Por Claudio VergaraLollapalooza día 1: la hermandad de pop y rock, el desborde por 31 Minutos y el retorno al Parque O’Higgins
Sabrina Carpenter y Deftones marcaron los puntos altos del primer día de Lollapalooza Chile 2026, pero también fue el retrato de una jornada de contrastes: el pop y el rock pudieron convivir sin problemas en una cita que volvió con éxito al lugar donde todo empezó. 31 Minutos, por su lado, demostró una vez más que le queda chico el Kidzapalooza.

La última vez que Lollapalooza Chile se hizo en el Parque O’Higgins el mundo era otro.
Marzo de 2019. El estallido social aún era un vocablo desconocido e inexistente en el léxico de la historiografía local, mientras que la pandemia del Covid-19 sólo se remitía a los universos diseñados por la ciencia ficción. Sabrina Carpenter apenas tenía 20 años, aún no cruzaba hacia el gran firmamento del pop, y Chappell Roan ni siquiera había despachado su primer disco. Los Bunkers eran un recuerdo, la estela de una banda disuelta cuyo destino resultaba incierto, impredecible y no se conjugaba en plural.

Sin embargo, todos ellos pasarán este fin de semana por la edición 2026 de Lollapalooza que precisamente ha vuelto a su cuna, a su tierra de origen, el pulmón verde situado en la comuna de Santiago, luego de cuatro versiones -de 2022 a 2025- en la explanada del Parque Cerrillos. El mundo claramente hoy es otro.
Ha pasado el tiempo y la sensación ayer, en el inicio de las tres jornadas de espectáculo que siguen este sábado 14 y domingo 15, era la del giro de retorno a casa: Cerrillos siempre se experimentó como un lugar de paso, una excepción algo incómoda y en constante adaptación, con menos áreas verdes, menos zonas de sombra, y dimensiones maratónicas que hacían cada recorrido una épica de avezados.
El Parque O’Higgins asoma como un sitio de menor tamaño y, por tanto, más amable al minuto de abarcar escenarios, armar rutas y cruzar la diversidad estilística que oferta Lollapalooza. Los escenarios son seis, pero no hay demasiado metraje a la hora de saltar de uno a otro, sobre todo considerando que dos de ellos son techados: el Perry’s stage en el Movistar Arena -destinado a los sonidos urbanos y electrónicos- y el Alternative stage -consagrado al rock de genética menos masiva-. Ideal para soportar el calor lacerante que ayer golpeaba la ciudad.

Por lo mismo, como todo buen reencuentro con el lugar que se dejó para alguna vez volver, desde antes de las 13 horas se acumulaba gente en los alrededores para ingresar a su interior. El tráfico de autos se hacía más lento por los sectores de Matta, Rondizzoni y Tupper, mientras que el resto del paisaje lo adornaban fanáticos que marcaban un balance: ahí donde había poleras de la figura luminosa de Carpenter, también había otras con los mundos rudos y endurecidos de Deftones, ambos números estelares de la jornada debut de ayer.
El contraste latió también al abrir las puertas del parque. Con la habitual fanfarria de la banda sonora de Star Wars -de John Williams y que se ha vuelto habitual en el comienzo del evento durante cada año-, los cientos de asistentes ingresaron a ritmo apurado, urgente, a la caza de los mejores espacios cerca de los escenarios principales, nuevamente con indumentaria que destilaba rock a cargo de Slipknot, System of a Down o los propios Deftones -los nombres que han clavado bandera en el rock del siglo XXI-, mientras que otros seguidores exhibían a emblemas de la primera línea del pop global, como Chappel Roan, quien estará este domingo en el festín musical.
Menú entre guitarras y DJs
Para levantar el telón de la jornada -y siguiendo esa misma tendencia-, los encargados fueron los chilenos Dracma, banda surgida en los estertores de los 90 y admirados por el mismo Gustavo Santaolalla, propietarios de una obra concisa que abraza el aggro metal, el nü metal y el rock bajo estímulos de alto voltaje, naturaleza que mantienen con fuerza y vigencia en esta reunión del nuevo siglo. Dominados por el pulso férreo y brutal de José Miguel “Cote” Foncea en batería y la voz agresiva de Polo Vargas, la agrupación apareció a las 13.45 horas en una de las tarimas centrales y logró agitar al público gracias a temas como Todo lo que puedo hacer o Como un animal, a la par que animaban a todos aquellos que habían arribado para ver a Deftones, como lo proclamaron.

