Violeta”, y que resume todo con precisión, Patricia Cerda comenta cómo fue que se conoció públicamente. “Es lo que dice Violeta en su carta de despedida, dirigida a Nicanor. Son sus últimas palabras escritas. Nicanor se lo contó a Leonidas Morales en la entrevista mencionada. Al parecer, lamentablemente, esa carta se perdió”.

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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