Ciudades perdidas en la estepas
<P>Un fotógrafo revela las devastadoras consecuencias del pasado nuclear de la Unión Soviética, sobre todo en Kazajistán.</P>

El nombre Kurchatov no es tan reconocible como Hiroshima o Chernobyl. El pequeño pueblo en las estepas del nororiente de Kazajistán no aparecía en los mapas hasta los 90. Antes de eso, era la "última parada" al final de la vía férrea. Sin embargo, fue aquí que entre los 40 y los 80 los científicos soviéticos realizaron 456 ensayos nucleares, con un poder combinado 2.500 veces superior a la bomba de Hiroshima.
Kurchatov era una de varias docenas de "ciudades cerradas", salpicadas por toda la Unión Soviética, donde se ubicaban industrias estratégicas y militares. Eran conocidas como "casillas", porque se las conocía sólo por sus códigos postales (el de Kurchatov era Semipalatinsk-21), los movimientos hacia y desde las ciudades eran restringidos y la entrada de extranjeros estaba prohibida. Oficialmente, los rusos sólo supieron de su existencia en 1986.
Fue Lavrenti Beria, el despiadado jefe de la policía secreta de Stalin, quien eligió la ubicación del programa soviético de pruebas nucleares en las profundidades de Siberia y quien ordenó la construcción de Kurchatov (usando mano de obra de los gulag) para albergar a los científicos. La primera bomba nuclear soviética, a la que los estadounidenses se referían como Joe-1, se probó a sólo 40 millas de Kurchatov en 1949, bajo supervisión de Beria.
Aunque Beria describió el área como "deshabitada", en realidad había más de un millón de personas viviendo a menos de 100 millas del lugar. En las siguientes cuatro décadas, los investigadores soviéticos usaron Kurchatov como base para perfeccionar la ciencia de las armas nucleares y estudiaron sus efectos sobre la población desde una instalación que recibió el inofensivo nombre de "Dispensario No. 4".
Durante el ensayo de una bomba especialmente poderosa, en 1953, las autoridades evacuaron pobladores y ganado, según un estudio académico reciente basado en entrevistas con ciudadanos locales. Cuando las personas volvieron a sus casas, descubrieron que sus perros y gatos habían perdido el pelo y que sus gallinas habían muerto. Los científicos soviéticos también dejaron atrás un grupo de 40 hombres, como conejillos de indias humanos.
Los resultados de esa investigación, como todo lo que tuviera que ver con Kurchatov, fueron un secreto celosamente guardado durante la época soviética. Pero desde entonces ha surgido una sombría serie de reportes: en los años de mayor intensidad de pruebas, la mortalidad infantil llegó a ser cuatro veces la del resto de la URSS, y por décadas después las tasas de cáncer en la región fueron varias veces más altas que las del resto de Kazajistán. Hoy, los residentes todavía tienen una expectativa de vida varios años menor que la del resto del país.
La historia de Tuleutai Suleimenov, quien nació en 1941 en Semipalatinsk, la ciudad más cercana al sitio de pruebas, no es poco común. Su padre y una de sus hermanas murieron de cáncer, mientras que otras dos hermanas quedaron con cicatrices a consecuencia de las explosiones. Pero a diferencia de sus vecinos, Suleimenov llegó a ser el primer ministro de relaciones exteriores de Kazajistán, lo que le dio un rol central en el desmantelamiento de las armas nucleares en el país naciente.
Aun cuando el sitio de pruebas se cerró después de la declaración de independencia de Kazajistán en 1991, el pasado nuclear de Kurchatov siguió notándose. Los siguientes 20 años fue el sitio de una carrera de alto perfil por asegurar los residuos de plutonio en túneles y contenedores en torno al sitio: las autoridades estadounidenses y rusas temían que fuera usado por terroristas para construir una bomba.
Hoy, Kuchatov está abierto a los visitantes, muchos de los cuales llevan medidores Geiger. El fotógrafo Nadav Kander, quien fue allá en 2011 para documentar los vestigios de la Guerra Fría, recuerda "los contadores Geiger que trajimos del Reino Unido se mecían en nuestros cinturones, alejándonos de los peores peligros invisibles.
A pocos cientos de millas de Kurchatov, en las riberas del lago Baljash, está Priozersk, otra ciudad secreta de la era soviética. Aquí, los científicos desarrollaron el sistema de defensa de misiles de la URSS y en 1961 probaron con éxito el V-1000, entonces el misil antibalístico más avanzado del mundo. Pero Priozersk sigue oficialmente cerrado a extraños. Está arrendado a los militares rusos, que lo usan como base para el desarrollo de sistemas antimisiles.
Kander, quien dice que logró escabullirse en Priozersk con ayuda de contactos locales, quedó fascinado por la "combinación de belleza y destrucción" que encontró en las ex ciudades secretas en Kazajistán. "La Guerra Fría y la búsqueda incansable de armas nucleares creó muchas de las ruinas que vemos aquí", dice. "Ahora son monumentos a la casi ruina de la humanidad".
Dust, de Nadav Kander, estará abierta en la Galería Flowers en Londres desde el 10 de septiembre hasta el 11 de octubre. El libro con las fotografías es publicado por Hatje Cantz.
Traducción: Marcela Corvalán
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