Sólo unos metros más al sur, en el Movistar Arena, las guitarras no eran el credo. Tampoco Camilo “Chino” Moreno o los Deftones. La fe se profesaba hacia la vibra trap de Benja Valencia, secundado por DJs, cuerpo de baile y texturas sintéticas, con una apuesta que establece un acento más romántico para la música urbana, de la misma camada de astros como Kidd Voodoo. Lentamente, la gente que ingresaba al parque también copaba el arena situado en la mitad de la elipse.
En las primeras horas, el fulgor eléctrico de Dracma y la cadencia machacante de Benja Valencia imponiendo sus propios principios, separados por sólo unos pasos, retrataba la mejor secuencia de la entrega 2026 del festival: el pop y el rock unidos jamás serán vencidos. Expresiones que siempre parecieron crecer en las antípodas y mostrándose los dientes, tienen en este encuentro un refugio de hermandad, un par de horas donde se dan la mano atrás sin golpes.
En los escenarios protagónicos siguió la estridencia, con el rock hegemonizando los pasajes iniciales de la velada. El trío femenino mexicano The Warning desplegó su hard rock de contornos metaleros y sonido a tope, para canciones interpretadas en inglés y que gozan de un pequeño culto en el país. Casi respondiendo a esa devoción, regalaron su propia lectura para El baile de los que sobran, de Los Prisioneros. El público agradeció el gesto.

El escenario Alternative, en tanto, levantado justo afuera del Teatro La Cúpula, recibía a los capitalinos Cleaver, adscritos al post grunge, pero de avasalladora potencia en vivo. En el mismo lugar, el mundo opuesto lo mostró un par de horas después el grupo estadounidense LANY, con su pop rock de secuencias que intenta un estallido épico y emotivo, casi de estadios, aunque se desvanecen en la aventura. En el escenario aún no había demasiado público -consecuencia obvia del calor de esa hora-, pero igual su vocalista, Paul Klein, se bajó a las primeras filas para cantar y agradecer a su hinchada.
En los montajes que convocan a más presentes, era el turno de los ingleses Bad Nerves, con su punk acelerado que hace de la velocidad parte de su médula, fórmula bendecida hasta por Green Day. Con el curso de los minutos, suenan algo repetitivos y uniformes, pero logran agitar a una masa que ya pasada las 15 horas aguantaba el calor como podía.
Mucha mejor suerte tuvo Gepe: el cantautor nacional protagonizó el mejor show de la primera parte de Lollapalooza 2026. Su exuberancia actual en el escenario es total, con mayor dominio del espacio, una calidad interpretativa y elástica que cubre diversos géneros, y una banda que también se nutre de charango, trompeta, trombón y saxofón.

