Angeles y demonios

"Así sentiría yo, si fuese chileno, la desventura que en estos días renueva trágicamente una de las facciones más dolorosas de vuestro destino. Porque tiene este Chile florido algo de Sísifo, ya que como él, vive junto a una alta serranía y, como él, parece condenado a que se le venga abajo cien veces lo que con su esfuerzo cien veces creó". La frase fue pronunciada por el filósofo español José Ortega y Gasset, en un emotivo discurso el año 1928 ante el Parlamento chileno.
Me imagino que a la gran mayoría de los chilenos nos inunda una profunda pena por todo el dolor del que hemos sido testigos. Lo más probable, sin embargo, es que esa muy pequeña comunidad de privilegiados de la que algunos somos parte nunca alcance a dimensionar la real magnitud del drama que afecta a tantos compatriotas.
Al ambiente de desazón generalizada se han sumado sentimientos de orgullo, pero también de rabia y vergüenza. Aunque ya habrá tiempo para los diagnósticos y las evaluaciones, es imposible soslayar que la envergadura de la tragedia evidenció una sociedad de dramáticos contrastes. Así, por ejemplo, el Estado del que tanto hemos hecho gárgaras, hizo gala de un desempeño insuficiente -cuando no a ratos completamente ineficiente- en la labor del socorro básico de los más damnificados.
Las diferencias en el comportamiento de la población también han sido notorias. Mientras hemos encontrado consuelo y esperanza en el testimonio de tantos que pese a la desesperación jamás olvidaron la decencia cívica, o en los funcionarios públicos, voluntarios y tantos individuos que se han volcado para auxiliar al prójimo; también la bajeza humana se hizo presente a través de los saqueos de artículos que no eran de primera necesidad o en el egoísmo y afán acaparador de las clases más pudientes.
Hay algo de lo que todavía no hablamos mucho, pero que sospecho subyace a nuestra perplejidad y decepción: con el terremoto afloraron nuestras mejores virtudes, pero también se desnudaron las peores miserias. De esta forma, la imagen y autopercepción que sobre (y de) nosotros habíamos construido, también están seriamente damnificadas.
Por lo mismo, enfrentamos un doble desafío. En lo inmediato, muchos ya han puesto los ojos en lo que será la tarea de reconstrucción y en el liderazgo político que el país necesita. Cálculos preliminares indican que los daños materiales ascienden a US$ 30 mil millones, lo que en los hechos significa que la labor que tenemos por delante podría tomar buena parte de la próxima década.
El Presidente electo ha explicitado la necesidad de alterar su programa de gobierno y concentrar los esfuerzos de su administración en el urgente desafío que tenemos por delante. El tan divulgado sello en la gestión -la "nueva forma de gobernar", por utilizar la frase de estilo- tendrá ahora su prueba más decisiva. Dicen que se han preparado largo tiempo para esto y, por Chile, sinceramente les deseo el mayor de los éxitos. De igual manera, y aunque por insospechados caminos, la futura oposición deberá estar más llana a la idea de un gobierno de unidad nacional, en la medida en que el objetivo de la reconstrucción obligará a una mayor paciencia y generosidad por parte de todos.
Sin embargo, lo que más me preocupa es la "otra" reconstrucción: aquella que tendrá que reponer los cimientos de una virtud cívica y moral pública severamente dañadas en el tejido social. Lo que se nos vino abajo -parafraseando a Ortega- fue algo más que casas, edificios y carreteras. Con la misma fuerza y decisión, también ahí es el momento de reflexionar y de actuar.
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