Daniel Riveros -su verdadero nombre- ha llevado su estimulante fusión de sonidos, materializada desde hace años en sus discos, a los escenarios, y lo ha hecho con clase, energía, dinámica y comunión con el público. Así como Los Bunkers en este 2026 son headliners en uno de los escenarios centrales, a futuro no es descabellado pensar que Gepe puede trasladar su crecimiento escénico a un mejor horario: muchas personas cantando sus canciones demuestran que se ha transformado en un neoclásico de la música local, una coordenada ineludible del siglo XXI.
Y a propósito de Los Bunkers, invitó a escena a la actual baterista de los penquistas, la cantautora Cancamusa, con quien interpretó Dopamina y Alfabeto.
¿Por qué 31 Minutos no va a un escenario central?
La intensidad crecía ante las figuras más relevantes del cartel, pero en otro rincón del parque asomaba un remanso: Kidzapalooza, esta vez rodeado de puestos de emprendedores y juegos que le daban un aire familiar a uno de los espacios más vibrantes y queridos del festival.
El mismo que empezó con el grupo de rock familiar Los Machinga, una propuesta donde las guitarras -otra vez- narran pasajes de la vida cotidiana de un clan de cualquier lugar del país. Pero todo cambió con las horas: la aparición de 31 Minutos cerca de las 18.30 hizo que el lugar se viera absolutamente repleto, rebalsando público.

Con sus habituales canciones y el show de Radio Guaripolo -además de un chiste hacia el presidente José Antonio Kast-, el más legendario espectáculo de títeres del país también retornó a su punto de nacimiento: fue en el Lollapalooza 2012 donde realizaron una de sus primeras funciones en vivo a gran escala, demostrándose a ellos mismos en ese momento que podían tener éxito más allá de la pantalla chica. Fue un minuto de inflexión y el despegue para todo el suceso en vivo que gozan hasta hoy y que los ha llevado desde México hasta el Festival de Viña del Mar.
Ante una indudable popularidad y el carácter mayúsculo que adquirió su huella tras el fenómeno del Tiny Desk del año pasado, ¿por qué no mudar su show a uno de los escenarios centrales, para así evitar el gentío y el caos? Tarea para la casa para los organizadores.
Además, el volumen de público de la jornada inaugural sólo siguió creciendo, atendiendo a la multitud que desde tempranas horas copaba el sitio.
Caballos, homenajes y fiesta
El Movistar Arena siguió siendo un recinto de gran flujo de audiencia, sobre todo cuando cerca de las 19.00 horas apareció HorsegiirL, la DJ alemana que juega con su identidad y que en varias entrevistas y apariciones públicas ha dicho autopercibirse como caballo, usando incluso una máscara equina. Un recurso singular y efectivo en días en que la tribu urbana therian escala en las redes sociales.

Sin máscaras, el conjunto sueco Viagra Boys aparecía cerca del mismo horario en el Alternativa stage, demostrando que lo suyo es un post punk voluptuoso en sonido, con guitarras musculosas y envolventes, y una actitud desfachatada por parte de su cantante Sebastian Murphy, además de excelentes canciones desprendidas de su última entrega, Viagr Aboys (2025), uno de los mejores títulos de la última temporada. Murphy hasta se atrevió con un insulto directo contra Kast (“¡conchet…!”): bastante menos protocolar que 31 Minutos.

Subiendo en la noche, y también en el lineup -después de una soberbia presentación de Interpol-, la estadounidense Doechii llevó al escenario Cenco Malls su pop sugerente y frontal, salpicada en fraseo hip hop y secundado por un cuerpo de baile que porta abanicos, muy en la tónica con el utensilio más utilizado durante la tarde para alivianar la sensación térmica.
Doechii es una alquimista del ritmo negro que a través de ritmos percutivos envuelve al público en una dimensión de la que es difícil zafar, como si cada trozo de su performance fuera un viral de TikTok pegajoso, tan efímero como efectivo. Así sucede con la misma Anxiety, que ganó fama y celebridad en la plataforma, coreada por miles que en la tarde se agolparon en el lugar.Su show es veloz y trepidante, no tiene tregua ni bandera blanca, así como por momentos se hace repetitivo: la estadounidense es una figura en plena formación.

Por supuesto, ese casillero no cabe para Deftones, inmediatamente después en el escenario Banco de Chile. La agrupación estuvo en el primer Lollapalooza Chile en ese lejano 2011 y hoy no sólo llegan como clásicos del rock con matrícula del nuevo siglo, sino también como los sobrevivientes más dignos, versátiles e inquietos de un género como el nü metal, capaces de hermanar distintas capas y lenguajes, en una apuesta donde caben hasta Depeche Mode o The Smiths.
En la noche de este viernes 13, Deftones -y en particular su cantante “Chino” Moreno- demostró que tiene esa sensibilidad que decanta rápidamente en rudeza, como un canto estoico, etéreo y angelical que de un momento a otro se torna agresivo, la calma antes de la rabieta, el enigma en la previa al torbellino, una marca registrada de la casa.
El Parque O’Higgins ahora sí se veía repleto como antaño, una masa a los pies de una banda que desplegaba su excelente último título, Private music (2005), además de himnos de su catálogo como Be quiet and Drive (far away) y My own summer (shove it). En Chile, Deftones nunca defrauda. Aún más: este ha sido uno de sus pasos más intensos por el país, destacando además ese acorazado instrumental que representan las guitarras pesadas de Stephen Carpenter y el puñetazo de Abe Cunningham en batería.

La incógnita cabía entonces en Sabrina Carpenter. No por su música: con siete álbumes de estudio, la estadounidense propulsada por la firma Disney ha facturado un pop burbujeante, bien producido y con el espejo retrovisor hacia lo más luminoso de los 80, entre las cascadas de teclados y los sintetizadores de apetito bailable. En Lollapalooza, mostró todas sus condiciones: un escenario a gran escala que simula un estudio de TV, con varias pasarelas y un nutrido cuerpo de baile, como si se tratara de la narración de un musical.
Con hits como Please please please y Espresso, la artista se mostró carismática, luciendo body verde, botas blancas y un micrófono dorado, sorprendida por lo demás con ese bramido patrio que empieza con un sonoro “c-h-i”.

Pero si se trata de artistas habituados a la hinchada local y sus gritos de agradecimiento, Tom Morello clasifica entre los más aventajados. El ex Rage Against the Machine estuvo en el Alternative stage y sobre el comienzo rindió homenaje a Víctor Jara al hacer sonar en el escenario el inmortal Manifiesto del asesinado cantautor, ese tema que perpetuó aquella máxima del “yo no canto por cantar”.
Morello tampoco toca por tocar y en su presentación pasaron no sólo homenajes a “la memoria de Víctor Jara”, por quien clamó justicia, sino que también menciones al expresidente Salvador Allende y a su compañero de ruta, Chris Cornell, con quien compartió roles en Audioslave.

Su espectáculo es generoso en emoción, claro, está, pero también en técnica: Morello es uno de los instrumentistas más dotados de su generación, capaz de diseñar distintos lenguajes desde su guitarra, disparando riffs afilados y envolventes, y otros más sinuosos emparentados con el blues. Sobre el cierre, dijo que la audiencia chilena era su favorita en todo el mundo. Ni más ni menos. Habrá que confiar.
Su batería de sonidos se cruzaba en el parque en algún punto con la chispa pop de Carpenter, demostrando por enésima vez en el día que figuras, géneros y sonidos tan disímiles pueden cohabitar en paz, quizás en la única instancia en que una proclama como Killing in the name puede tropezar con Espresso.

Por supuesto, todo aquello había que celebrarlo: esta vez Lollapalooza ha extendido los horarios y el chileno Young Cister saltó al escenario Banco de Chile pasada las 23.30 horas, mucho más tarde de lo que estilaba el espectáculo con anterioridad.
Igual, todo fue celebración, con el astro urbano demostrando por qué es uno de los más inventivos entre sus coetáneos, en una escenografía que simulaba algo así como una bencinera y con composiciones que también arañan el rock, el pop y la electrónica. Para ocupar un escenario grande a esa hora, había que tener argumentos. Young Cister estuvo a la altura de un cierre de primera jornada que timbró con éxito el giro en reversa hacia el parque donde se inició esta historia.
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